miércoles, febrero 25, 2009

Preguntas Frecuentes sobre la Cuaresma

 

Estas son las 29 preguntas más comunes con las respuestas que te harán comprender mejor el sentido de la cuaresma.

¿QUÉ ES LA CUARESMA?

Llamamos Cuaresma al período de cuarenta días (cuadragésima) reservado a la preparación de la Pascua, y señalado por la última preparación de los catecúmenos que deberían recibir en ella el bautismo.

¿DESDE CUÁNDO SE VIVE LA CUARESMA?

Desde el siglo IV se manifiesta la tendencia a constituirla en tiempo de penitencia y de renovación para toda la Iglesia, con la práctica del ayuno y de la abstinencia. Conservada con bastante vigor, al menos en un principio, en las iglesias de oriente, la práctica penitencial de la Cuaresma ha sido cada vez más aligerada en occidente, pero debe observarse un espíritu penitencial y de conversión.

¿POR QUÉ LA CUARESMA EN LA IGLESIA CATÓLICA?

"La Iglesia se une todos los años, durante los cuarenta días de la Gran Cuaresma, al Misterio de Jesús en el desierto" (n. 540).

¿CUÁL ES, POR TANTO, EL ESPÍRITU DE LA CUARESMA?

Debe ser como un retiro colectivo de cuarenta días, durante los cuales la Iglesia, proponiendo a sus fieles el ejemplo de Cristo en su retiro al desierto, se prepara para la celebración de las solemnidades pascuales, con la purificación del corazón, una práctica perfecta de la vida cristiana y una actitud penitencial.

¿QUÉ ES LA PENITENCIA?

La penitencia, traducción latina de la palabra griega metanoia que en la Biblia significa la conversión (literalmente el cambio de espíritu) del pecador, designa todo un conjunto de actos interiores y exteriores dirigidos a la reparación del pecado cometido, y el estado de cosas que resulta de ello para el pecador. Literalmente cambio de vida, se dice del acto del pecador que vuelve a Dios después de haber estado alejado de Él, o del incrédulo que alcanza la fe.

¿QUÉ MANIFESTACIONES TIENE LA PENITENCIA?

"La penitencia interior del cristiano puede tener expresiones muy variadas. La Escritura y los Padres insisten sobre todo en tres formas: el AYUNO, la oración, la limosna, que expresan la conversión con relación a sí mismo, con relación a Dios y con relación a los demás. Junto a la purificación radical operada por el Bautismo o por el martirio, citan, como medio de obtener el perdón de los pecados, los esfuerzos realizados para reconciliarse con el prójimo, las lágrimas de penitencia, la preocupación por la salvación del prójimo, la intercesión de los santos y la práctica de la caridad "que cubre multitud de pecados" (1 Pedro, 4,8.)." (Catecismo Iglesia Católica, n.1434).

¿ESTAMOS OBLIGADOS A HACER PENITENCIA?

"Todos los fieles, cada uno a su modo, están obligados por la ley divina a hacer penitencia; sin embargo, para que todos se unan en alguna práctica común de penitencia, se han fijado unos días penitenciales en los que se dediquen los fieles de manera especial a la oración, realicen obras de piedad y de caridad y se nieguen a sí mismos, cumpliendo con mayor fidelidad sus propias obligaciones y, sobre todo, observando el ayuno y la abstinencia." (Código de Derecho Canónico, cánon 1249).

¿CUÁLES SON LOS DÍAS Y TIEMPOS PENITENCIALES?

"En la Iglesia universal, son días y tiempos penitenciales todos los viernes del año y el tiempo de cuaresma." (Código de Derecho Canónico, cánon 1250).

¿QUÉ DEBE HACERSE TODOS LOS VIERNES DEL AÑO?

En recuerdo del día en que murió Jesucristo en la Santa Cruz, "todos los viernes, a no ser que coincidan con una solemnidad, debe guardarse la abstinencia de carne, o de otro alimento que haya determinado la Conferencia Episcopal; ayuno y abstinencia se guardarán el miércoles de Ceniza y el Viernes Santo." (Código de Derecho Canónico, cánon 1251).

¿CUÁNDO ES CUARESMA?

La Cuaresma comienza el Miércoles de ceniza y concluye inmediatamente antes de la Misa Vespertina in Coena Domini. (jueves santo). Todo este período forma una unidad, pudiéndose distinguir los siguientes elementos:

1)El Miércoles de ceniza,

2)Los domingos, agrupados en el binomio, I-II; III, IV y V; y el Domingo de Ramos de la Pasión del Señor,

3)La Misa Crismal y

4)Las ferias.

¿QUÉ ES EL MIÉRCOLES DE CENIZA?

Es el principio de la Cuaresma; un día especialmente penitencial, en el que manifestamos nuestro deseo personal de CONVERSIÓN a Dios. Al acercarnos a los templos a que nos impongan la ceniza, expresamos con humildad y sinceridad de corazón, que deseamos convertirnos y creer de verdad en el Evangelio.

¿CUÁNDO TIENE ORIGEN LA PRÁCTICA DE LA CENIZA?

El origen de la imposición de la ceniza pertenece a la estructura de la penitencia canónica. Empieza a ser obligatorio para toda la comunidad cristiana a partir del siglo X. La liturgia actual, conserva los elementos tradicionales: imposición de la

ceniza y ayuno riguroso.

¿CUÁNDO SE BENDICE E IMPONE LA CENIZA?

La bendición e imposición de la ceniza tiene lugar dentro de la Misa, después de la homilía; aunque en circunstancias especiales, se puede hacer dentro de una celebración de la Palabra. Las fórmulas de imposición de la ceniza se inspiran en la Escritura: Gn, 3, 19 y Mc 1, 15.

¿DE DÓNDE PROVIENE LA CENIZA?

La ceniza procede de los ramos bendecidos el Domingo de la Pasión del Señor, del año anterior, siguiendo una costumbre que se remonta al siglo XII. La fórmula de bendición hace relación a la condición pecadora de quienes la recibirán.

¿CUÁL ES EL SIMBOLISMO DE LA CENIZA?

El simbolismo de la ceniza es el siguiente:

a) Condición débil y caduca del hombre, que camina hacia la muerte;

b) Situación pecadora del hombre;

c) Oración y súplica ardiente para que el Señor acuda en su ayuda;

d) Resurrección, ya que el hombre está destinado a participar en el triunfo de Cristo.

¿A QUÉ NOS INVITA LA IGLESIA EN LA CUARESMA?

La Iglesia persiste en invitarnos a hacer de este tiempo como un retiro espiritual en el que el esfuerzo de meditación y de oración debe estar sostenido por un esfuerzo de mortificación personal cuya medida, a partir de este mínimo, es dejada a la libertad generosidad de cada uno.

¿QUÉ DEBE SEGUIRSE DE VIVIR LA CUARESMA?

Si se vive bien la Cuaresma, deberá lograrse una auténtica y profunda CONVERSIÓN personal, preparándonos, de este modo, para la fiesta más grande del año: el Domingo de la Resurrección del Señor.

¿QUÉ ES LA CONVERSIÓN?

Convertirse es reconciliarse con Dios, apartarse del mal, para establecer la amistad con el Creador. Supone e incluye dejar el arrepentimiento y la Confesión de todos y cada uno de nuestros pecados. Una vez en gracia (sin conciencia de pecado mortal), hemos de proponernos cambiar desde dentro (en actitudes) todo aquello que no agrada a Dios.

¿POR QUÉ SE DICE QUE LA CUARESMA ES UN "TIEMPO FUERTE" Y UN "TIEMPO PENITENCIAL?

"Los tiempos y los días de penitencia a lo largo del año litúrgico (el tiempo de CUARESMA, cada viernes en memoria de la muerte del Señor) son momentos fuertes de la práctica penitencial de la Iglesia. Estos tiempos son particularmente apropiados para los ejercicios espirituales, las liturgias penitenciales, las peregrinaciones como signo de penitencia, las privaciones voluntarias como el ayuno y la limosna, la comunicación cristiana de bienes (obras caritativas y misioneras)." (Catecismo Iglesia Católica, n. 1438)

¿CÓMO CONCRETAR MI DESEO DE CONVERSIÓN?

