jueves, mayo 27, 2010

La Santísima Trinidad

 


¿Qué es el misterio de la Santísima Trinidad?

Así respondió el Padre Pío de Pietrelcina a esta pregunta:

"El padre, con sencillas palabras, comenzó a disipar las dudas: "Hija, ¿quién puede comprender y explicar los misterios de Dios? Se llaman misterios precisamente porque no pueden ser comprendidos por nuestra pequeña inteligencia. Podemos formarnos alguna idea con ejemplos. ¿Has visto alguna  vez preparar la masa para hacer el pan? ¿qué hace el panadero? Toma la harina, la levadura y el agua. Son tres elementos distintos: la harina no es la levadura ni el agua; la levadura no es la harina ni el agua y el agua no es la harina ni la levadura. Se mezclan los tres elementos y se forma una sola sustancia. Por lo tanto, tres elementos distintos forman unidos una sola sustancia. Con esta masa se hacen tres panes que tienen la misma sustancia pero distintos en la forma el uno del otro. Eso es, tres panes distintos el uno del otro pero una única sustancia.

Así se dice de Dios: Él es uno en la naturaleza, Trino en las personas iguales y distintas la una de la otra. El Padre no es el Hijo ni el Espíritu Santo; el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Son tres personas
iguales pero distintas. Sin embargo, son un solo Dios porque única e idéntica es la naturaleza de Dios".

Oración a la Santísima Trinidad

Te adoro, Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas y un sólo Dios. Me postro en el abismo de mi nada ante Tu divina majestad.

Creo firmemente y estoy dispuesto a dar la vida en testimonio de todo lo que nos ha revelado en la Sagrada Escritura y de los misterios que por medio de tu Iglesia nos has manifestado.

En Ti deposito mi confianza; y de tu mano, Dios mío, vida única, esperanza mía, deseo, espero y quiero recibir todos los bienes, espirituales o corporales, que pueda alcanzar en esta vida o en la otra. Desde hoy y para siempre te consagro mi cuerpo y mi alma, todas mis potencias, la memoria, el entendimiento, la voluntad y todos mis sentidos.

Te prometo no consentir jamás, en cuanto esté de mi parte, en que se infiera la más mínima ofensa a tu divina majestad.

Propongo firmemente dedicar toda mi existencia, mis facultades y energías, a tu servicio y gloria.

Estoy dispuesto a sobrellevar ludas las adversidades que tu mano paternal quiera imponerme para dar gusto a tu corazón.

Quisiera esforzarme con todo mi ser, para que todos sirvan, glorifiquen y amen a Dios su Creador.

Me gozo intensamente de tu eterna felicidad, y me siento jubiloso por tu gran gloria en el cielo y en la tierra.

Te doy infinitas gracias por los innumerables beneficios concedidos, a mi y al mundo entero, y por los que continuamente, día tras día, concede tu benigna providencia.

Amo tu infinita bondad por sí misma con todo el afecto de mi corazón y de mi alma: y desearía, si me fuera posible, amarte como te aman los ángeles y los justos, con cuyo amor uno el mío.

A Tu divina majestad, en unión de los méritos de la pasión, vida y muerte de Cristo, de la bienaventurada siempre Virgen y de todos los santos, ofrezco desde ahora para siempre todas mis obras, purificadas por la preciosísima sangre de nuestro Redentor Jesús.

Quiero participar, en lo posible, de las indulgencias obtenidas por medio de las oraciones y obras, y deseo aplicarlas como sufragio por las almas del purgatorio.

Quiero también ofrecer, en la medida de mis fuerzas satisfacción y penitencia por todos mis pecados.

Dios mío, siendo tú infinitamente digno de todo amor y servicio, por ser quien eres: me arrepiento de todo corazón de mis pecados, y los detesto más que todos los males, puesto que tanto te desagradan a ti. Dios mío, a quien amo sobre todas las cosas: te pido humildemente perdón, y hago firme propósito de nunca ofender a tu divina bondad.

