lunes, septiembre 25, 2017

P. James Martin: "los católicos LGBT no están obligados a practicar la castidad"

P. James Martin: "los católicos LGBT no están obligados a practicar la castidad"

La cosa va a velocidades de vértigo. Barbaridades doctrinales y morales estamos hartos de escucharlas, qué se le va a hacer. Que sor Veneranda nos diga que ponerse la casulla para celebrar es una bobada porque Jesús no tenía una, que Paco, el párroco de San Serenín, afirme que es igual ser musulmán o católico, o que Maripepa, de la iglesia de base más básica, nos instruya con un nuevo concepto teológico según el cual una cosa es el evangelio y otra la doctrina de la Iglesia, se sabe que existe y tampoco tiene mayor trascendencia que la de los cuatro que siguen ahí tirando.
Otra cosa es lo que pueda afirmar el jesuita padre James Martin, porque ese reverendo no es un cualquiera, sino nada menos que un asesor vaticano, y eso hace que sus teorías se hagan más peligrosas por lo que asesora y a quien asesora. Esto es como si a la Tacones la ponen como defensora de la castidad en las madres Társilas. Ya me entienden.
El padre Martin se despacha hoy con una novedosa novedad según la cual, evidentemente siguiendo las directrices de Amolis laetitia, y en contra de toda la tradición moral de la Iglesia, hasta llegar a la Veritatis Splendor, ha decidido que las normas morales absolutas no existen y que todo es un puro subjetivismo.
Así no se corta un pelo cuando afirma tajantemente, sin lugar a dudas, que “los católicos LGBT no están obligados a practicar la castidad”.
Como ven, interesante. No es que diga que hay que abolir completamente el sexto mandamiento, que no se atreve, aunque me da que lo piensa por el contexto de toda la disertación que ha colocado en youtube. Pero sí que el colectivo LGBT no está obligado a ser casto, apelando a la supuesta “tradición teológica que sostiene que una doctrina no se convierte en tal hasta que sea aceptada por todos los fieles”.
Esto es, no digo ya una barbaridad, que lo digo, sino una solemne tomadura de pelo, porque según la última chorrada del P. Martin, la Iglesia católica ha dejado de tener doctrina ya que no conozco una sola que no haya tenido que aguantar disidencias. Antes, in illo tempore, cuando alguien se empeñaba en negar la doctrina, era excomulgado, es decir, si usted no está en comunión con la Iglesia, porque niega puntos esenciales, pues se vaya de la Iglesia. Ahora es al revés: si usted no está de acuerdo con algo, se cambia la doctrina y punto, o como mínimo se le dispensa personamente.
¿Qué usted no asume personalmente la obligación de la misa dominical? Pues entonces no le obliga. ¿Qué no acepta la transustanciación? Pues más de lo mismo. ¿Que una persona o un colectivo no aceptan la doctrina sobre la castidad que ha de mantenerse fuera del matrimonio católico? Pues está claro: no están obligados.
Este padre es un asesor del papa, y lo que dice está en perfecta consonancia con el capítulo VIII de Amoris Laetitia que consagra el final de la moralidad objetiva para que todo dependa de que subjetivamente se acepten las normas morales o no.
No tengo ganas de escribir más. Pero esto es gravísimo. Sobre todo porque están consiguiendo dividir a la Iglesia no es cosas menores, como ritos o pequeñas costumbres, sino en la esencia misma de la moral

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lunes, julio 17, 2017

Lo que dice el cardenal Sarah sobre la familia sería delito en varios países

Lo que dice el cardenal Sarah sobre la familia sería delito en varios países

SEÑALAN SUS DETRACTORES


La retórica de los críticos de Sarah revela que los católicos liberales se han convertido en nacionalistas eclesiales.

(Actuall/InfoCatólica) Un grupo de críticos «pide la cabeza de Sarah en bandeja de plata» en varios revistas católicas liberales e incluso llaman a que el cardenal sea sustituido, apunta el autor Matthew Schmitz en un artículo en Catholic Herald en el que aporta citas de National Catholic ReporterThe Tablet y de Commonweal.

«Sarah no fue siempre tratado como el hombre más peligroso de la cristiandad. Cuando en 2014 el Papa Francisco le nombró prefecto de la Congregación para el Culto Divino, fue bien recibido incluso por los que hoy le critican».

El prefecto era visto como un hombre del Vaticano II, un africano favorable a la inculturación, un clérigo no ambicioso, cálido y modesto.

«Las dos bestias del Apocalipsis»

Todo esto cambió a raíz de la intervención de Sarah en octubre de 2015, en el tercer día del Sínodo sobre la familia. Robert Sarah dijo allí: «Hemos de ser inclusivos y acogedores ante todo lo humano». Pero la Iglesia debe proclamar la verdad frente a dos grandes retos: «Por una parte, la idolatría del liberalismo en Occidente; de otra, el fundamentalismo islámico: el secularismo ateo contra el fanatismo religioso».