De diversas maneras, pero siempre realizando obras de conversión, como son, por ejemplo:

1.Acudir al Sacramento de la Reconciliación (Sacramento de la Penitencia o Confesión) y hacer una buena confesión: clara, concisa, concreta y completa.

2.Superar las divisiones, perdonando y crecer en espíritu fraterno.

3.Practicando las Obras de Misericordia.

¿CUÁLES SON LAS OBRAS DE MISERICORDIA?

Las Obras de Misericordia espirituales son:

Enseñar al que no sabe.

Dar buen consejo al que lo necesita.

Corregir al que yerra.

Perdonar las injurias.

Consolar al triste.

Sufrir con paciencia las adversidades y flaquezas del prójimo.

Rogar a Dios por los vivos y los muertos

Las Obras de Misericordia corporales son:

Visitar al enfermo.

Dar de comer al hambriento.

Dar de beber al sediento.

Socorrer al cautivo.

Vestir al desnudo.

Dar posada al peregrino.

Enterrar a los muertos.

¿QUÉ OBLIGACIONES TIENE UN CATÓLICO EN CUARESMA?

Hay que cumplir con el precepto del AYUNO y la ABSTINENCIA, así como con el de la CONFESIÓN y COMUNIÓN anual.

¿EN QUÉ CONSISTE EL AYUNO?

El AYUNO consiste en hacer una sola comida al día, aunque se puede comer algo menos de lo acostumbrado por la mañana y la noche. No se debe comer nada entre los alimentos principales, salvo caso de enfermedad.

¿A QUIÉN OBLIGA EL AYUNO?

Obliga vivir la ley del ayuno, a todos los mayores de edad, hasta que tengan cumplido cincuenta y nueve años. (cfr. CIC, c. 1252).

QUÉ ES LA ABSTINENCIA?

Se llama abstinencia a privarse de comer carne (roja o blanca y sus derivados).

¿A QUIÉN OBLIGA LA ABSTINENCIA?

La ley de la abstinencia obliga a los que han cumplido catorce años.(cfr. CIC, c. 1252).

¿PUEDE CAMBIARSE LA PRÁCTICA DEL AYUNO Y LA ABSTINENCIA? "La Conferencia Episcopal de cada País puede determinar con más detalle el modo de observar el ayuno y la abstinencia, así como sustituirlos en todo o en parte por otras formas de penitencia, sobre todo por obras de caridad y prácticas de piedad." (Código de Derecho Canónico, cánon 1253).

¿QUÉ ES LO QUE IMPORTA DE FONDO DEL AYUNO Y LA ABSTINECIA?

Debe cuidarse el no vivir el ayuno o la abstinencia como unos mínimos, sino como una manera concreta con la que nuestra Santa Madre Iglesia nos ayuda a crecer en el verdadero espíritu de penitencia.

¿QUÉ ASPECTOS PASTORALES QUE CONVIENE RESALTAR EN LA CUARESMA?

El tiempo de Cuaresma es un tiempo litúrgico fuerte, en el que toda la Iglesia se prepara para la celebración de las fiestas pascuales. La Pascua del Señor, el Bautismo y la invitación a la reconciliación, mediante el Sacramento de la Penitencia, son sus grandes coordenadas.

Se sugiere utilizar como medios de acción pastoral:

1)La catequesis del Misterio Pascual y de los sacramentos;

2)La exposición y celebración abundante de la Palabra de Dios, como lo aconseja vivamente el cánon. 767, & 3, 3).

3)La participación, de ser posible diaria, en la liturgia cuaresmal, en las celebraciones penitenciales y, sobre todo, en la recepción del sacramento de la penitencia: "son momentos fuertes en la práctica penitencial de la Iglesia" (CEC, n. 1438), haciendo notar que "junto a las consecuencias sociales del pecado, detesta el mismo pecado en cuanto es ofensa a Dios"; y,

4)El fomento de los ejercicios espirituales, las peregrinaciones, como signo de penitencia, las privaciones voluntarias como el ayuno y la limosna y las obras caritativas y misioneras.

Fr. Nelson M.

Ayuno: abstinencia

 

 "El ayuno cura nuestras enfermedades, deseca los humores superfluos de nuestros cuerpos, pone en fuga los demonios, arroja los malos pensamientos, purifica el espíritu, limpia el corazón, santifica el cuerpo, eleva los hombres hasta el trono de Dios. Por último, el ayuno es el alimento de los Angeles, y el que le practica, se puede considerar como en el orden de aquellos bienaventurados espíritus. (S. Atanasio, de Sanctiss. Deipara, sent. 5, Tric. T. 2, p. 172.)"

"Si el demonio os impele a practicar austeridades tan excesivas que altere vuestra salud, y que vuestro cuerpo se inutilice, y sea incapaz de todos los ejercicios, no sigáis su instigación, antes bien, moderad vuestros ayunos. (S. Atanasio, ibid., sent. 6, Tric. T. 2, p. 172 y 173.)"

"Ayunamos y nos abstenemos del vino y de la carne, no por horror, como si fueran cosas malas, sino porque esperamos que en recompensa de privamos aquí de un alimento agradable a los sentidos, gozaremos en el cielo de un alimento divino, y que sembrando ahora con lágrimas, cogeremos algún día con gozo abundante cosecha. (S. Cirilo de Jerusalén, Cath. 4, sent. 5, Trie. T. 2, p. 336.)"

"No hay tierra, sea isla o continente, no hay ciudad o nación hasta las extremidades más remotas del mundo, en donde el edicto general del ayuno no se haya hecho público: los soldados, los caminantes, los marineros, los mercaderes, todos le han oído y recibido con grande alegría. Nadie, pues, se excluya del número de los que ayunan, pues en él debe comprenderse toda suerte de condiciones y dignidades. (S. Basilio, Orat. 2, sent. 12, Tric. T. 3, p. 192.)"

"No volváis ni a la derecha ni a la izquierda; así como es peligroso pasar los límites de la templanza en el comer, también es fuera de razón abatir demasiado el cuerpo con abstinencias excesivas, inutilizándole para todo lo bueno por haberle enflaquecido demasiado. Estamos, pues, obligados a cuidar de nuestros cuerpos, no sólo por el amor natural, sino para podernos servir de ellos en los ejercicios de la filosofía cristiana. (S. Basilio, de Vera Virg., sent. 26, Tric. T. 3, p. 195.)"

"No dice simplemente el Apóstol que no se ha de cuidar de su carne, sino que añade, para satisfacer a sus deseos. Se debe, pues, reprimir con los ejercicios de la continencia la propensión e inclinación de la carne a los deleites y los vicios: pero al mismo tiempo se ha de procurar conservarla con las fuerzas que se necesitan para adquirir las virtudes. (S. Basilio, ¡bid., sent. 27, Tric. T. 3, p. 195.)"

"Estamos desterrados del Paraíso por no haber querido ayunar. Ayunemos, para que se nos permita volver a él. (S. Basilio, Homl. 1, de jejun., sent. 4, adic. Tric. T. 3, p. 380.)"

"El ayuno es el alimento de] alma y del espíritu, la vida de los Angeles, la muerte del pecado, la extinción de las culpas, el remedio de la salud, la raíz de la gracia, el fundamento de la castidad; por la escala del ayuno había subido Elías antes de entrar en aquel carro de fuego que le arrebató al cielo. (S. Ambrosio, de Elía et jejun., c. 3, sent. 23, Tric. T. 4, p. 320.)"

"Castigo mi cuerpo, y le reduzco a servidumbre. Castigar el cuerpo, es mortificarle con el ayuno, y no concederle sino lo necesario para vivir, de modo, que no llegue a darle placer; y entonces se 1e reduce a servidumbre, cuando no se le permite seguir su voluntad antes bien se le obliga a hacer la del espíritu. (S. Ambrosio, c. 7, sen 98, Trie. T. 4, p. 333.)"

"Para ayunar de modo que agradéis a Dios, es preciso ser benignos con vuestros criados, cariñosos con los extraños, caritativos con los pobres, levantaros temprano para ir a la Iglesia, dar gracias a Dios y pedirle perdón de vuestras culpas, implorar su misericordia por 1 pecados pasados, y su protección para evitarlos en adelante. (S. Ambrosio, Serm. 33, sent. 147, Tric. T. 4, p. 344.)"

