martes, febrero 10, 2009

Seamos Iglesia más que nunca

Cuando Dios nos llama a la fidelidad

Muchas noticias sobre la Iglesia recorren los medios, y es en estos momentos en que debemos recordar sus orígenes, sus cimientos, su verdadera naturaleza. Más allá de los sinsabores humanos que debemos enfrentar los que somos como bautizados parte de ella, nunca debemos olvidar en qué consiste en realidad nuestra pertenencia. Quizás por eso fue Pedro el elegido como la Piedra, el primer Pontífice, por el mismo Jesús. Pedro, el que lo negó tres veces. Pedro, el que murió por Jesús como mártir. Pedro, hombre, y santo. Dos mil años después, la Iglesia tiene en nosotros la misma debilidad de Pedro. Y como entonces, tiene en su verdadera esencia un sentido espiritual que trasciende al hombre, trasciende nuestra comprensión. En este escrito intentamos resumir lo que ser miembro de la Iglesia representa, digan lo que digan quienes no comprenden.

Iglesia Gloriosa, viva, triunfante

El mismo Jesús nos legó la Iglesia: el Señor se colocó como Cabeza de Ella y la dotó de absolutamente todo lo necesario para que tenga vida eterna, como los Sacramentos o las Sagradas Escrituras, la Palabra de Dios, todo.

El también nos dejó a Sus apóstoles para que la conduzcan terrenalmente, para que la cuiden como se cuida a una Esposa amada. Y la iglesia creció, se desplazó a lo largo de los siglos atravesando por el centro la historia del hombre, con sus dones espirituales otorgados por el Mismo Dios, y también con todos los aspectos humanos que provinieron de nuestra intervención en su crecimiento. Se fue desarrollando paso a paso, etapa por etapa, todo tuvo su momento. Momentos de gloria, momentos de sufrimiento, momentos de heroísmo, momentos de confusión aportada por el hombre, que culminaron varias veces en los cismas que la llenaron de llagas. Pero Ella siguió y sigue adelante, a través de todas las dificultades, por el sencillo motivo de que Dios mismo la custodia, la preserva. Las fuerzas del mal no prevalecerán sobre Ella, como lo dicen las Escrituras.

Sin embargo, en la actualidad mucha gente comete el error de ver a nuestra iglesia con un cristal estrictamente racionalista, humano, desprovisto de una mirada espiritual, que trascienda los aspectos visibles a los sentidos y a la razón del hombre. El hombre, tristemente, encuentra así dificultades en percibir la permanente y sensible acción de Dios sobre Su Iglesia.

¿Pero, es visible la acción de Dios en Su Santa Iglesia, o es invisible?

¡Es visible, vaya que si es visible! Pensemos, por un instante: ¿cuales son los nombres de muchas de las iglesias que pueblan nuestras ciudades? En innumerables casos son advocaciones Marianas: Guadalupe, Fátima, Lourdes, La Salette, y tantas otras. ¿Y de donde provienen esos nombres? De manifestaciones de la Madre de Dios a los hombres, en distintos lugares, a lo largo de los siglos. Y si ingresamos a nuestras iglesias, ¿qué vemos? Imágenes, de santos. San Antonio, San Francisco, Santa Bernardita, Santa Rita y muchos más. ¿Acaso no están las vidas de muchos de estos santos plenas de manifestaciones celestiales, de dones otorgados por el mismo Dios? Los santos son un regalo que Dios nos hace, testimonio vivo de Su Presencia, y también testimonio vivo de la acción sensible de Dios en nuestro mundo, de lo que muchos llaman milagros.

¿Y nuestras oraciones? Empecemos por el Santo Rosario. ¿De donde proviene? De una revelación que la Virgen le hace a Santo Domingo Guzmán, con el agregado de las innumerables apariciones donde María nos invita a rezar el Rosario en forma cotidiana. ¿Y la devoción a la Divina Misericordia, al Jesús Misericordioso? Todo esto se lo reveló Jesús a Santa Faustina Kowalska, en el siglo XX en Polonia. ¿Y nuestro amor por el Sagrado Corazón de Jesús? Revelado por el Señor a Santa Margarita María de Alacoque hace varios siglos en Francia. ¿Y el Inmaculado Corazón de María? La Virgen develó este misterio a los tres pastorcitos en Fátima, Portugal, en 1917.

A veces Dios confirmó a los hombres los Dogmas que la iglesia proclamaba, como cuando María se presentó como la Inmaculada Concepción a Santa Bernardita pocos años después de proclamado el Dogma, en Lourdes, Francia, en el siglo XIX. La inspiración de Dios también ayudó a los pastores de la iglesia, como cuando Su Santidad León XIII compuso la conocida oración a San Miguel Arcángel. Este santo Papa tuvo una visión profética sobre los peligros que amenazarían a la religión Católica en el futuro, y conmocionado compuso de inmediato esta oración como exorcismo para la protección de la Iglesia.

De este modo podemos ver que Dios nunca dejó sola a Su Santa Iglesia. Ella está Viva, por Sus venas corre la Sangre del mismo Cristo, ya que Ella es el Cuerpo Místico del Señor. También es Su Santa Esposa, con la que el Cordero de Dios se desposará llegado el momento, como lo anuncian las Escrituras. ¿Cómo iba el Señor a dejar sola a Su Esposa, la Iglesia, frente a tantas tribulaciones que le plantea el mundo?

Sepamos ver la Gloria de Dios derramada sobre nuestra amada Iglesia, en forma permanente a lo largo de los siglos. ¿Cómo no verla en la actualidad, derramada en forma de un intenso Pentecostés, con la Gracia del Espíritu Santo abierta sobre quienes lo invitan y reciben con alegría? ¿Cómo no verla en las múltiples manifestaciones celestiales que nos han colmado de Amor Divino en las décadas recientes? ¿Cómo no verla en la creciente cantidad de santos que son proclamados y elevados a los altares? El Señor cuida a Su Esposa, la viste de gala, la adorna con Sus regalos y, por sobre todas las cosas, la protege y fortalece para que pueda enfrentar los tiempos que vienen, y culminar, una vez más, con una gran victoria

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