sábado, julio 10, 2010

SALMO 74. ALIANZA NUEVA Y ETERNA

 

Por Antonio Pavía. Misionero Comboniano

Tenemos ante nosotros un salmo de lamentación. Un fiel israelita da rienda suelta a su dolor ante la devastación de Jerusalén y la consiguiente destrucción y saqueo del Templo. Hecho que aconteció en el año 587 a.c. La ruina ha sido total; es como si Israel se hubiese quedado sin alma, la han despojado de su núcleo vital, de su identidad. Desde lo más profundo de su ser doliente, nuestro hombre eleva su voz a Dios con una súplica desgarradora que hace estremecer el alma: "acuérdate de la comunidad que adquiriste desde antiguo, de la tribu que rescataste para posesión tuya, del monte Sión donde pusiste tu morada. Dirige tus pasos a estas ruinas sin remedio; el enemigo ha arrasado del todo el santuario... Prendieron fuego a tu Templo, derribaron y profanaron la morada de tu nombre".

Esta terrible descripción de la desgracia de Israel nos recuerda la visión que Dios hizo contemplar al profeta Ezequiel. Era un campo lleno de huesos, una visión que daba a entender la deplorable situación en la que había quedado el pueblo, después del destierro que siguió a la conquista de Jerusalén por el rey Nabucodonosor: "Yahvé me sacó y me puso en medio de la vega, la cual estaba llena de huesos. Me hizo pasar por entre ellos en todas las direcciones. Los huesos eran muy numerosos por el suelo de la vega y estaban completamente secos. Me dijo: "Hijo de hombre, ¿podrán vivir estos huesos? Yo dije: Señor Yahvé, tú lo sabes" (Ez, 37, 1-4).

Aparentemente no hay ninguna esperanza. Todo en la visión habla de las sombras de la muerte. Sin embargo, la visión concluye con una promesa de Dios que levanta el ánimo del profeta, por cuyo ministerio Israel recupera la esperanza perdida: "Les dirás: así dice el Señor Yahvé: he aquí que yo abro vuestras tumbas, os haré salir de vuestras tumbas, pueblo mío, y os llevaré de nuevo al suelo de Israel... Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis..." (Ez, 37, 12-14). Termina esta promesa con lo que podríamos llamar la firma de puño y letra del mismo Dios: "Yo, Yahvé, lo digo y lo hago".

Volvemos al salmo y nos damos cuenta de que el autor inspirado, más allá de la desgracia que contemplan sus ojos, tiene presente este Amor y Fidelidad de Dios. A pesar de tanta desolación, a pesar de que, aparentemente, no hay ninguna salida o solución ante la realidad que se impone, a pesar de que sabe muy bien que han sido los pecados del pueblo los que han provocado tanta destrucción..., nuestro hombre, impulsado por la confianza, se lanza hacia la misericordia de Dios con esta súplica: "no entregues a los buitres la vida de tu tórtola, ni olvides sin remedio la vida de tus pobres. ¡Piensa en tu Alianza!...".

¡Piensa en tu Alianza! ¡Ten presente la Alianza que has hecho con nosotros! ¡Tú no la puedes romper! Éste es el maravilloso secreto de la confianza que alberga el salmista: nosotros podemos romperla con nuestras idolatrías, pero Tú no. En tu Alianza, pues, nos apoyamos. ¡Cuida la vida de tu tórtola! Tengamos en cuenta cómo los profetas, por ejemplo Oseas, comparaban a Israel con una tórtola.

Dios anuncia, por medio del profeta Jeremías, que va a establecer con Israel una Nueva Alianza. No va a ser como la anterior, cuando le sacó de la esclavitud de Egipto. Ésta fue rota repetidas veces a causa de la dureza de corazón del pueblo. Dureza de corazón que es propia de todo hombre; dureza provocada por nuestra absoluta incapacidad de fiarnos de Dios. Al hombre le puede costar más o menos hacer algunos servicios a Dios. Y, si esto le tranquiliza la conciencia, tales servicios se pueden hasta multiplicar. Pero somos incapaces de fiarnos de Él hasta el punto de que dirija nuestra vida y de que sean sus opciones, y no las nuestras, las que marquen nuestra relación con Él y con nuestros hermanos.

Es por eso que Dios va a promover a partir de su Hijo Jesucristo la Nueva Alianza grabando en el corazón del ser humano su Palabra, que es creadora. Palabra que, destruyendo el corazón de piedra, lo crea de nuevo. Esta promesa nos viene anunciada con exultación por Jeremías: "He aquí que vienen días en que yo pactaré con la casa de Israel una Nueva Alianza; no como la alianza que pacté con sus padres, cuando les tomé de la mano para sacarles de Egipto y que ellos rompieron... ésta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días: pondré mi Ley (Palabra) en su interior, y sobre sus corazones la escribiré, yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo." (Jer. 31, 31-33).

Como ya hemos señalado, la Nueva Alianza ha sido concedida a toda la humanidad por medio de Jesucristo. Ha sido sellada con la sangre del mismo Dios bajo forma de Cordero. Alianza que empapa el corazón del hombre por medio del Santo Evangelio. Santo Evangelio que, escuchado con pasión, produce frutos de santidad.

 

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