Trisagio a la Santísima Trinidad

Ofrecimiento: Os rogamos, Señor, por la Santa Iglesia y Prelados de ella, por la exaltación de la fe católica, extirpación de las herejías, paz y concordia entre las naciones, conversión de todos los infieles, herejes y pecadores; por los agonizantes y por los caminantes; por las benditas almas del purgatorio y demás piadosos fines de nuestra Santa Madre la Iglesia. Amén.

V. Señor abre mis labios.

R. Y mi boca proclamará tu alabanza.

V. Dios mío, ven en mi auxilio.

R. Señor, date prisa en socorrerme.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Dios, Uno en Esencia y Trino en personas: aquí tienes una de tus humildes criaturas que reconoce en sí la venerable imagen de Tu Trinidad Santa. Confieso que no he cumplido con las obligaciones a que me empeña el honor de esta divina semejanza. He pecado, Dios mío; pero nunca negué, sino he creído constantemente en el Padre, en el Hijo, y en el Espíritu Santo: que el Padre no tiene principio alguno; que el Hijo es producido por el Padre, a quien es consustancial, y que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo; de cuyo amor recíproco es término también consustancial a ambos. Que el Padre no es primero que el Hijo, ni los dos primeros que el Espíritu Santo. Adoro al Padre como Dios, al Hijo como Dios y al Espíritu Santo como Dios; y con todo, en los tres sólo creo y adoro un solo Dios. Yo no entiendo, Señor, este misterio; pero cautivo mi entendimiento en obsequio de la fe, para mayor gloria tuya y mérito mío. Ofrezco estos profundos sentimientos de religión, de reverencia y amor, como unos votos gratos a tu santidad, para que por ellos perdones tantas ofensas cometidas por mí, contra tu Majestad increada. A ti suspira la trinidad miserable de mis potencias: mi memoria enferma de fragilidad, mi entendimiento lleno de ignorancia, mi voluntad contagiada de inclinación al mal. Sánala, santifícala y concédeme tu gracia para que jamás falte a los propósitos que te has dignado inspirarme.

Yo prometo de todo corazón, dedicarme desde hoy en adelante, a vivir cristianamente, ayudado de tu santa gracia y a invocar el Misterio de tu Augusta Trinidad en quien espero encontrar misericordia, piedad y ayuda para siempre. Amén.

V. Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal.

R. Ten misericordia de nosotros.

Con los Serafines


Se reza un Padrenuestro y un Gloria al Padre y en seguida se dice la siguiente invocación nueve veces:

V. Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos.

R. Llenos están los cielos y la tierra de tu gloria.

Luego se añade:

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

V. Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal.

R. Ten misericordia de nosotros.



Con los Querubines

Se reza, un Padrenuestro y un Gloria al Padre y en seguida se dice la siguiente invocación nueve veces:

V. Santo, Santo, Santo. Señor Dios de los ejércitos.

R. Llenos están los cielos y la tierra de tu gloria.

Luego se añade:

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

V. Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal.

R. Ten misericordia de nosotros.



Con los Tronos:

Se reza un Padrenuestro y un Gloria al Padre y en seguida se dice la siguiente invocación nueve veces:

V. Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos.

R. Llenos están los cielos y la tierra de tu gloria.

Luego se añade:

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

V. Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal

R. Ten misericordia de nosotros.



Oración a Dios Padre

Omnipotente y Sempiterno Dios Padre, que con tu Unigénito Hijo y con el Espíritu Santo eres un solo Dios, Uno en la Esencia y Trino en las personas. Yo te adoro, venero y bendigo con las tres angélicas Jerarquías; y con los tres Coros de la primera: amantes Serafines, sabios Querubines y excelsos Tronos, te aclamo Santo, Santo, Santo, poderoso y eterno Padre del Verbo Divino, principio del Espíritu Santo, Señor de los cielos y tierra, a quien sea gloria por los siglos de los siglos. Amén.



Con las Dominaciones

Se reza un Padrenuestro y un Gloria al Padre y en seguida se dice la siguiente invocación nueve veces:

V. Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos.

R. Llenos están los cielos y la tierra de tu gloria.

Luego se añade:

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

V. Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal.

