miércoles, septiembre 23, 2009

AMAR ES ADAPTARSE

 

            Adaptarse es relacionarse con los demás, sin dominar y sin dejarse dominar. Es un proceso complejo, apto para describir más que para definir.

            El avance en el amor presupone, primero, no estar atado a sí mismo. Luego salir de su círculo y abrirse al mundo del prójimo. En una palabra, es un proceso de integración y ajuste en el medio humano en el que se vive.

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            Nuestra desgracia es ésta: el ser humano tiende a adaptar todas las cosas a él mediante la racionalización) en lugar de adaptarse él a todo. Si no hacemos una severa autocrítica o si no permitimos que nos critiquen constructivamente, es casi seguro que llegaremos al abismo de la muerte, cargando todos los defectos congénitos de nuestra personalidad, habiendo ellos aumentado y crecido en el camino de nuestros días.

            Si las circunstancias ambientales no nos presionan, nosotros no cambiamos con el noviciado ni con los retiros o cursos. Hasta a Dios mismo lo adaptamos a nuestra medida y deseos mediante sutiles racionalizaciones.

            He aquí nuestra desdicha: disponemos de un excelente equipo de mecanismos de defensa para recrearlo todo a nuestra medida.

            Pienso que hay dos instituciones que son verdaderas escuelas de transformación: el matrimonio y la fraternidad. Y lo son porque, por su propia estructura humana, ambas instituciones obligan a sus miembros a entrar en la interrelación de profundidad. Y al relacionarse, los miembros llegan al enfrentamiento y confrontación de sus diferentes rasgos de personalidad, y los obliga a superar sus diferencias sin invadir y sin dejarse avasallar.

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            En toda personalidad hay diferentes campos de fuerza y niveles de reacción. La personalidad de un sujeto puede tener un ochenta por ciento de «normalidad», permítaseme hablar así, y un veinte por ciento de inmadurez o compulsividad.

            En su conjunto es un individuo tratable y hasta agradable. Pero de repente sale con «una de las suyas». En este momento, al entrar en relación con los demás, tenemos conflicto seguro. Sin embargo, cuando ya pasó esa «salida», el sujeto vuelve a la normalidad y torna a ser una excelente persona. La relación con los hermanos descubrió en su personalidad ciertas reacciones típicas que son verdaderas aristas para los demás. Es necesario limarlas.

            Adaptarse significa dejamos cuestionar por los hermanos, y cuando nuestros ángulos de personalidad quedan descubiertos a la luz de la revisión, de la corrección fraterna, o simplemente de la convivencia diaria, debemos comenzar un lento proceso para suavizar ángulos y controlar compulsiones.

            Otros sujetos presentan, supongamos, un cincuenta por ciento de normalidad. Es difícil encontrar personas que sean «normales» en todos los campos de actuación. Otra vez llegamos al misterio del hombre. Toda persona tiene rasgos individuales, en diferentes grados, en diversas combinaciones y proporciones. Esta variedad de rasgos, como ramas del árbol de su personalidad, puede tener diferentes manifestaciones: dominación, perseverancia, sociabilidad, tacañería, escrupulosidad, irritabilidad, pulcritud, agresividad...

            En la actuación ordinaria no siempre aparecen los rasgos. A veces son más visibles; otras, menos. No se sabe por qué en tal circunstancia aparece tal rasgo: en tal otra circunstancia, tal otro rasgo. Ciertas características están obstinadamente presentes en nuestra personalidad, pero en cuanto al grado de manifestación dependen de los estímulos y otras circunstancias.

            Estamos en la hora de la adaptación. Ciertamente, la adaptación es el problema más álgido entre las relaciones interpersonales. Adaptarse significa evitar colisiones. Si nuestras ramas chocan, con peligro de I incendio, ¿cuántos centímetros de ellas deberás cortar tú y cuántos yo, para que haya conjunción y no colisión? ¿Soy yo exclusivamente el culpable de las colisiones? Si estamos a cincuenta metros de distancia, ¿cuantos metros tengo que caminar yo y cuantos tú para que haya encuentro?