"En otros tiempos del año hay algunos ayunos por los cuales s merece premio si se observa: mas en Cuaresma peca el que deja de ayunar. Los otros ayunos son voluntarios; pero los de Cuaresma so de obligación: a los otros nos convidan; pero a estos nos obligan: y no tanto son precepto de la Iglesia, como del mismo Dios. (S. Ambrosi Serm. 3, sent. 148, Tric. T. 4, p. 344.)"

"La ley de la abstinencia es de Dios nuestro Señor: la prevaricación de esta ley es del demonio. Por comer nos vino la culpa, en 1a comida conocemos nuestra flaqueza, la virtud de la fortaleza está e el ayuno. (S. Ambrosio, de Elía et jejun., c. 4, sent. XXI, adic. Tric. 4, p. 400.)"

"Cuando se ayuna todos los días, se ha de evitar tomar el alimento con exceso al fin del ayuno: porque es cosa inútil pasar dos o tres dí sin comer, si se ha de desquitar con la gula de una sola comida largo tiempo que se había dado al ayuno. (S. Jerónimo, Ad Eustoch ep. 22, sent. 18, Tric. T. 5, p. 24 l.)"

"¿Qué haré yo para que Dios reciba agradablemente mi ayuno. Parte tu pan para dar al pobre. No os obliga la escritura a distribuir muchos panes, para que no os excuséis con la pobreza. Habla de un solo pan, y aún no os pide que le deis entero, sino que deis al pobre tanto como hubierais comido, si no hubierais ayunado: para que vuestro ayuno no sirva al ahorro, sino al alimento del alma. (S. Jerón lib. 6, in Isai., c. 58, sent. 60, Tric. T. 5, p. 248.)"

"En los días de ayuno debemos a ejemplo de Daniel abstenernos de manjares delicados, y no comer carne, ni beber vino. (S. Jerónim in cap. 20, sent. 79, Tric. T. 5, p. 252.)"

"Debemos mortificamos no solo con el ayuno sino también en la calidad de las viandas. (S. Paulino, sent. 5, Tric. T. 5, p. 330.)"

"No os tengáis ya por Santos, por haber empezado a practicar el ayuno y la abstinencia: porque estas virtudes son solamente medios para ayudaros a conseguir la santidad, mas no son la perfección. (S. Paulino, sent. 26, Tric. T. 5, p. 333.)"

"La abstinencia y la mortificación del cuerpo son excelentes virtudes, cuando al mismo tiempo nos abstenemos de los vicios y pecados. (S. Paulino, Ibid., ibid., ibid.)"

"No os contentéis con que ayune la boca: ayunen también los ojos, los oídos, los pies, las manos y todo vuestro cuerpo. (S. Juan Crisóst., Homil. 3, sent. 8, Tric. T. 6, p. 301.)"

"Si no tenéis la salud suficiente para ayunar, a lo menos os podéis abstener de las delicias; y esta especie de abstinencia, apenas en nada es inferior a la del ayuno. (S. Juan Crisóst., Homil. 58, cap. 17 in Matth., sent. 64, Tric. T. 6, p. 312.)"

"No ayunamos por razón de la fiesta de la Pascua, sino por nuestros pecados, y por la preparación que debemos llevar para recibir los sagrados misterios: pues por otra parte, la solemnidad de la Pascua no es ocasión de ayuno y mortificación, antes bien, lo es de alegría. (S. Juan Crisóst., Serm. 3, adv. Jud., n. 4, sent. 222, Tric. T. 6, p. 344.)"

"Los ayunos vencen las concupiscencias, rechazan las tentaciones, abaten la soberbia, mitigan la ira, y alimentan hasta su madurez todos los afectos virtuosos de la buena voluntad; esto se entiende cuando los acompaña la benevolencia de la caridad y el prudente ejercicio de las obras de misericordia. (S. León, Papa, Serm. 15, c. 2, sent. 10, Tric. T. 8, p. 384.)"

"No basta extenuar el cuerpo con la abstinencia, si no adquiere el alma nuevas fuerzas. Cuando se procura afligir al hombre exterior, es preciso confortar el interior. Cuando negamos a la carne el alimento corporal, se debe alimentar el alma con delicias espirituales. (S. León, Papa, Serm. 39, c. 5, sent. 32, Tric. T. 8, p. 389.)"

"A tan grandes misterios se debía tan incesante devoción y tan continuada reverencia, que nos presentásemos a la vista de Dios, cual es razón que nos halle en la fiesta de la Pascua: mas porque esta fortaleza es de pocos, y por la fragilidad de la carne se relaja, la austeridad de la observancia -pues, distraídos del cuidado principal con las varias ocupaciones de esta vida, aun las almas más virtuosas contraen el polvo del mundo-, ha ordenado el Señor con la más sabia conducta el ayuno de los cuarenta días para renovar la pureza de los corazones, purificándonos de las culpas de los otros tiempos con las

obras de devoción y con los castos ayunos. (S. León, Papa, Serm. 42, sent. 36, Tric. T. 8, p. 390.)"

"La perfección de nuestro ayuno no consiste en sola la abstinencia del alimento, ni se priva al cuerpo de la comida con fruto, si el alma no se retira de la iniquidad, y la lengua no se refrena en las murmuraciones. Debemos, pues, moderar la libertad de comer, de tal modo que sujetemos a la misma ley los otros deseos. Este tiempo, en que, purificados de las manchas de todos los vicios, debemos aspirar a la perpetuidad de las virtudes, es tiempo de mansedumbre, paciencia, paz y tranquilidad: es tiempo de perdonar las ofensas, de despreciar las injurias, y de olvidarnos de los agravios recibidos. (S. León, Papa, Serm. 42, sent. 37, Tric. T. 8, p. 391.)"

"Supuesto que tomamos esta mortificación para extinguir el incentivo de los deseos carnales, ningún género de continencia debemos procurar tanto como el vivir sobrios, sin alguna injusta voluntad, y permanecer ayunos de toda acción que sea contraria a las buenas costumbres. Este ejercicio no excluye a los enfermos, por más indispuestos que estén: porque también en el cuerpo inútil y consumido se puede hallar la integridad del corazón, y siempre se pueden colocar los fundamentos de la virtud, en donde tuvo su asiento la iniquidad. La misma enfermedad de la carne es suficiente penitencia, y tal vez excede a las mortificaciones voluntarias: pero es preciso que el alma cumpla su deber, y ya que no se sustenta con los manjares del cuerpo, no se alimente con alguna injusticia. (S. León, Papa, Serm. 44, c. 2, p. 168, sent. 38, Tric. T. 8, p. 391.)"

"Los que habéis de celebrar la Pascua del Señor, ejercitaos de tal modo en santos ayunos, que concurráis a tan sagradas fiestas, libres del tumulto de las pasiones. Arroje el amor a la humildad al espíritu de soberbia, raíz de todos los pecados, y abátase con la mansedumbre la altivez: y los corazones, exasperados con alguna ofensa, procuren, reconciliándose entre sí, volver a la unión y la concordia. No volviendo a ninguno mal por mal, perdonándoos unos a otros, así como Jesucristo nos perdonó. (S. León, Papa, Serm. 44, sent. 39, Trie. T. 8, p.391.)"

"Hemos de ayunar de tal modo, que en vez de reservamos el precio de lo que en otro tiempo costaría la comida, se lo demos a los pobres. (S. Cesáreo de Arlés, Serm. 46, sent. 9, Tric. T. 9, p. 45.)"

"Santificar el ayuno es manifestar con otras buenas obras que nuestra abstinencia es digna de Dios. Se debe advertir a los que se abstienen, que ofrecen a Dios una abstinencia agradable si dan a los pobres los alimentos de que ellos mismos se privan. (S. Gregorio el Grande, sent. XIV, adic. Tric. T. 9, p. 382 y 383.)"

Citas de la Sagrada Escritura

En señal de luto y de tristeza: Jue 20,26; I Sam31, 13;Jer41,2;52, 12; Zac 7, 2-5; 8, 9.