R. Ten misericordia de nosotros.



Con las Virtudes

Se reza un Padrenuestro y un Gloria al Padre y en seguida se dice la siguiente invocación nueve veces:

V. Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos.

R. Llenos están los cielos y la tierra de tu gloria.


Luego se añade:

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

V. Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal.

R. Ten misericordia de nosotros.


Con las Potestades

Se reza un Padrenuestro y un Gloria al Padre y en seguida se dice la siguiente invocación nueve veces:

V. Santo, Santo, Santo, Señor de los ejércitos.

R. Llenos están los cielos y la tierra de tu gloria.


Luego se añade:

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

V. Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal.

R. Ten misericordia de nosotros.


Oración a Dios Hijo

Sabio y soberano Dios Hijo hecho Hombre por nosotros, que con tu Eterno Padre y Divino Espíritu eres un solo Dios, Uno en Esencia y Trino en las personas. Yo te venero, bendigo y adoro con las tres Jerarquías de los Ángeles; y con los Coros de la segunda: Dominaciones, Virtudes y Potestades, te aclamo Santo, Santo. Santo, omnipotente, Verbo Divino y Unigénito Hijo de Dios, principio del Espíritu Santo, Señor de los cielos y tierra, a quien sea gloria por los siglos de los siglos. Amén.


Con los Principados

Se reza un Padrenuestro y un Gloria al Padre y en seguida se dice la siguiente invocación nueve veces:

V. Santo, Santo, Santo, Señor de los ejércitos.

R. Llenos están los cielos y la tierra de tu gloria.


Luego se añade:

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

V. Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal.

R. Ten misericordia de nosotros.


Con los Arcángeles

Se reza un Padrenuestro y un Gloria al Padre y en seguida se dice la siguiente invocación nueve veces:

V. Santo, Santo, Santo, Señor de los ejércitos.

R. Llenos están los cielos y la tierra de tu gloria.


Luego se añade:

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

V. Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal.

R. Ten misericordia de nosotros.

Con los Ángeles

Se reza un Padrenuestro y un Gloria al Padre y en seguida se dice la siguiente invocación nueve veces:

V. Santo, Santo, Santo, Señor de los ejércitos.

R. Llenos están los cielos y la tierra de tu gloria.


Luego se añade:

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

V. Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal.

R. Ten misericordia de nosotros.

Oración a Dios Espíritu Santo

Amante Dios, Espíritu Santo, Amor Divino, que con el Eterno Padre y su Unigénito Hijo eres un solo Dios, Uno en la Esencia y Trino en las personas. Yo te bendigo, adoro y venero con las Jerarquías angélicas; y con los tres Coros de la tercera: Principados, Arcángeles y Ángeles, te aclamo Santo, Santo, Santo, Divino Amor y suavísima unión del Eterno Padre y del Hijo, procediendo en amor de uno y otro, Señor de los cielos y tierra, a quien sea gloria por los siglos de los siglos. Amén.


Antífona

Tres son los que dan testimonio en el cielo, el Padre, el Verbo y e1 Espíritu Santo, y estos tres son una misma cosa.

V. Bendigamos al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo.

R. Alabémosle y ensalcémosle por todos los siglos.


Oración

Altísimo e incomprensible Dios, que dentro del Santuario de tu divina naturaleza, donde nadie entra, tienes encerrado el Misterio de tu Trinidad Santa, a quien no se puede correr el velo para verla de lleno, sino que todas las creaturas debemos adorarla profundamente desde fuera: dígnate recibir nuestros humildes votos, deprecaciones y alabanzas, que presentamos reverentemente al pie del trono de tu inefable Majestad, por los merecimientos de nuestro Señor Jesucristo, que contigo vive y reina en unidad del Espíritu Santo y es Dios por todos los siglos de los siglos. Amén.


Gozos

A Dios Trino y Uno

¡Oh Señor Dios! En dulce canto

Te alaban los Querubines

Y Ángeles y Serafines

Dicen Santo, Santo, Santo.

Eterna y pura Deidad

De incomparable excelencia, Que en la Unidad de tu esencia

Encierras la Trinidad:

De nuestra fe la humildad

Te adoro en sencillo canto.

