martes, septiembre 11, 2007

Hacia una Catequesis inculturada en la era digital

 
 
 
 
 
 
Quizás la palabra más usada en estos últimos tiempos sea "crisis". Es probable que el origen de esta crisis se encuentre en los cambios profundos de la vida del hombre en relación consigo mismo y con el mundo. Se está experimentando la dificultad que toda metamorfosis cultural trae consigo, con el esfuerzo de un repensamiento no sólo individual sino también colectivo. Por lo que a mi se refiere, intentaré subrayar las consecuencias del nuevo planteamiento cultural, destacando al mismo tiempo los rasgos peculiares de la dimensión tecnológica
 
La cultura digital puede ser definida como el paso de una cultura de masa con controles centralizados a una cultura descentralizada, desestructurada, personalizada en cambio permanente. Según De Kerckhove, en el momento en que la radio y la televisión nos traen noticias e informaciones masivas de todo el mundo y las tecnologías del control, como el teléfono y las redes de ordenadores, nos permiten alcanzar inmediatamente cualquier punto y entrar en interacción, tiene lugar una inversión de flujos comunicativos y de control que anuncia la posibilidad de un mayor control y participación por parte de grupos e individuos. Una cosa es cierta: la cultura digital nos cuestiona y nos provoca en nuestra forma de ser hombres y mujeres y en la manera de ver la vida, como también acerca de quien manda y dónde residen las nuevas sedes del poder.

Para una valoración más serena tratemos de ver cuáles son sus características emergentes, qué perspectivas abren al futuro humano y, respecto a nuestro tema, qué estímulos acarrean a la reflexión catequética y pastoral. Trataremos de detectar sobre todo las valencias y aspectos positivos, sin ignorar por otra parte los problemas que puedan surgir y que aquí no podremos profundizar.

¿Qué es la Cultura Digital?

La cultura digital (CD) es por lo tanto cultura de las co-presencias antitéticas, de la constante tensión entre orden y caos o, dicho en términos más cristianos, una cultura del ya y todavía no. Tratemos de ver por qué.

Por una parte la CD favorece el pluralismo gracias a su ductilidad, pero por otra el transvase fácil en tiempo real de imágenes y fantasías, sonidos y palabras, informaciones e interpretaciones, fomentan naturalmente la exportación de las culturas más fuertes económicamente, provocando así un efecto de globalización y por lo tanto de homologación. No obstante, por su misma naturaleza, la CD está desestructurada y descentrada, permitiendo así la resistencia ante el dominio cultural imperante y abriendo espacios de resistencia, como por ejemplo en los distintos movimientos ecologistas, anti-G8, minorías culturales, raciales, alternativas, etc. Pero es una cultura que exige expertise, una exposición al mundo tecnológico, sobre todo del ordenador y de la red. Una mentalidad flexible y adaptable a los distintos cambios y una mentalidad de la comunicación online. Paradójicamente estos ins-trumentos que abren espacios de libertad están regulados interiormente por lenguajes su-per-estructurados.

Por medio del concepto de des-territorialización, la CD ha superado la idea de frontera regional, nacional, continental. Decir CD es decir acceso, contacto, conexión, prolongación, en todas las partes del mundo, donde quiera haya un terminal conectado con la red. Potencialmente existe la posibilidad para los más pobres de tener acceso al mismo patrimonio cultural, aunque también hay el peligro de un dominio tecnológico y una distancia aún mayor entre los que poseen y los que no poseen. Lo dicho hasta aquí es solamente una breve alusión a la complejidad y riqueza de la nueva situación cultural, aunque en realidad es fácil comprender que la CD constituye al mismo tiempo una solución y un problema en la vida humana.

Transiciones a nivel religioso

A partir de los años 60 se ha podido constatar, en Occidente, un eclipse de las instituciones religiosas, mientras que los medios se han convertido en protagonistas de la cultura, verdadero punto de referencia para la gente. Se le ha echado la culpa de esto también al auge del subjetivismo y de la autonomía presentes en la cultura. A la fragmentación del mercado en búsqueda de indecisiones del gusto ha correspondido la búsqueda del gusto también en la esfera religiosa. Se constata que la crisis institucional religiosa no ha suprimido en la gente el anhelo de lo sagrado. El mercado de la oferta religiosa sigue siendo pujan-te, con gran sorpresa de cuantos pronosticaban el ocaso de Dios y de las religiones.

En realidad, ha sido precisamente la cultura mediática, por medio de la cultura popular, la que ha hecho aflorar lo sagrado de forma incluso espectacular. Internet, de manera especial, ha llegado a ser el aerópago de las más variadas propuestas religiosas y pseudo-religiosas , en una medida jamás vista hasta ahora. La novedad reside en la flexibilidad, interactividad y no centralidad de Internet, de tal manera que personas de cualquier credo pueden entrar en contacto con otras de confesiones distintas, confrontarse, dialogar y ponderar las ofertas que otras religiones o cultos ofrecen.

Surgen de este modo comunidades virtuales, lugares y espacios de oración, para el cultivo y la formación personal, que atraviesan las fronteras de cualquier Iglesia local, diócesis o nación. Es un fenómeno muy interesante, destinado a ampliarse, que no será fácil observar o estudiar, pero que plantea no pocas cuestiones a la concepción de la Iglesia, de la comunidad, de la vida de fe. Los desplazamientos que han marcado este período denotan un paralelismo con el desarrollo cultural y mediático.