Penitencia unida a la oración para obtener la misericordia de Dios: Lev 19, 29; Num 30, 14-26; Tob 12, 8; 1 Mac 2, 47; 2 Mac 13, 12.

Día del ayuno: Lev 16, 29.

Cómo se ha de ayunar: Is 58, 3-7; Jer 14, 12.

De Nuestro Señor en el desierto: Mt 4, 1-2; Mc 1, 12-13; Lc 4, 1-13.

Nuestro ayuno debe ser humilde; si no, pierde todo el mérito: Mt 6, 16-18; Lc 18, 11-14.

Ayuno y oración para obtener de Dios el poder de arrojar a los demonios: Mt 17, 20; Mc 9, 28.

El ayuno de los hipócritas: Mt 6, 16-18; Lc 18, 9-14.

Ayuno de Saulo después de su conversión: Hech 9, 9-19.

Bienes espirituales del ayuno

Antes de la imposición de las manos a Saulo y Bernabé: Hech 13, 2-3.

De Pablo y Bernabé antes de la ordenación de los sacerdotes: Hech 16, 22.

Los ayunos frecuentes de San Pablo: 2 Cor 11, 27.

San Pablo recomienda a todos la templanza, en especial a los que habían de ser ordenados ministros: 1 Tes 5,6;2Tim4,5; Tit1,7;2, 2-3.

Nuestro Señor defiende a sus discípulos de las acusaciones que les hacían porque no ayunaban: Mt 9, 14-15; Mc 2, 18-20; Lc 5, 3335.

Dispone para recibir las gracias del Señor: Lc 2, 37-38.

Los ministros de Dios y el ayuno: 2 Cor 6, 4-8.

Para someter nuestro cuerpo: I Cor 9, 27.

BIENES ESPIRITUALES DEL AYUNO

El ayuno fortifica el espíritu, mortificando la carne y su sensualidad; eleva el alma a Dios; abate la concupiscencia, dando fuerzas para vencer y amortiguar sus pasiones, y dispone el corazón para que no busque otra cosa distinta de agradar a Dios en todo (SAN FRANCISCO DE SALES, Sermón sobre el ayuno).

El ayuno purifica el alma, eleva el espíritu, sujeta la carne al espíritu, da al corazón contrición y humildad, disipa las tinieblas de la concupiscencia, aplaca los ardores del placer y enciende la luz de la castidad (SAN AGUSTÍN, Sermón 73).

El cristiano tiene libertad para ayunar en cualquier tiempo, no por superstición, sino por virtud. ¿De qué modo, sin embargo, pueden guardar los cristianos la castidad si no cuidan la continencia en estas cosas? ¿Cómo pueden estudiar las Escrituras y buscar la ciencia y la sabiduría? ¿No es, acaso, gracias a la continencia del vientre y de la boca, regulando la comida y la bebida por la abstinencia y el ayuno? Esta es la razón del ayuno cristiano. Hay también otra razón de carácter religioso, muy alabada desde el tiempo de los Apóstoles: «Bienaventurado quien ayuna para ayudar a los pobres». Este ayuno es verdadero, digno y grato a los ojos de Dios (ORÍGENES, Homilía 10).

Tres cosas hay, hermanos, por las que se mantiene la fe, se conserva firme la devoción, persevera la virtud. Estas tres cosas son la oración, el ayuno y la misericordia. Lo que pide la oración, lo alcanza el ayuno y lo recibe la misericordia. Oración, misericordia y ayuno: tres cosas que son una sola, que se vivifican una a otra (SAN PEDRO CRISÓLOGO, Sermón 43).

Cualidades

La penitencia del tiempo cuaresmal no debe ser sólo interna e individual, sino también externa y social. Foméntese la práctica penitencial de acuerdo con las posibilidades de nuestro tiempo y de los diversos países y condiciones de los fieles [...].

Sin embargo, téngase como sagrado el ayuno pascual; ha de celebrarse en todas partes el viernes de la pasión y muerte del Señor y ano extenderse, según las circunstancias, al sábado santo, para que de este modo se llegue al gozo del domingo de Resurrección con elevación y apertura de espíritu (CONC. VAT. 11, Const. Sacrosanctum Concilium, 110).

Decía (un santo varón a quien él conoció) que et monje debería darse al ayuno como si tuviera que vivir cien años. Que debería frenar las pasiones de su alma, olvidar las injurias, ahuyentar la tristeza y menospreciar el dolor y la desazón, como si tuviera que morir cada día (CASIANO, Instituciones, 5, 41)

 (Cuando ayunes, unge tu cabeza y lava tu cara...). Aquí se habla de la costumbre que existía en Palestina de ungirse la cabeza los días de fiesta, y mandó el Señor que cuando ayunemos nos manifestemos contentos y alegres (SAN JERÓNIMO, en Catena Aurea, val 1, p. 380).

Los ayunos agradables a Dios son: no hagas mal y sirve al Señor con corazón limpio; guarda sus mandamientos siguiendo sus preceptos y no permitas que ninguna concupiscencia del mal penetre en tu corazón [...]. Si esto haces, tu ayuno será grato en la presencia de Dios (Pastor de Hermas)

Ayunen los ojos de toda mirada curiosa... Ayunen los oídos, no atendiendo a las palabras vanas y a cuanto no sea necesario para la salud del alma... Ayune la lengua de la difamación y la murmuración, de las palabras vanas, inútiles... Ayune la mano de estar ociosa y de todas las obras que no sean mandadas. Pero ayune mucho más el alma misma de los vicios y pecados, y de imponer la propia voluntad y juicio. Pues, sin este ayuno, todos los demás son reprobados por Dios (SAN BERNARDO, Sermón en el comienzo del ayuno).

Ha de consistir mucho más en la privación de nuestros vicios que en la de los alimentos (SAN LEÓN MAGNO, Sermón 6 sobre la Cuaresma, 1).

El ayuno significa un dominio sobre nosotros mismos; significa ser exigentes en las relaciones con nosotros mismos; estar prontos a renunciar a las cosas, y no sólo a los manjares, sino también a goces y placeres diversos (JUAN PABLO 11, Hom. 28-11-1979).

 

Tomado de : http://www.serviciocatolico.com/files/ayuno.htm
 

lunes, febrero 23, 2009

SEPA LO QUE DEBE Y NO DEBE HACERSE EN LA CELEBRACIÓN DE LA MISA

VATICANO, 23 Abr. 04 (ACI).- La instrucción Redemptionis Sacramentum, describe detalladamente cómo debe celebrarse la Eucaristía y lo que puede considerarse como "abuso grave" durante la ceremonia. Aquí les ofrecemos un resumen de las normas que el documento recuerda a toda la Iglesia.

 

En el Capítulo I sobre la "ordenación de la Sagrada Liturgia" se señala que:

  • Compete a la Sede Apostólica ordenar la sagrada Liturgia de la Iglesia universal, editar los libros litúrgicos, revisar sus traducciones a lenguas vernáculas y vigilar para que las normas litúrgicas se cumplan fielmente.

  • Los fieles tienen derecho a que la autoridad eclesiástica regule la sagrada Liturgia de forma plena y eficaz, para que nunca sea considerada la liturgia como propiedad privada de alguien.

  • El Obispo diocesano es el moderador, promotor y custodio de toda la vida litúrgica. A él le corresponde dar normas obligatorias para todos sobre materia litúrgica, regular, dirigir, estimular y algunas veces también reprender.

  • Compete al Obispo diocesano el derecho y el deber de visitar y vigilar la liturgia en las iglesias y oratorios situados en su territorio, también aquellos que sean fundados o dirigidos por los citados institutos religiosos, si los fieles acuden a ellos de forma habitual.

  • Todas las normas referentes a la liturgia, que la Conferencia de Obispos determine para su territorio, conforme a las normas del derecho, se deben someter a la recognitio de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, sin la cual, carecen de valor legal.

En el Capítulo II sobre la "participación de los fieles laicos en la celebración de la Eucaristía", se establece que:

  • La participación de los fieles laicos en la celebración de la Eucaristía, y en los otros ritos de la Iglesia, no puede equivaler a una mera presencia, más o menos pasiva, sino que se debe valorar como un verdadero ejercicio de la fe y la dignidad bautismal.