Ángeles, etc.

Tu piedad y tu ternura

Van diciendo las edades,

Y en el mar de sus bondades

Se pierde toda criatura

Tú disipas la amargura.

Y enjugas el triste llanto.

Ángeles, etc.

Tú del hombre delincuente

Tiernos suspiros recoges,

Y sus plegarias acoges

Porque eres Padre clemente

¿Quién, amándote, no siente

Trocarse en dicha el quebranto?

Ángeles, etc.

Nuestros padres celebraron

Con sus cánticos de gloria

De tus prodigios la historia,

Que gozosos admiraron.

La fe, Señor, nos legaron,

Que es nuestro escudo y encanto.

Ángeles, etc.

Cuando tu justa venganza

Con plagas al hombre aterra,

Y hace estremecer la tierra,

Y airada sus rayos lanza;

La luz de nuestra esperanza

En tu nombre sacrosanto.

Ángeles, etc.

Tus excelsas bendiciones

Derrama pródigo y tierno,

Y a tus hijos ¡Dios eterno!

Coima de inefables dones.

Tanto bien, prodigio tanto.

Ángeles, etc

¡Quién del amante Isaías

Ardiera en e1 sacro fuego.

Para alzar su humildad ruego

¡ En divinas melodías!

Supla a nuestras voces frías

La tierra, el mar: entre tanto.

Ángeles, etc.

Por el misterio que adora,

¡Oh Dios! Tu escogida grey,

Siga tu divina ley,

Y de la muerte en la hora,

Con su sombra bienhechora

Nos cubra tu regio manto.

Ángeles, etc.

¡ Señor Dios! En dulce canto

Te alaban los Querubines,

Y Ángeles y Serafines

Dicen Santo, Santo, Santo.

Antífona

Bendita seas, Santa Trinidad y Unidad indivisible de nuestro Dios: nosotros confesamos este Misterio Augusto de tu Ser, con cuanta reverencia podemos, porque no cesas de ejercitar en nosotros tu misericordia.

V. Bendito eres, Señor, en el firmamento del cielo.

R. Y llena está de tu gloria toda la tierra.

Oración

Omnipotente y sempiterno Dios, que has concedido a tus siervos la gracia de conocer en la confesión de la verdadera fe la gloria de la eterna Trinidad de tus personas, y de adorar en el poder de la Majestad la Unidad de tu incomprensible naturaleza, nosotros te suplicamos, que por la firmeza de esta misma fe, seamos libres de todo género de adversidades. Por nuestro Señor Jesucristo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.


lunes, mayo 24, 2010

Misericordia, Dios mío



SALMO 50
3Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
4lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.
5Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
6contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que aborreces.
En la sentencia tendrás razón,
en el juicio resultarás inocente.
7Mira, en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre.
8Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría.
9Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve.
10Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
11Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.
12Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
13no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.
14Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso:
15enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti.
16Líbrame de la sangre, oh Dios,
Dios, Salvador mío,
y cantará mi lengua tu justicia.
17Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.
18Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
19Mi sacrificio es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú no lo desprecias.
20Señor, por tu bondad, favorece a Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén:
21entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos,
sobre tu altar se inmolarán novillos.