            Se trata, repetimos, de suavizar los rasgos de personalidad que resultan molestos por angulosos al entrar en relación con el otro. Rasgo de personalidad es la manera peculiar de reaccionar frente a los estímulos exteriores.

            Es uno mismo quien tiene que darse cuenta de cuáles son los rasgos propios que lastiman. Así como el dolor señala la enfermedad, así, cuando el hermano queda molesto o irritado con una reacción de- terminada mía, es señal de que tal rasgo está «enfermo».

            Sin embargo, si una típica reacción mía, pongamos por caso, molesta a este sujeto y no a los otros, ¿quién está «enfermo»? ¿Quién tiene que adaptarse? No raras veces una misma persona es encantadora para dos sujetos de la comunidad e insoportable para otros dos. ¿Dónde está la falla? ¿Quién tiene que adaptarse?

            Otro problema. ¿Hasta dónde tiene uno que adaptarse? ¿Hasta qué punto tiene uno que ser uno mismo? Una actitud «personalista», ¿hasta dónde es afirmación de la individualidad y hasta dónde testarudez? ¿Hasta qué punto estamos racionalizando al decir ¡hay que ser auténtico! y, en nombre de la autenticidad, estamos atropellando a medio mundo?

            Es la comunidad, son los hermanos de la comunidad, los que van a señalar, más con sus reacciones que con sus palabras, hasta qué límite tengo que limar las aristas hirientes y dolientes de mi personalidad.

Los inadaptados.

            La neurosis es la incapacidad de adaptarse. Y como amar es adaptarse y adaptarse es amar, neurosis significa fundamentalmente incapacidad de amar. Dicho de otra manera: neurótico es el ser incapaz de equilibrarse armoniosamente en la sociedad en que vive. Como consecuencia, vive siempre conflictuado. Es conflictuante. Es eminentemente racionalizador: echa la culpa a todo el mundo porque él es incapaz de darse cuenta de su propia «culpabilidad». ¿Cómo se origina esta enfermedad?

            Es una persona que vive exclusivamente en sí y para sí. Al relacionarse con el mundo exterior, comienza por un juicio de valoración desenfocado y falso. ¿Qué hace? En lugar de captar el mundo exterior, en sí mismo., comienza por proyectar su propio mundo interior sobre el exterior, identificándolos. De manera que, en lugar de contemplar al mundo que lo rodea en sus dimensiones objetivas, lo percibe a través del prisma de su propio mundo subjetivo, porque para él sólo éste existe. Tiene, por tanto, incapacidad de distinguir lo que hay dentro de él y fuera de él. No puede desprenderse de su mundo.

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            El ser humano dispone de formidables equipos de adaptación, a nivel fisiológico y también a nivel psicológico. Cuando verdaderamente se relaciona con sus semejantes, y aunque esta relación sea momentánea- mente conflictiva, el hombre aprende a reaccionar de un modo semiautomático, desarrollando hábitos de acción que pueden ser interpretados como reflejos condicionados. Esto, normalmente.

            A veces, sin embargo, en los caminos por donde avanzan los mecanismos de adaptación, se instalan fuerzas paralizantes que bloquean el funcionamiento de aquellos mecanismos de adaptación.

            Todos nosotros somos un poco neuróticos, o temporalmente neuróticos. Esto es fácil de entender. Adaptado significa maduro. Maduro significa colmado, realizado: que las potencias llegaron a su altura correspondiente. Es diferente acabado que realiza- do. El ser humano nunca está acabado, sino siempre abierto. Realizado significa que, dadas las potencialidades congénitas, una persona está consiguiendo resultados satisfactorios, al menos en términos subjetivos.

            Ahora bien, en este crecimiento, siempre ondulan- te, cualquiera de nosotros puede provisionalmente presentar síntomas neuróticos, concretamente en los momentos de crisis, que por definición son transitorios.

            Pero una persona normal consigue normalmente adecuarse a las exigencias de las circunstancias y equilibrar su conducta al tiempo y lugar, usando los medios apropiados, según las normas de su conciencia y los puntos de vista de los demás.

            Adaptado (maduro) es aquel que consigue ser él mismo en medio de individualidades muy diferenciadas, sin entrar, por eso, en choque al esforzarse los demás por ser ellos mismos. El hombre maduro es el que se ajusta en su medio ambiente, con sus cualidades y sus defectos.