  • Se debe recordar que la fuerza de la acción litúrgica no está en el cambio frecuente de los ritos, sino, verdaderamente, en profundizar en la palabra de Dios y en el misterio que se celebra.

  • Sin embargo, no se deduce necesariamente que todos deban realizar otras cosas, en sentido material, además de los gestos y posturas corporales, como si cada uno tuviera que asumir, necesariamente, una tarea litúrgica específica; aunque  conviene que se distribuyan y realicen entre varios las tareas o las diversas partes de una misma tarea.

  • Se alienta la participación de lectores y acólitos que estén debidamente preparados y sean recomendable por su vida cristiana, fe, costumbres y fidelidad hacia el Magisterio de la Iglesia.

  • Se alienta la presencia de niños o jóvenes monaguillos que realicen un servicio junto al altar, como acólitos, y reciban una catequesis conveniente, adaptada a su capacidad, sobre esta tarea. A esta clase de servicio al altar pueden ser admitidas niñas o mujeres, según el juicio del Obispo diocesano y observando las normas establecidas.

En el Capítulo 3, sobre la "celebración correcta de la Santa Misa" se especifica sobre:

La materia de la Santísima Eucaristía

  • El pan a consagrar debe ser ázimo, de sólo trigo y hecho recientemente. No se pueden usar cereales, sustancias diversas del trigo. Es un abuso grave introducir en su fabricación frutas, azúcar o miel.

  • Las hostias deben ser preparadas por personas honestas, expertas en la elaboración y que dispongan de los instrumentos adecuados.

  • Las fracciones del pan eucarístico deben ser repartidas entre los fieles, pero cuando el número de estos excede las fracciones se deben usar sobre todo hostias pequeñas.

  • El vino del Sacrificio debe ser natural, del fruto de la vid, puro y sin corromper, sin mezcla de sustancias extrañas. En la celebración se le debe mezclar un poco de agua. No se debe admitir bajo ningún pretexto otras bebidas de cualquier género.

La Plegaria Eucarística

  • Sólo se pueden utilizar las Plegarias Eucarísticas del Misal Romano o las aprobadas por la Sede Apostólica. Los sacerdotes no tienen el derecho de componer plegarias eucarísticas, cambiar el texto aprobado por la Iglesia, ni utilizar otros, compuestos por personas privadas.

  • Es un abuso hacer que algunas partes de la Plegaria Eucarística sean pronunciadas por el diácono, por un ministro laico, o bien por uno sólo o por todos los fieles juntos. La Plegaria Eucarística debe ser pronunciada en su totalidad, y solamente, por el sacerdote.

  • El sacerdote no puede partir la hostia en el momento de la consagración.

  • En la Plegaria Eucarística no se puede omitir la mención del Sumo Pontífice y del Obispo diocesano.

Las otras partes de la Misa

  • Los fieles tienen el derecho de tener una música sacra adecuada e idónea y que el altar, los paramentos y los paños sagrados, según las normas, resplandezcan por su dignidad, nobleza y limpieza.

  • No se pueden cambiar los textos de la sagrada Liturgia.

  • No se pueden separar la liturgia de la palabra y la liturgia eucarística, ni celebrarlas en lugares y tiempos diversos.

  • La elección de las lecturas bíblicas debe seguir las normas litúrgicas. No está permitido omitir o sustituir, arbitrariamente, las lecturas bíblicas prescritas ni cambiar las lecturas y el salmo responsorial con otros textos no bíblicos.

  • La lectura evangélica se reserva al ministro ordenado. Un laico, aunque sea religioso, no debe proclamar la lectura evangélica en la celebración de la Misa.

  • La homilía nunca la hará un laico. Tampoco los seminaristas, estudiantes de teología, asistentes pastorales ni cualquier miembro de alguna asociación de laicos.

  • La homilía debe iluminar desde Cristo los acontecimientos de la vida, sin vaciar el sentido auténtico y genuino de la Palabra de Dios, por ejemplo, tratando sólo de política o de temas profanos, o tomando como fuente ideas que provienen de movimientos pseudo-religiosos.

  • No se puede admitir un "Credo" o Profesión de fe que no se encuentre en los libros litúrgicos debidamente aprobados.

  • Las ofrendas, además del pan y el vino, sí pueden comprender otros dones. Estos últimos se pondrán en un lugar oportuno, fuera de la mesa eucarística.

  • La paz se debe dar antes de distribuir la sagrada Comunión, y se recuerda que esta práctica no tiene un sentido de reconciliación ni de perdón de los pecados.

  • Se sugiere que el gesto de la paz sea sobrio y se dé a sólo a los más cercanos. El sacerdote puede dar la paz a los ministros, permaneciendo en el presbiterio, para no alterar la celebración y del mismo modo si, por una causa razonable, desea dar la paz a algunos fieles. El gesto de paz lo establece la Conferencia de Obispos, con el reconocimiento de la Sede Apostólica, "según la idiosincrasia y las costumbres de los pueblos".

  • La fracción del pan eucarístico la realiza solamente el sacerdote celebrante, ayudado, si es el caso, por el diácono o por un concelebrante, pero no por un laico. Ésta comienza después de dar la paz, mientras se dice el "Cordero de Dios".

  • Es preferible que las instrucciones o testimonios expuestos por un laico se hagan fuera de la celebración de la Misa. Su sentido no debe confundirse con la homilía, ni suprimirla.

Unión de varios ritos con la celebración de la misa

  • No se permite la unión de la celebración eucarística con otros ritos cuando lo que se añadiría tiene un carácter superficial y sin importancia.

  • No es lícito unir el Sacramento de la Penitencia con la Misa y hacer una única acción litúrgica. Sin embargo, los sacerdotes, independientemente de los que celebran la Misa, sí pueden escuchar confesiones, incluso mientras en el mismo lugar se celebra la Misa. Esto debe hacerse de manera adecuada.

  • La celebración de la Misa no puede ser intercalada como añadido a una cena común, ni unirse con cualquier tipo de banquete. No se debe celebrar la Misa, a no ser por grave necesidad, sobre una mesa de comedor, o en el comedor, o en el lugar que será utilizado para un convite, ni en cualquier sala donde haya alimentos. Los participantes en la Misa tampoco se sentarán en la mesa, durante la celebración.

  • No está permitido relacionar la celebración de la Misa con acontecimientos políticos o mundanos, o con otros elementos que no concuerden plenamente con el Magisterio.

  • No se debe celebrar la Misa por el simple deseo de ostentación o celebrarla según el estilo de otras ceremonias, especialmente profanas.

  • No se debe introducir ritos tomados de otras religiones en la celebración de la Misa.

En el capítulo 4, sobre la "Sagrada Comunión", se ofrecen disposiciones como:

  • Si se tiene conciencia de estar en pecado grave, no se debe celebrar ni comulgar sin acudir antes a la confesión sacramental, a no ser que concurra un motivo grave y no haya oportunidad de confesarse.

  • Debe vigilarse para que no se acerquen a la sagrada Comunión, por ignorancia, los no católicos o, incluso, los no cristianos.

  • La primera Comunión de los niños debe estar siempre precedida de la confesión y absolución sacramental. La primera Comunión siempre debe ser administrada por un sacerdote y nunca fuera de la celebración de la Misa.

  • El sacerdote no debe proseguir la Misa hasta que haya terminado la Comunión de los fieles.

  • Sólo donde la necesidad lo requiera, los ministros extraordinarios pueden ayudar al sacerdote celebrante.

  • Se puede comulgar de rodillas o de pie, según lo establezca la Conferencia de Obispos, con la confirmación de la Sede Apostólica.

  • Los fieles tienen siempre derecho a elegir si desean recibir la Comunión en la boca, pero si el que va a comulgar quiere recibir el Sacramento en la mano, se le debe dar la Comunión.

  • Si existe peligro de profanación, el sacerdote no debe distribuir a los fieles la Comunión en la mano.

  • Los fieles no deben tomar la hostia consagrada ni el cáliz sagrado por uno mismo, ni mucho menos pasarlos entre sí de mano en mano.

  • Los esposos, en la Misa nupcial, no deben administrarse de modo recíproco la sagrada Comunión.

