viernes, abril 27, 2007

Entrevista a Michael O'Brienn, autor del libro 'El Padre Elías'



Comentarios a libros de actualidad
Entrevista al escritor Michael D. O'Brien realizada por Valerie Schmalz para la revista norteamericana «IgnatiusInsight»:
¿Quién es el Anticristo? ¿Hay que tomárselo en serio?
En este preciso momento de la Historia realmente no sabemos quién es en concreto el Anticristo. Hay muchas personas en el escenario mundial que promueven las ideas del Anticristo y el espíritu del Anticristo. Lo que sí sabemos es que en algún momento de la Historia el Anticristo se manifestará en una persona de carne y hueso que se encontrará totalmente bajo la influencia de Satán. Las Escrituras lo llaman el Hombre del Pecado, o alterna los calificativos de Hijo de la Perdición y de la Bestia. Quién será al final este hombre es algo que aún no sabemos. Pero hay que dejar bien claro que será una figura terrenal, no sólo un espíritu. Este espíritu del Anticristo ha estado con nosotros desde el comienzo de la Iglesia, plantando cara contra Ella, pero cuando se encarne en la persona del anti-Cristo, la guerra será total. Dice San Pablo que obtendrá el poder por medio de "mentiras y adulaciones". En otras palabras, engañando a los hombres.


Entonces, ¿se trata de una revelación verdadera de la Iglesia Católica? ¿Cree la Iglesia Católica que el Anticristo será una persona de carne y hueso y que aparecerá en algún momento de la Historia?

Sí, absolutamente. Está en las Escrituras y en las enseñanzas de la Iglesia (véase el Catecismo de la Iglesia Católica, 675).

¿Cree que la llegada del Anticristo es algo que podría suceder en nuestras vidas?

Lo cierto es que parece cada vez más posible, incluso probable, que así sea. El clima de la opinión mundial está muy condicionado por la cultura de los nuevos medios de comunicación, que no dejan de bombear en la conciencia del hombre moderno unas ideas y unos valores morales que son radicalmente opuestos a las enseñanzas de Cristo y de la Iglesia. El espíritu del Anticristo crece y se extiende por todo el mundo. Aquellos que defienden el Nuevo Orden Mundial reconocen ---no tiene usted más que leer lo que publican y lo que dicen en las entrevistas--- que la Iglesia Católica Romana es el único gran escollo ante el que se encuentran de cara a sus propósitos. Solamente la Iglesia, el Cuerpo Vivo de Cristo en el mundo, permanece como un baluarte contra la emergencia de este Nuevo Orden Mundial que encarna muchas de las ideas del Anticristo. Pero debo añadir que no es únicamente anticristo, es también antihumano y antipersona. Es el colectivismo y el totalitarismo, por mucho que hable hasta la saciedad de las bondades de la democracia.

¿Hay algunas señales apocalípticas en esta era moderna?

Creo que estamos asistiendo a unas señales apocalípticas sin precedentes en esta era moderna. Hay sobre todo dos y no deberíamos perderlas de vista. La primera radica en la emergencia de este Nuevo Orden Mundial que no deja de manifestar su intención de anular la conciencia individual en asuntos morales, así como de invalidar la conciencia de las naciones soberanas. Por ejemplo, la Unión Europea se ha empeñado en amenazar y en negar cualquier tipo de ayuda a los estados miembros que se resistan a prestar asistencia al aborto, lo cual afecta a los países tradicionalmente católicos, como Eslovaquia o Polonia. También se amenaza con vetar la entrada a las pequeñas naciones que no compartan la nueva moralidad que impera en la Unión Europea. La Organización de las Naciones Unidas difunde activamente el control de la natalidad y se sirve de promesas y amenazas, como en el caso de la zanahoria y el burro, para que las naciones más reticentes acaben cediendo, y entiéndase por zanahoria la ayuda económica. Esto supone un grave socavamiento de la democracia tal y como la hemos entendido hasta ahora. Supone también una gravísima vulneración de la inviolabilidad de la conciencia personal y de la conciencia de las naciones.