[La Biblia de Jerusalén le pone a este salmo sencillamente el título de Miserere, palabra con la que comienza el texto latino. La introducción al salmo, versículos 1 y 2, dice: «Salmo de David, cuando el profeta Natán lo visitó después de haber pecado aquél con Betsabé». Este salmo penitencial tiene un estrecho parentesco con la literatura profética, sobre todo con Isaías y Ezequiel. Dios, totalmente puro e íntegro, al perdonar, manifiesta su poder sobre el mal y su victoria sobre el pecado (v. 6). El v. 7 nos recuerda que todo hombre nace impuro, y por ello inclinado al mal, Gn 8,21; aquí se alega esta impureza fundamental como circunstancia atenuante que Dios debe tener en cuenta. La doctrina del pecado original quedará explícita en Rm 5,12-21, en correlación con la revelación de la redención por Jesucristo. En el v. 16 se ha querido ver a veces una alusión al asesinato de Urías por orden de David, 2 S 12,9. También se ha leído allí la expresión de la muerte prematura del malvado como castigo por los pecados, según la doctrina tradicional. En el v. 20, al regreso del destierro, se espera, como señal del perdón divino, la reconstrucción de las murallas de Jerusalén. Y el v. 21 es una precisión litúrgica añadida más tarde: en la Jerusalén restaurada se dará todo su valor a los sacrificios legítimos, es decir, oficialmente prescritos. Para Nácar-Colunga el título de este salmo es Confesión de los pecados y súplica de perdón. Es un verdadero acto de penitencia, que según una tradición brotó del corazón y de los labios de David, cuando Natán le reprendió por su pecado. Los versículos 20 y 21 son una adición, hecha después de la cautividad, para adaptar el salmo al estado del pueblo y a sus necesidades de entonces. En el Miserere, el salmista, consciente de su culpabilidad, apela a la benignidad divina. Ya al nacer está envuelto en una atmósfera de pecado porque «pecador me concibió madre» (v. 7). No hay alusión al pecado original, sino a la pecaminosidad inherente al hecho de ser fruto de un acto carnal, que en la mentalidad hebrea implicaba una impureza ritual.]
CATEQUESIS DE JUAN PABLO II
1. Hemos escuchado el Miserere, una de las oraciones más célebres del Salterio, el más intenso y repetido salmo penitencial, el canto del pecado y del perdón, la más profunda meditación sobre la culpa y la gracia. La Liturgia de las Horas nos lo hace repetir en las Laudes de cada viernes. Desde hace muchos siglos sube al cielo desde innumerables corazones de fieles judíos y cristianos como un suspiro de arrepentimiento y de esperanza dirigido a Dios misericordioso.
La tradición judía puso este salmo en labios de David, impulsado a la penitencia por las severas palabras del profeta Natán (cf. Sal 50,1-2; 2 S 11-12), que le reprochaba el adulterio cometido con Betsabé y el asesinato de su marido, Urías. Sin embargo, el salmo se enriquece en los siglos sucesivos con la oración de otros muchos pecadores, que recuperan los temas del «corazón nuevo» y del «Espíritu» de Dios infundido en el hombre redimido, según la enseñanza de los profetas Jeremías y Ezequiel (cf. Sal 50,12; Jr 31,31-34; Ez 11,19; 36,24-28).
2. Son dos los horizontes que traza el salmo 50. Está, ante todo, la región tenebrosa del pecado (cf. vv. 3-11), en donde está situado el hombre desde el inicio de su existencia: «Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre» (v. 7). Aunque esta declaración no se puede tomar como una formulación explícita de la doctrina del pecado original tal como ha sido delineada por la teología cristiana, no cabe duda que corresponde bien a ella, pues expresa la dimensión profunda de la debilidad moral innata del hombre. El salmo, en esta primera parte, aparece como un análisis del pecado, realizado ante Dios. Son tres los términos hebreos utilizados para definir esta triste realidad, que proviene de la libertad humana mal empleada.
3. El primer vocablo, hattá, significa literalmente «no dar en el blanco»: el pecado es una aberración que nos lleva lejos de Dios -meta fundamental de nuestras relaciones- y, por consiguiente, también del prójimo.