  • No debe distribuirse a manera de Comunión, durante la Misa o antes de ella, hostias no consagradas, otros comestibles o no comestibles.

  • Para comulgar, el sacerdote celebrante o los concelebrantes no deben esperar que termine la comunión del pueblo.

  • Si un sacerdote o diácono entrega a los concelebrantes la hostia sagrada o el cáliz, no debe decir nada, es decir, no pronuncia las palabras "el Cuerpo de Cristo" o "la Sangre de Cristo".

  • Para administrar a los laicos Comunión bajo las dos especies, se deben tener en cuenta, convenientemente, las circunstancias, sobre las que deben juzgar en primer lugar los Obispos diocesanos.

  • Se debe excluir totalmente la administración de la Comunión bajo las dos especies cuando exista peligro, incluso pequeño, de profanación.

  • No debe administrarse la Comunión con el cáliz a los laicos donde: 1) sea tan grande el número de los que van a comulgar que resulte difícil calcular la cantidad de vino para la Eucaristía y exista el peligro de que sobre demasiada cantidad de Sangre de Cristo, que deba sumirse al final de la celebración»; 2) el acceso ordenado al cáliz sólo sea posible con dificultad; 3) sea necesaria tal cantidad de vino que sea difícil poder conocer su calidad y proveniencia; 4) cuando no esté disponible un número suficiente de ministros sagrados ni de ministros extraordinarios de la sagrada Comunión que tengan la formación adecuada; 5) donde una parte importante del pueblo no quiera participar del cáliz por diversos motivos.

  • No se permite que el comulgante moje por sí mismo la hostia en el cáliz, ni reciba en la mano la hostia mojada. La hostia que se debe mojar debe hacerse de materia válida y estar consagrada. Está absolutamente prohibido el uso de pan no consagrado o de otra materia.

En el capítulo 5, sobre "otros aspectos que se refieren a la Eucaristía", se aclara que:

  • La celebración eucarística se ha de hacer en lugar sagrado, a no ser que, en un caso particular, la necesidad exija otra cosa.

  • Nunca es lícito a un sacerdote celebrar la Eucaristía en un templo o lugar sagrado de cualquier religión no cristiana.

  • Siempre y en cualquier lugar es lícito a los sacerdotes celebrar el santo sacrificio en latín.

  • Es un abuso suspender de forma arbitraria la celebración de la santa Misa en favor del pueblo, bajo el pretexto de promover el "ayuno de la Eucaristía".

  • Se reprueba el uso de vasos comunes o de escaso valor, en lo que se refiere a la calidad, o carentes de todo valor artístico, o simples cestos, u otros vasos de cristal, arcilla, creta y otros materiales, que se rompen fácilmente.

  • La vestidura propia del sacerdote celebrante es la casulla revestida sobre el alba y la estola. El sacerdote que se reviste con la casulla debe ponerse la estola.

  • Se reprueba no llevar las vestiduras sagradas, o vestir solo la estola sobre la cogulla monástica, o el hábito común de los religiosos, o la vestidura ordinaria.

En el capítulo 6, el documento trata sobre "la reserva de la Santísima Eucaristía y su culto fuera de la Misa". Se recuerda que:

  • El Santísimo Sacramento debe reservarse en un sagrario, en la parte más noble, insigne y destacada de la iglesia, y en el lugar más apropiado para la oración.

  • Está prohibido reservar el Santísimo Sacramento en lugares que no están bajo la segura autoridad del Obispo o donde exista peligro de profanación.

  • Nadie puede llevarse la Sagrada Eucaristía a casa o a otro lugar.

  • No se excluye el rezo del rosario delante de la reserva eucarística o del santísimo Sacramento expuesto.

  • El Santísimo Sacramento nunca debe permanecer expuesto sin suficiente vigilancia, ni siquiera por un tiempo muy breve.

  • Es un derecho de los fieles visitar frecuentemente el Santísimo Sacramento.

  • Es conveniente no perder la tradición de realizar procesiones eucarísticas.

El capítulo 7 versa sobre "los ministerios extraordinarios de los fieles laicos". Allí el documento especifica que:

  • Las tareas pastorales de los laicos no deben asimilarse demasiado a la forma del ministerio pastoral de los clérigos. Los asistentes pastorales no deben asumir lo que propiamente pertenece al servicio de los ministros sagrados.

  • Solo por verdadera necesidad se puede recurrir al auxilio de ministros extraordinarios en la celebración de la Liturgia.

  • Nunca es lícito a los laicos asumir las funciones o las vestiduras del diácono o del sacerdote, u otras vestiduras similares. 

  • Si habitualmente hay un número suficiente de ministros sagrados, no se pueden designar ministros extraordinarios de la sagrada Comunión. En tales circunstancias, los que han sido designados para este ministerio, no deben ejercerlo.

  • Se reprueba la costumbre sacerdotes que, a pesar de estar presentes en la celebración, se abstienen de distribuir la comunión, encomendando esta tarea a laicos.

  • Al ministro extraordinario de la sagrada Comunión nunca le está permitido delegar en ningún otro para administrar la Eucaristía.

  • Los laicos tienen derecho a que ningún sacerdote, a no ser que exista verdadera imposibilidad, rechace nunca celebrar la Misa en favor del pueblo, o que ésta sea celebrada por otro sacerdote, si de diverso modo no se puede cumplir el precepto de participar en la Misa, el domingo y los otros días establecidos.

  • Cuando falta el ministro sagrado, el pueblo cristiano tiene derecho a que el Obispo, en lo posible, procure que se realice alguna celebración dominical para esa comunidad.

  • Es necesario evitar cualquier confusión entre este tipo de reuniones y la celebración eucarística.

  • El clérigo que ha sido apartado del estado clerical está prohibido de ejercer la potestad de orden. No le está permitido celebrar los sacramentos. Los fieles no pueden recurrir a él para la celebración.

El capítulo 8 está dedicados a los Remedios:

  • Cualquier católico tiene derecho a exponer una queja por un abuso litúrgico, ante el Obispo diocesano o el Ordinario competente que se le equipara en derecho, o ante la Sede Apostólica, en virtud del primado del Romano Pontífice.

El ayuno, don total de uno mismo a Dios



Fuente: Catholic.net
Autor: SS Benedicto XVI


¡Queridos hermanos y hermanas!


Al comenzar la Cuaresma, un tiempo que constituye un camino de preparación espiritual más intenso, la Liturgia nos vuelve a proponer tres prácticas penitenciales a las que la tradición bíblica cristiana confiere un gran valor: la oración, el ayuno y la limosna, para disponernos a celebrar mejor la Pascua y, de este modo, hacer experiencia del poder de Dios que, como escucharemos en la Vigilia pascual, "ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos" (Pregón pascual).

En mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, este año deseo detenerme a reflexionar especialmente sobre el valor y el sentido del ayuno. En efecto, la Cuaresma nos recuerda los cuarenta días de ayuno que el Señor vivió en el desierto antes de emprender su misión pública. Leemos en el Evangelio: "Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre" (Mt 4,1-2). Al igual que Moisés antes de recibir las Tablas de la Ley (cfr. Ex 34, 8), o que Elías antes de encontrar al Señor en el monte Horeb (cfr. 1R 19,8), Jesús orando y ayunando se preparó a su misión, cuyo inicio fue un duro enfrentamiento con el tentador.

Podemos preguntarnos qué valor y qué sentido tiene para nosotros, los cristianos, privarnos de algo que en sí mismo sería bueno y útil para nuestro sustento. Las Sagradas Escrituras y toda la tradición cristiana enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a él. Por esto, en la historia de la salvación encontramos en más de una ocasión la invitación a ayunar. Ya en las primeras páginas de la Sagrada Escritura el Señor impone al hombre que se abstenga de consumir el fruto prohibido: "De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio" (Gn 2, 16-17). Comentando la orden divina, San Basilio observa que "el ayuno ya existía en el paraíso", y "la primera orden en este sentido fue dada a Adán". Por lo tanto, concluye: "El 'no debes comer' es, pues, la ley del ayuno y de la abstinencia" (cfr. Sermo de jejunio: PG 31, 163, 98). Puesto que el pecado y sus consecuencias nos oprimen a todos, el ayuno se nos ofrece como un medio para recuperar la amistad con el Señor. Es lo que hizo Esdras antes de su viaje de vuelta desde el exilio a la Tierra Prometida, invitando al pueblo reunido a ayunar "para humillarnos ! dijo ! delante de nuestro Dios" (8,21). El Todopoderoso escuchó su oración y aseguró su favor y su protección. Lo mismo hicieron los habitantes de Nínive que, sensibles al llamamiento de Jonás a que se arrepintieran, proclamaron, como testimonio de su sinceridad, un ayuno diciendo: "A ver si Dios se arrepiente y se compadece, se aplaca el ardor de su ira y no perecemos" (3,9). También en esa ocasión Dios vio sus obras y les perdonó.