            El adaptado es una persona eminentemente objetiva, capaz de mirar los hemos y las personas en sí mismas, desligándolas de sus proyecciones emocionales. Y en consecuencia procede armoniosamente, reconociendo sus límites y las potencialidades de los demás. Es capaz de renunciar a un valor, por ejemplo al matrimonio, y no por eso queda inválido o desequilibrado, antes al contrario, es capaz de canalizar aquellas fuerzas renunciadas hacia una productividad mayor.

            En una palabra, adaptarse es un lento y progresivo crecimiento hacia una coherencia integradora entre el sentir, pensar, hablar y actuar.

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            El inadaptado (neurótico) es compulsivo: exigente, histérico, resentido y siempre descontento. El criticar todo, el quejarse contra todo, son síntomas de neurosis, así como también lo es el airarse por pequeños contratiempos.

            Los que se quejan de que se los trata como niños, normalmente es señal de que son «niños». El sentirse atropellado en todo momento, el vivir permanentemente amargado son señales de neurosis.

            El inadaptado tiene siempre una tonalidad infantil. El inmaduro quiere que todo y todos se adapten a sus exigencias egoístas. En vista de que no consigue eso, su reacción es compulsiva, igual que en el caso de los niños. Cuando el niño ve un objeto, quiere alcanzarlo con la mano y su mamá no se lo permite, la criatura reacciona agitadamente, llora, grita, patalea: todo tiene que adaptarse a sus exigencias.

            Por eso, infantil, inmaduro, inadaptado, neurótico son palabras distintas que encierran un mismo fenómeno: la incapacidad de amar.

            El niño es esencialmente inadaptado porque es esencialmente narcisista. Es el único ser «normal» de la humanidad que se siente realizado sólo al ser amado. Toda persona normal necesita, para sentirse realizada, ser amada y amar. Cuanto más ama, sin preocuparse de ser amada, mayor madurez. Cuanto más se preocupa de ser amada, sin amar, mayor infantilismo.

            Por eso, hay por ahí «niños» de cuarenta o de cincuenta años que hicieron de sus vidas una búsqueda insaciable de cariño: que todos me quieran, me aprecien, me alaben...        Estas personas, habiendo crecido biológicamente, quedaron estancadas en cuanto a su crecimiento psicológico en las primeras etapas de la vida. El índice más alto de la madurez humana es la capacidad de amar sin ser amado, de la cual la máxima expresión es la Oración Simple de san Francisco.

Pascua Fraterna

            Morir es condición para vivir, dice el Evangelio: el que ama su vida la perderá (Jn 12,25). Tanto para la sabiduría evangélica como para las ciencias humanas, el que se ama a sí mismo y sólo a sí mismo permanece en la muerte, es decir, en el infantilismo, solitariedad, infecundidad e infelicidad. Fue lo que le sucedió a Narciso, que de tanto mirarse y admirarse a sí mismo en el reflejo del agua del jardín, se descuidó, cayó y se ahogó. Símbolo trágico: el que siempre se busca a sí mismo está destinado al descontento y al vacío. '

            En cambio, el que odia su vida la ganará (Jn 12,25). El que sea capaz de dar la vida, de renunciar a su círculo de valores e intereses, para adaptarse, ya entró en el reino de la madurez. Si queremos que un grano de trigo se convierta en un hermoso tallo, tendrá que cumplir previamente la condición de morir en el silencio del seno terrestre.

            La resurrección no es secuencia sino consecuencia de la muerte de Jesús. La única fuente de donde puede emanar la resurrección, la muerte. Dada la muerte, ipso lacto se da la resurrección (Flp 2,5-12).

            De esta cadena Juan deduce el último eslabón, señalando el carácter pascual de la fraternidad: nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a nuestros hermanos (1 Jn 3,14). Somos libres, maduros y felices porque renunciamos a nosotros mismos para adaptamos.

IGNACIO LARRAÑAGA

Libro:  Sube Conmigo

Seguidor del Catesismo de la Iglesia

Reflexion y Vida

Punto de Vista

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