El segundo término hebreo es 'awôn, que remite a la imagen de «torcer», «doblar». Por tanto, el pecado es una desviación tortuosa del camino recto. Es la inversión, la distorsión, la deformación del bien y del mal, en el sentido que le da Isaías: «¡Ay de los que llaman al mal bien, y al bien mal; que dan oscuridad por luz y luz por oscuridad!» (Is 5,20). Precisamente por este motivo, en la Biblia la conversión se indica como un «regreso» (en hebreo shûb) al camino recto, llevando a cabo un cambio de rumbo.
La tercera palabra con que el salmista habla del pecado es peshá. Expresa la rebelión del súbdito con respecto al soberano, y por tanto un claro reto dirigido a Dios y a su proyecto para la historia humana.
4. Sin embargo, si el hombre confiesa su pecado, la justicia salvífica de Dios está dispuesta a purificarlo radicalmente. Así se pasa a la segunda región espiritual del Salmo, es decir, la región luminosa de la gracia (cf. vv. 12-19). En efecto, a través de la confesión de las culpas se le abre al orante el horizonte de luz en el que Dios se mueve. El Señor no actúa sólo negativamente, eliminando el pecado, sino que vuelve a crear la humanidad pecadora a través de su Espíritu vivificante: infunde en el hombre un «corazón» nuevo y puro, es decir, una conciencia renovada, y le abre la posibilidad de una fe límpida y de un culto agradable a Dios.
Orígenes habla, al respecto, de una terapia divina, que el Señor realiza a través de su palabra y mediante la obra de curación de Cristo: «Como para el cuerpo Dios preparó los remedios de las hierbas terapéuticas sabiamente mezcladas, así también para el alma preparó medicinas con las palabras que infundió, esparciéndolas en las divinas Escrituras. (...) Dios dio también otra actividad médica, cuyo Médico principal es el Salvador, el cual dice de sí mismo: "No son los sanos los que tienen necesidad de médico, sino los enfermos". Él era el médico por excelencia, capaz de curar cualquier debilidad, cualquier enfermedad» (Homilías sobre los Salmos, Florencia 1991, pp. 247-249).
5. La riqueza del salmo 50 merecería una exégesis esmerada de todas sus partes. Es lo que haremos cuando volverá a aparecer en los diversos viernes de las Laudes. La mirada de conjunto, que ahora hemos dirigido a esta gran súplica bíblica, nos revela ya algunos componentes fundamentales de una espiritualidad que debe reflejarse en la existencia diaria de los fieles. Ante todo está un vivísimo sentido del pecado, percibido como una opción libre, marcada negativamente a nivel moral y teologal: «Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces» (v. 6).
Luego se aprecia en el salmo un sentido igualmente vivo de la posibilidad de conversión: el pecador, sinceramente arrepentido (cf. v. 5), se presenta en toda su miseria y desnudez ante Dios, suplicándole que no lo aparte de su presencia (cf. v. 13).
Por último, en el Miserere, encontramos una arraigada convicción del perdón divino que «borra, lava y limpia» al pecador (cf. vv. 3-4) y llega incluso a transformarlo en una nueva criatura que tiene espíritu, lengua, labios y corazón transfigurados (cf. vv. 14-19). «Aunque nuestros pecados -afirmaba santa Faustina Kowalska- fueran negros como la noche, la misericordia divina es más fuerte que nuestra miseria. Hace falta una sola cosa: que el pecador entorne al menos un poco la puerta de su corazón... El resto lo hará Dios. Todo comienza en tu misericordia y en tu misericordia acaba». (M. Winowska, El icono del Amor misericordioso. El mensaje de sor Faustina, Roma 1981, p. 271).
[Audiencia general del Miércoles 24 de octubre de 2001]
Conciencia del pecado como ofensa de Dios
1. El viernes de cada semana en la liturgia de las Laudes se reza el salmo 50, el Miserere, el salmo penitencial más amado, cantado y meditado; se trata de un himno al Dios misericordioso, compuesto por un pecador arrepentido. En una catequesis anterior ya hemos presentado el marco general de esta gran plegaria. Ante todo se entra en la región tenebrosa del pecado para infundirle la luz del arrepentimiento humano y del perdón divino (cf. vv. 3-11). Luego se pasa a exaltar el don de la gracia divina, que transforma y renueva el espíritu y el corazón del pecador arrepentido: es una región luminosa, llena de esperanza y confianza (cf. vv. 12-21).