En el Nuevo Testamento, Jesús indica la razón profunda del ayuno, estigmatizando la actitud de los fariseos, que observaban escrupulosamente las prescripciones que imponía la ley, pero su corazón estaba lejos de Dios. El verdadero ayuno, repite en otra ocasión el divino Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que "ve en lo secreto y te recompensará" (Mt 6,18). Él mismo nos da ejemplo al responder a Satanás, al término de los 40 días pasados en el desierto, que "no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4,4). El verdadero ayuno, por consiguiente, tiene como finalidad comer el "alimento verdadero", que es hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34). Si, por lo tanto, Adán desobedeció la orden del Señor de "no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal", con el ayuno el creyente desea someterse humildemente a Dios, confiando en su bondad y misericordia.

La práctica del ayuno está muy presente en la primera comunidad cristiana (cfr. Hch 13,3; 14,22; 27,21; 2Co 6,5). También los Padres de la Iglesia hablan de la fuerza del ayuno, capaz de frenar el pecado, reprimir los deseos del "viejo Adán" y abrir en el corazón del creyente el camino hacia Dios. El ayuno es, además, una práctica recurrente y recomendada por los santos de todas las épocas. Escribe San Pedro Crisólogo: "El ayuno es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le súplica" (Sermo 43: PL 52, 320, 332).

En nuestros días, parece que la práctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido más bien, en una cultura marcada por la búsqueda del bienestar material, el valor de una medida terapéutica para el cuidado del propio cuerpo. Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una "terapia" para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios. En la Constitución apostólica Pænitemini de 1966, el Siervo de Dios Pablo VI identificaba la necesidad de colocar el ayuno en el contexto de la llamada a todo cristiano a no "vivir para sí mismo, sino para aquél que lo amó y se entregó por él y a vivir también para los hermanos" (cfr. Cap. I). La Cuaresma podría ser una buena ocasión para retomar las normas contenidas en la citada Constitución apostólica, valorizando el significado auténtico y perenne de esta antigua práctica penitencial, que puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento de la nueva ley y compendio de todo el Evangelio (cfr. Mt 22,34-40).

La práctica fiel del ayuno contribuye, además, a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola a evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Señor. San Agustín, que conocía bien sus propias inclinaciones negativas y las definía "retorcidísima y enredadísima complicación de nudos" (Confesiones, II, 10.18), en su tratado La utilidad del ayuno, escribía: "Yo sufro, es verdad, para que Él me perdone; yo me castigo para que Él me socorra, para que yo sea agradable a sus ojos, para gustar su dulzura" (Sermo 400, 3, 3: PL 40, 708). Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios.

Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos. En su Primera carta San Juan nos pone en guardia: "Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?" (3,17). Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se inclina y socorre al hermano que sufre (cfr. encíclica Deus caritas est, 15). Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño. Precisamente para mantener viva esta actitud de acogida y atención hacia los hermanos, animo a las parroquias y demás comunidades a intensificar durante la Cuaresma la práctica del ayuno personal y comunitario, cuidando asimismo la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la limosna. Este fue, desde el principio, el estilo de la comunidad cristiana, en la que se hacían colectas especiales (cfr. 2Co 8-9; Rm 15, 25-27), y se invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias al ayuno, se había recogido (cfr. Didascalia Ap., V, 20,18). También hoy hay que redescubrir esta práctica y promoverla, especialmente durante el tiempo litúrgico cuaresmal.

Lo que he dicho muestra con gran claridad que el ayuno representa una práctica ascética importante, un arma espiritual para luchar contra cualquier posible apego desordenado a nosotros mismos. Privarnos por voluntad propia del placer del alimento y de otros bienes materiales, ayuda al discípulo de Cristo a controlar los apetitos de la naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos efectos negativos afectan a toda la personalidad humana. Oportunamente, un antiguo himno litúrgico cuaresmal exhorta: "Utamur ergo parcius, / verbis, cibis et potibus, / somno, iocis et arctius / perstemus in custodia - Usemos de manera más sobria las palabras, los alimentos y bebidas, el sueño y los juegos, y permanezcamos vigilantes, con mayor atención".

Queridos hermanos y hermanas, bien mirado el ayuno tiene como último fin ayudarnos a cada uno de nosotros, como escribía el Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II, a hacer don total de uno mismo a Dios (cfr. encíclica Veritatis Splendor, 21). Por lo tanto, que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical. Con esta disposición interior entremos en el clima penitencial de la Cuaresma.

Que nos acompañe la Beata Virgen María, Causa nostræ laetitiæ, y nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en "tabernáculo viviente de Dios". Con este deseo, asegurando mis oraciones para que cada creyente y cada comunidad eclesial recorra un provechoso itinerario cuaresmal, os imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.

Mensaje de Benedicto XVI para la Cuaresma 2009

jueves, febrero 19, 2009

Sigamos la senda de la verdad.

 

   Revistámonos de concordia, manteniéndonos en la humildad y en la continencia, apartándonos de toda murmuración y de toda crítica y manifestando nuestra justicia más por medio de nuestras obras que con nuestras palabras. Porque está escrito: ¿Va a quedar sin respuesta tal palabrería?, ¿va a tener razón el charlatán?

   Es necesario, por tanto, que estemos siempre dispuestos a obrar el bien, pues todo cuanto poseemos nos lo ha dado Dios. Él, en efecto, ya nos ha prevenido, diciendo: Mirad, el Señor Dios llega, y viene con él su salario para pagar a cada uno su propio trabajo. De esta forma, pues, nos exhorta a nosotros, que creemos en él con todo nuestro corazón, a que, sin pereza ni desidia, nos entreguemos al ejercicio de las buenas obras.

   ¡Qué grandes y maravillosos son, amados hermanos, lo dones de Dios! La vida en la inmortalidad, el esplendor en la justicia, la verdad en la libertad, la fe en la confianza la templanza en la santidad; y todos estos dones son lo que están, ya desde ahora, al alcance de nuestro conocimiento. ¿Y cuáles serán, pues, los bienes que están preparados para los que lo aman? Solamente los conoce el Artífice supremo, el Padre de los siglos; sólo él sabe su número y su belleza.

   Nosotros, pues, si deseamos alcanzar estos dones, procuremos, con todo ahínco, ser contados entre aquellos que esperan su llegada. ¿Y cómo podremos lograrlo, amados hermanos? Uniendo a Dios nuestra alma con toda nuestra fe, buscando siempre con diligencia lo que es grato y acepto a sus ojos, realizando lo que está de acuerdo con su santa voluntad, siguiendo la senda de la verdad y rechazando de nuestra vida toda injusticia.

Sermón 340, 1

San Clemente I

Mártir Mártir 97 AD 

viernes, febrero 13, 2009

El Papa Benedicto XVI nombra nuevo Arzobispo para Colombia

 

VATICANO, 13 Feb. 09 (ACI).-El Papa Benedicto XVI nombró a Mons. Ismael Rueda Sierra, quien hasta ahora se desempeñaba como Obispo de Socorro y San Gil, como nuevo Arzobispo de Bucaramanga, en Colombia. Sucede así a Mons. Víctor Manuel López Forero, quien presentó su renuncia al gobierno pastoral de la Arquidiócesis por límite de edad.

Mons. Ismael Rueda Sierra nació en Suaita, en la Diócesis de Soccorro y San Gil, el 11 de mayo de 1950. Estudió filosofía en el Seminario de San Gil y teología en la Universidad San Buenaventura en Bogotá.