1. De una religión institucional a una espiritualidad personal


Tom Beaudoin en su libro Virtual Faith, representante de la Generation X, denuncia un alejamiento de las religiones e iglesias institucionales en los años 70 y 80. Como causa señala la enorme distancia que su generación advertía entre la predicación de estas iglesias y la realidad de la vida.

"Las iglesias quedaban de hecho ridículamente fuera de órbita, con su extraña y quejumbrosa música, con su tecnología antidiluviana, con una enseñanza social trasnochada y un talante hostil o indiferente a todo lo que sabía a cultura popular. [...] Para muchos de mi generación resultaba muy fácil dar el salto de una religión-como-accesorio a una religión-no-necesaria".

La decepción de las instituciones religiosas y su incapacidad para dar respuestas a las nuevas generaciones han hecho que éstas se orienten hacia donde esperan encontrar tales respuestas. Este fenómeno ha provocado un nomadismo espiritual que desemboca con frecuencia en experiencias religiosas acordes con el cambio cultural más pluralista, posibilista, permisivo y más tolerante, pero con vistas a una religiosidad más personal. No se niega la importancia de la dimensión personal, pero lo que se reivindica es ante todo la personalización de la propia opción.

2. De una pertenencia por tradición a una significativa


Como consecuencia se pasa de una pertenencia por tradición a una pertenencia significativa. Y son los medios los que han proporcionado los nuevos puntos de referencia. Según Martín Barbero los medios han suprimido de alguna manera la distancia entre lo sagrado y lo profano; sobre todo la televisión ha introducido lo sagrado en el reino de lo profano y ha reducido a profano lo que antes era sagrado. Hace notar, por ejemplo, cómo la publici-dad haya vuelto mágica (enchanted) incluso la tarea más vulgar y ordinaria, como lavar o limpiar, tareas que quedan sublimadas en narraciones poéticas y casi elevadas a una di-mensión transcendente. De esta forma una botella de Coca-Cola se convierte en un mágico manantial de energía, belleza y sabiduría, fuente de vida y juventud.

Los mitos y ritos de la sociedad mediática sustituyen los de las religiones. Un concierto rock puede aparecer como un momento espiritual de una teofanía profana que evoca los rasgos de la experiencia de lo sagrado. Los personajes de la cultura popular son considerados ídolos, sin poseer quizás el poder divino de prometer la eternidad, pero sí el de proporcionar una noche de sueños y locuras. Incluso las nuevas generaciones que toman muy en serio la dimensión religiosa y espiritual de la vida no se resignan a una religión prefabricada. El pluralismo de movimientos existente dentro de la Iglesia es síntoma claro de la necesidad de formas plurales de vivir la fe.

3. De una verdad objetiva a una subjetiva


El concepto de verdad objetiva trae consigo la idea de algo inmutable y constante que perdura en el tiempo. Pero en el siglo XX apenas terminado se ha visto de todo y lo contrario de todo. El símbolo más expresivo del final de algo que parecía eterno es la caída del muro de Berlín en 1989. Las imágenes de este hecho, ampliadas y transmitidas contemporáneamente en todo el mundo, representan en la imaginación colectiva el ocaso de lo absoluto.

Los atentados del 11 de septiembre 2001 en Nueva York, la guerra en Afganistán, la guerra en Irak, y los otros treinta y dos conflictos abiertos en el mundo hasta los últimos atentados del 20 de marzo 2004, manifiestan claramente la crisis de valores considerados universales como democracia, libertad de pensamiento, libertad de acción, libertad de palabra. Al mismo tiempo se intuye mayormente el aumento de la interdependencia entre las personas, los pueblos y las naciones y la crisis de un modelo neocapitalista que crea siem-pre mayor discriminación y pobreza.

4. De un lenguaje tecnoteológico a un lenguaje cultural


También la Iglesia católica se encuentra en un momento delicado de confrontación con una cultura abierta a las posibilidades, al descentramiento, a la personalización, al cambio. Las señales de crisis ya se adivinan en todo el sector lingüístico: desde el lenguaje teológico hasta el ritual y sacramental, pasando por la arquitectura de los templos, se nota con frecuencia la dificultad de comunicar y dialogar con la cultura. En un contexto cultural de cuño pluralista es normal que la gente busque interlocutores abiertos al diálogo y a la confrontación, ignorando a cuantos a toda costa lo evitan o impiden.

La pérdida de fieles puede llevar a la misma tentación de los centros comerciales cuando pierden clientes, es decir, a la tentación de apostar por la espectacularidad, en vez de afrontar la crisis de la institución. Como consecuencia, se cae en una religión de consumo, como denuncian Cimino y Lattin en su libro Shopping for Faith, indicando el fenómeno típicamente americano (pero no sólo americano) de las megachurches y de los small groups como lugares futuros de los consumidores de espiritualidad .

Serían necesarias otras dilucidaciones, pero por ahora nos limitamos a estas observaciones, como estímulo para la eventual discusión. Ciertamente son consideraciones que suscitan no pocos interrogantes y provocaciones en orden a la catequesis y a la pastoral.

Fabio Pasqualetti

Fabio Pasqualetti es profesor en la Facultad de Ciencias de la Comunicación Social en la Pontificia Universidad Salesiana en Roma. Enseña Producción Radial, Música y Comunicación y Comunicación Participativa. Tiene una Licenciatura en Filo-sofía y Teología (Universidad Pontificia Salesiana) y se graduó en Pedagogía y Tele-comunicación.

Una versión más extensa de este texto puede consultarse en http://www.misionjoven.org/04/06/329_5_14.html

 
 
 
 

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