Por hablar de cuestiones más cotidianas, mire la cantidad innumerable de movimientos como el feminista, el pro-abortista o el que defiende el matrimonio entre homosexuales..., todos postulan el principio de la libertad como algo absoluto, pero completamente desligado de la responsabilidad. Soy libre para matar a mi propio hijo en el seno materno, soy libre para cohabitar con una persona de mi propio sexo y obligaré a mi país y os obligaré a vosotros, los cristianos, para que a esto se le llame matrimonio. En estos y en otros fenómenos parecidos estamos viendo una nueva clase de violación de la conciencia de las democracias en las naciones tradicionalmente cristianas. Las naciones que mantienen algún resto de los principios fundamentales de su herencia judeocristiana reciben un castigo si se oponen al Nuevo Orden Mundial. Deben pagar un precio muy alto por mantener su autonomía moral. El Papa Benedicto XVI lo llama «la dictadura del relativismo moral» y me temo que se trata de un fenómeno prácticamente universal que cada día tiene más poder.

Las películas como La profecía (estrenada el pasado 6 de junio) o los libros como los de la serie Left Behind, ¿acaso reflejan una conciencia o una percepción en el ámbito tanto del fundamentalismo religioso como del laicismo de que algo se está tramando en nuestra cultura?

Sean cuales sean los motivos de los productores cinematográficos y de los editores ---probablemente nada más que por dinero---, tanto da, creo que están conectando con algo que sí es real en esta época moderna. Casi todo el mundo es consciente del cambio radical que se está produciendo en la naturaleza de la vida moderna y que es fundamentalmente diferente de lo que sucedía en todas las sociedades tradicionales. Fuesen estas mejores o peores (por lo menos hasta ahora), todas protegían la familia, la mayoría estaban de acuerdo en reconocer que matar a tus propios hijos era algo malo, y todas defendían que las relaciones homosexuales eran algo desordenado. Tanto si supieron resolver estas cuestiones de la mejor manera posible como si no, veían en ellas un grave problema que traía consecuencias sociales muy negativas. Las naciones tradicionalmente cristianas del occidente democrático están perdiendo su democracia incluso mientras incrementan su retórica sobre la democracia. Las personas perciben que se les está obligando a escoger entre opciones que son antinaturales y perversas. Estamos viviendo en una economía basada en la «doble fuente de ingresos y dos hijos como mucho».

Vivimos en una pirámide de pecado desde lo más alto hasta lo más bajo de esta sociedad. Creo que la mayoría de la gente, aun cuando piensa que se trata de algo bueno, en lo más profundo de su alma reconoce que hay algo gravísimo en todo esto. Estas tensiones del mundo moderno no tienen precedentes, ni en alcance ni en poder. Añádale a esto el hecho de que el siglo anterior supuso un terrible trauma para la humanidad. Ahora ya se calcula en cerca de 170 millones de personas las que fueron asesinadas por sus gobiernos en el siglo XX. Esos gobiernos abarcaron desde el marxismo hasta el fascismo pasando por diferentes formas de utopías. Esta cifra no incluye el número de vidas arrebatadas injustamente por medio del aborto o la eutanasia. El poder de la muerte y el miedo a la muerte han crecido de manera extraordinaria en un periodo muy corto de tiempo, en poco más que una generación. Por lo menos, en un nivel intuitivo casi todo el mundo se da cuenta de que algo está yendo muy mal, de que algo ha de cambiar, aunque casi nadie sabe cómo cambiarlo. Como cristianos, sabemos muy bien dónde se encuentra la salvación última. Pese a todo, tanto si se es creyente como si no, creo que a mucha gente le atenaza la sensación de que vivimos un periodo de la Historia extraño y muy peligroso desde el punto de vista existencial. Este terror se ve incrementado por el hecho de que son pocos los que sienten que comprenden lo que está pasando o que saben cómo solucionarlo. Por eso la idea del apocalipsis empieza a funcionar como una catarsis. La gente acudirá en masa a ver películas como La profecía o El fin de los días o cualquier otra que hable del Fin de los Tiempos porque así pueden experimentar el estallido vicario y catastrófico del mundo en el que viven y podrán verlo resuelto. No hace falta decir que es una falsa resolución.

Su novela El Padre Elías es la historia ficticia de un hombre que debe enfrentarse al Anticristo. ¿Cómo se inspiró para escribirla?