Fue ordenado sacerdote el 22 de agosto de 1981 para la Diócesis de Sonsón-Rionegro. En 1988 se incardinó en la Diócesis de Girardot como miembro de la Asociación Misioneros de la Juventud.

Ha sido Director de la Sección para la Juventud del CELAM, profesor de la Pontificia Universidad Javeriana en Bogotá, Director del la Sección para las Universidades y de la Sección para la Evangelización de la Cultura del Secretariado de la Conferencia Episcopal de Colombia; y durante tres años, Rector del Seminario Mayor de Girardot.

El 20 de diciembre de 2000 fue designado Obispo Auxiliar de Cartagena. Recibió la ordenación episcopal el 17 de febrero de 2001. Fue designado dos años después Obispo de Socorro y San Gil, el 27 de junio de 2003.

martes, febrero 10, 2009

Seamos Iglesia más que nunca

Cuando Dios nos llama a la fidelidad

Muchas noticias sobre la Iglesia recorren los medios, y es en estos momentos en que debemos recordar sus orígenes, sus cimientos, su verdadera naturaleza. Más allá de los sinsabores humanos que debemos enfrentar los que somos como bautizados parte de ella, nunca debemos olvidar en qué consiste en realidad nuestra pertenencia. Quizás por eso fue Pedro el elegido como la Piedra, el primer Pontífice, por el mismo Jesús. Pedro, el que lo negó tres veces. Pedro, el que murió por Jesús como mártir. Pedro, hombre, y santo. Dos mil años después, la Iglesia tiene en nosotros la misma debilidad de Pedro. Y como entonces, tiene en su verdadera esencia un sentido espiritual que trasciende al hombre, trasciende nuestra comprensión. En este escrito intentamos resumir lo que ser miembro de la Iglesia representa, digan lo que digan quienes no comprenden.

Iglesia Gloriosa, viva, triunfante

El mismo Jesús nos legó la Iglesia: el Señor se colocó como Cabeza de Ella y la dotó de absolutamente todo lo necesario para que tenga vida eterna, como los Sacramentos o las Sagradas Escrituras, la Palabra de Dios, todo.

El también nos dejó a Sus apóstoles para que la conduzcan terrenalmente, para que la cuiden como se cuida a una Esposa amada. Y la iglesia creció, se desplazó a lo largo de los siglos atravesando por el centro la historia del hombre, con sus dones espirituales otorgados por el Mismo Dios, y también con todos los aspectos humanos que provinieron de nuestra intervención en su crecimiento. Se fue desarrollando paso a paso, etapa por etapa, todo tuvo su momento. Momentos de gloria, momentos de sufrimiento, momentos de heroísmo, momentos de confusión aportada por el hombre, que culminaron varias veces en los cismas que la llenaron de llagas. Pero Ella siguió y sigue adelante, a través de todas las dificultades, por el sencillo motivo de que Dios mismo la custodia, la preserva. Las fuerzas del mal no prevalecerán sobre Ella, como lo dicen las Escrituras.

Sin embargo, en la actualidad mucha gente comete el error de ver a nuestra iglesia con un cristal estrictamente racionalista, humano, desprovisto de una mirada espiritual, que trascienda los aspectos visibles a los sentidos y a la razón del hombre. El hombre, tristemente, encuentra así dificultades en percibir la permanente y sensible acción de Dios sobre Su Iglesia.

¿Pero, es visible la acción de Dios en Su Santa Iglesia, o es invisible?

¡Es visible, vaya que si es visible! Pensemos, por un instante: ¿cuales son los nombres de muchas de las iglesias que pueblan nuestras ciudades? En innumerables casos son advocaciones Marianas: Guadalupe, Fátima, Lourdes, La Salette, y tantas otras. ¿Y de donde provienen esos nombres? De manifestaciones de la Madre de Dios a los hombres, en distintos lugares, a lo largo de los siglos. Y si ingresamos a nuestras iglesias, ¿qué vemos? Imágenes, de santos. San Antonio, San Francisco, Santa Bernardita, Santa Rita y muchos más. ¿Acaso no están las vidas de muchos de estos santos plenas de manifestaciones celestiales, de dones otorgados por el mismo Dios? Los santos son un regalo que Dios nos hace, testimonio vivo de Su Presencia, y también testimonio vivo de la acción sensible de Dios en nuestro mundo, de lo que muchos llaman milagros.

¿Y nuestras oraciones? Empecemos por el Santo Rosario. ¿De donde proviene? De una revelación que la Virgen le hace a Santo Domingo Guzmán, con el agregado de las innumerables apariciones donde María nos invita a rezar el Rosario en forma cotidiana. ¿Y la devoción a la Divina Misericordia, al Jesús Misericordioso? Todo esto se lo reveló Jesús a Santa Faustina Kowalska, en el siglo XX en Polonia. ¿Y nuestro amor por el Sagrado Corazón de Jesús? Revelado por el Señor a Santa Margarita María de Alacoque hace varios siglos en Francia. ¿Y el Inmaculado Corazón de María? La Virgen develó este misterio a los tres pastorcitos en Fátima, Portugal, en 1917.

A veces Dios confirmó a los hombres los Dogmas que la iglesia proclamaba, como cuando María se presentó como la Inmaculada Concepción a Santa Bernardita pocos años después de proclamado el Dogma, en Lourdes, Francia, en el siglo XIX. La inspiración de Dios también ayudó a los pastores de la iglesia, como cuando Su Santidad León XIII compuso la conocida oración a San Miguel Arcángel. Este santo Papa tuvo una visión profética sobre los peligros que amenazarían a la religión Católica en el futuro, y conmocionado compuso de inmediato esta oración como exorcismo para la protección de la Iglesia.

De este modo podemos ver que Dios nunca dejó sola a Su Santa Iglesia. Ella está Viva, por Sus venas corre la Sangre del mismo Cristo, ya que Ella es el Cuerpo Místico del Señor. También es Su Santa Esposa, con la que el Cordero de Dios se desposará llegado el momento, como lo anuncian las Escrituras. ¿Cómo iba el Señor a dejar sola a Su Esposa, la Iglesia, frente a tantas tribulaciones que le plantea el mundo?

Sepamos ver la Gloria de Dios derramada sobre nuestra amada Iglesia, en forma permanente a lo largo de los siglos. ¿Cómo no verla en la actualidad, derramada en forma de un intenso Pentecostés, con la Gracia del Espíritu Santo abierta sobre quienes lo invitan y reciben con alegría? ¿Cómo no verla en las múltiples manifestaciones celestiales que nos han colmado de Amor Divino en las décadas recientes? ¿Cómo no verla en la creciente cantidad de santos que son proclamados y elevados a los altares? El Señor cuida a Su Esposa, la viste de gala, la adorna con Sus regalos y, por sobre todas las cosas, la protege y fortalece para que pueda enfrentar los tiempos que vienen, y culminar, una vez más, con una gran victoria

lunes, febrero 09, 2009

Capsulitas para crecer como matrimonio

por Pbro. Jose Luis Veledo, Carlos y Paty Gómez

Amar implica acompañar
a la persona amada.


♦ Otra de las claves para crecer como matrimonio es esforzarse en
crear hábitos de vida compartida.

♦ Amar implica acompañar a la persona a la persona amada.
Quienes se aman tienden a convivir de forma continuada; aspiran
a una vida en común.

♦ El amante acompaña habitualmente al amado porque goza con su
presencia: de ahí brota la voluntad de no separarse.

♦ Sin la presencia del amado el amante no disfruta de los momentos
agradables de la vida.

♦ Así decía un esposo a su esposa, después de realizar un viaje al
que ella no pudo acompañarle: "Me pareció una ciudad
maravillosa, pero no pude saborearla; la próxima vez tienes que
acompañarme".

♦ Un factor clave de la felicidad conyugal es mantener la ilusión por
la mutua compañía.

♦ Así escribió el poeta Juan Ramón Jiménez:

"¡Ay, mañana sin ti!
¿Para qué quiero yo la primavera
si tú no estás aquí?
(…)
¿Llorar, sólo llorar…?
Si ella no viene, abril, si ella no viene,
no vengas más".


ESFORZARSE EN CREAR HÁBITOS DE VIDA COMPARTIDA

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