De joven, Sarah estudió en la Escuela Bíblica de Jerusalén e hizo la tesis sobre unos capítulos del libro de Isaías. No es raro, pues, que empleara un lenguaje bíblico para exponer su postura.

En su discurso del Sínodo señaló que la actual idea de libertad de Occidente y el fundamentalismo islámico eran como «las dos bestias del Apocalipsis» que atacan a la Iglesia.

Una amenaza monstruosa lleva a abrazar la otra. El temor a la represión religiosa induce a algunos a convertir la libertad en un ídolo. Y los ataques a la naturaleza humana hacen que otros sientan la tentación de abrazar la falsa seguridad del fundamentalismo religioso, que tiene su más horrible expresión en la bandera negra del ISIS. Contra ambos hay que resistir, como sucedió en el siglo XX con el comunismo y el nazismo.

Al parecer, el discurso del cardenal suscitó polémica. El arzobispo Stanislaw Gadecki, presidente de la conferencia episcopal polaca, escribió que la intervención estuvo «a un gran nivel intelectual y teológico», pero a otros no les gustó.

Una semana después, el cardenal Walter Kasper aseguró que «en Alemania la gran mayoría quiere una apertura sobre el divorcio y los católicos vueltos a casar». También reconoció que los obispos africanos no compartían tal enfoque. «Pero no deberían decirnos lo que tenemos que hacer». A lo que otros respondieron que las palabras de Kasper no parecían muy respetuosas con los obispos africanos.

El vaticanista Massimo Faggioli hizo notar que el discurso de Sarah «podría ser perseguido como delito en algunos países». A lo que Schmitz comenta que como Sarah desarrolló durante años su ministerio episcopal bajo la brutal dictadura marxista de Sékou Touré en Guinea, no necesita que le recuerden que una abierta profesión de fe cristiana puede ser vista como un crimen.

Nacionalismo eclesial

Schmitz piensa que «la retórica de los críticos de Sarah revela algo importante sobre la vida católica actual: en las disputas doctrinales, morales y litúrgicas, los católicos liberales se han convertido en nacionalistas eclesiales».

«Los católicos tradicionales –escribe Schmitz– tienden a propugnar una doctrina y enfoques pastorales concordantes por encima de las fronteras nacionales. Aunque no prefieran la Misa en latín, quieren que las traducciones a las lenguas vernáculas sean tan fieles como sea posible al original latino. No se escandalizan por el modo en que los africanos hablan de la homosexualidad o los cristianos del Medio Oriente sobre el islamismo».

«En cambio, los católicos liberales apoyan que las traducciones litúrgicas se adapten al estilo idiomático nacional y que sean aprobadas por la conferencia episcopal del país, y no por Roma. La realidad local requiere que la verdad sea recortada cuando atraviesa la frontera. Las afirmaciones doctrinales católicas deberían ser formuladas en un lenguaje pastoralmente sensible, esto es, acomodadas a las sensibilidades del Occidente rico y educado».

«Una de las ventajas del nacionalismo eclesial es que permite que los liberales no tengan que debatir en un terreno directamente doctrinal, en el que los tradicionales tienden a prevalecer. Si la verdad tiene que pasar el filtro de las realidades locales, nadie en Roma o en Abuja tiene nada que decir sobre la fe en Bruselas o en Stuttgart».

La fuerza del silencio

Es notable, dice Schmitz, que Sarah haya experimentado esta avalancha de ataques con tanta elegancia. En su nuevo libro La fuerza del silencio, oímos este desahogo: «He vivido un doloroso asesinato a manos de la calumnia, la difamación y la humillación pública, y he aprendido que, cuando una persona decide destruirte, no le hacen faltan palabras, ni saña, ni hipocresía: la mentira tiene un inmenso poder de elaborar argumentos, pruebas y falsas verdades. Cuando ese comportamiento procede de hombres de Iglesia y, en especial, de obispos ambiciosos y falsos, el dolor es aún más profundo. Pero (…) conservemos la calma y el silencio, pidiendo la gracia de no permitir que nos invadan el rencor, el odio y los sentimientos mezquinos. Mantengámonos firmes en el amor a Dios y a su Iglesia, firmes en la humildad».

Pero Sarah se mantiene incólume. Su libro aboga por «la reforma de la reforma» en la liturgia, porque «está en juego el futuro de la Iglesia». Rechaza las intervenciones occidentales en Iraq, Libia, Afganistán y Siria, como tremendas libaciones de sangre en nombre de «la diosa Democracia». Y se opone al empeño de construir «una religión sin fronteras y una nueva ética global».

«Este libro –concluye Schmitz– muestra que Sarah tiene mucho que decir sobre la vida mística, la Iglesia y los asuntos mundiales. Pero la mayoría de las veces Sarah prefiere guardar silencio, mientras el mundo habla de él».


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Tomado de: INFOCATOLICA.COM



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