Mi novela El padre Elías no trata de predecir el futuro. Es una clase de novela muy alejada de las conjeturas protestantes e incluso laicas de naturaleza apocalíptica. No se trata de una «adivinación con bendición», que en sí mismo ya es una contradicción. Lo que el libro intenta es plantear desde un punto de vista ficticio las cuestiones que todas las generaciones deberían plantearse: ¿Estoy despierto? ¿Vivo en un espíritu de vigilancia? ¿Soy capaz de leer los signos de los tiempos con un corazón confiado, tranquilo y en paz, y con una mente en sintonía con la de la Iglesia? ¿O estoy dormido? ¿Soy vulnerable a la mentira del Anticristo? ¿He hecho ya algún compromiso con ese espíritu? Y si así fuera, ¿dónde? ¿Le rezo al Espíritu Santo para pedirle luz? ¿Le pido iluminación para comprender los tiempos que vivimos y para saber qué papel me toca desempeñar?

¿Cómo empezó a escribir exactamente El Padre Elías?

Fue a comienzos de la década de los noventa, tratando de sacar adelante una familia numerosa, con muy pocos ingresos y en medio de una sociedad opuesta a la vida. A menudo me sentía abrumado y con un sentimiento de desánimo. Mi fe en Cristo era muy grande, pero veía el poder de las fuerzas antivida y anticristo creciendo en mi propio país, en eso que el Papa Benedicto XVI ha llamado ahora la «dictadura del relativismo moral». Al mismo tiempo advertí un doloroso debilitamiento de la iglesia particular de la nación en la que vivo, la Iglesia de Canadá, al igual que otras muchas iglesias particulares de Europa y América. Estábamos perdiendo la capacidad para reconocer la verdad, para vivir por la verdad y para resistir el poder de la mentira y de la muerte. Un día me encontraba en la iglesia de mi parroquia rezando por todo esto. Y empecé a llorar frente al crucifijo y a suplicar ante el Santísimo. Le pedí que nos ayudara a superar estos tiempos, que purificara y reforzara la iglesia de mi tierra. Y en este estado de profundo dolor y oración, de repente me vi inundado de una poderosísima paz sobrenatural, de una paz que jamás había sentido, y al mismo tiempo ve vino a la cabeza una historia desde el comienzo hasta el final. Es como si estuviera viendo una película en mi mente. Me quedé perplejo porque jamás había pensado en escribir una novela. Nunca me consideré un escritor. Yo era un pintor cristiano, padre de familia y director de una revista familiar católica. Sin embargo, tuve el convencimiento de que Dios quería que escribiera todo aquello.

Estaba totalmente seguro de que sería impublicable. Y a pesar de todo, dediqué ocho meses a escribirlo, luego lo guardé en un estante y ni siquiera intenté que se publicara. Pero por un misterioso acto de la Providencia, las puertas se abrieron y alguien me pidió que le dejara leer el manuscrito. Rechacé el ofrecimiento porque pensé que era tirar el dinero en sellos. Y entonces, en la que iba a ser mi editorial, Ignatius Press, me dijeron que lo enviara igualmente, que ellos iban a correr con los gastos de envío. Un par de meses después me enviaron un contrato y El Padre Elías se publicó al cabo de un año. Aquel pequeño acto de obediencia ha traído abundantes frutos. Se han vendido muchísimos ejemplares de la novela y se ha traducido a varios idiomas. Cuando miro hacia atrás, me doy cuenta de que aquel desánimo que yo sentía era parte de la mentira de esta época moderna, la que infecta tan fácilmente a los cristianos con el sentimiento de inutilidad. ¿Cómo resistir este monolito que parece controlar y dominar todos los aspectos de nuestra vida en estos tiempos tan alejados de Dios? ¿Cómo luchar contra este relativismo moral que está dejando este mundo nuestro sin vida? Sí, claro que podemos. La Nueva Evangelización es posible, pero exigirá de cada uno de nosotros que seamos dóciles al Espíritu Santo, y una disponibilidad para arriesgarlo todo por Cristo incluso cuando parezca que sea una pura locura. Debemos recordar que las tinieblas jamás dominarán la luz. Porque Cristo ha vencido.

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