En esta catequesis haremos algunas consideraciones sobre la primera parte del salmo 50, profundizando en algunos aspectos. Sin embargo, al inicio quisiéramos proponer la estupenda proclamación divina del Sinaí, que es casi el retrato del Dios cantado por el Miserere: «Señor, Señor, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por mil generaciones, que perdona la iniquidad, la rebeldía y el pecado» (Ex 34,6-7).
2. La invocación inicial se eleva a Dios para obtener el don de la purificación que vuelva -como decía el profeta Isaías- «blancos como la nieve» y «como la lana» los pecados, en sí mismos «como la grana», «rojos como la púrpura» (cf. Is 1,18). El salmista confiesa su pecado de modo neto y sin vacilar: «Reconozco mi culpa (...). Contra ti, contra ti solo pequé; cometí la maldad que aborreces» (Sal 50,5-6).
Así pues, entra en escena la conciencia personal del pecador, dispuesto a percibir claramente el mal cometido. Es una experiencia que implica libertad y responsabilidad, y lo lleva a admitir que rompió un vínculo para construir una opción de vida alternativa respecto de la palabra de Dios. De ahí se sigue una decisión radical de cambio. Todo esto se halla incluido en aquel «reconocer», un verbo que en hebreo no sólo entraña una adhesión intelectual, sino también una opción vital. Es lo que, por desgracia, muchos no realizan, como nos advierte Orígenes: «Hay algunos que, después de pecar, se quedan totalmente tranquilos, no se preocupan para nada de su pecado y no toman conciencia de haber obrado mal, sino que viven como si no hubieran hecho nada malo. Estos no pueden decir: "Tengo siempre presente mi pecado". En cambio, una persona que, después de pecar, se consume y aflige por su pecado, le remuerde la conciencia, y se entabla en su interior una lucha continua, puede decir con razón: "no tienen descanso mis huesos a causa de mis pecados" (Sal 37,4)... Así, cuando ponemos ante los ojos de nuestro corazón los pecados que hemos cometido, los repasamos uno a uno, los reconocemos, nos avergonzamos y arrepentimos de ellos, entonces desconcertados y aterrados podemos decir con razón: "no tienen descanso mis huesos a causa de mis pecados"» (Homilía sobre el Salmo 37). Por consiguiente, el reconocimiento y la conciencia del pecado son fruto de una sensibilidad adquirida gracias a la luz de la palabra de Dios.
3. En la confesión del Miserere se pone de relieve un aspecto muy importante: el pecado no se ve sólo en su dimensión personal y «psicológica», sino que se presenta sobre todo en su índole teológica. «Contra ti, contra ti solo pequé» (Sal 50,6), exclama el pecador, al que la tradición ha identificado con David, consciente de su adulterio cometido con Betsabé tras la denuncia del profeta Natán contra ese crimen y el del asesinato del marido de ella, Urías (cf. v. 2; 2 Sam 11-12).
Por tanto, el pecado no es una mera cuestión psicológica o social; es un acontecimiento que afecta a la relación con Dios, violando su ley, rechazando su proyecto en la historia, alterando la escala de valores y «confundiendo las tinieblas con la luz y la luz con las tinieblas», es decir, «llamando bien al mal y mal al bien» (cf. Is 5,20). El pecado, antes de ser una posible injusticia contra el hombre, es una traición a Dios. Son emblemáticas las palabras que el hijo pródigo de bienes pronuncia ante su padre pródigo de amor: «Padre, he pecado contra el cielo -es decir, contra Dios- y contra ti» (Lc 15,21).
4. En este punto el salmista introduce otro aspecto, vinculado más directamente con la realidad humana. Es una frase que ha suscitado muchas interpretaciones y que se ha relacionado también con la doctrina del pecado original: «Mira, en la culpa nací; pecador me concibió mi madre» (Sal 50,7). El orante quiere indicar la presencia del mal en todo nuestro ser, como es evidente por la mención de la concepción y del nacimiento, un modo de expresar toda la existencia partiendo de su fuente. Sin embargo, el salmista no vincula formalmente esta situación al pecado de Adán y Eva, es decir, no habla de modo explícito de pecado original.
En cualquier caso, queda claro que, según el texto del Salmo, el mal anida en el corazón mismo del hombre, es inherente a su realidad histórica y por esto es decisiva la petición de la intervención de la gracia divina. El poder del amor de Dios es superior al del pecado, el río impetuoso del mal tiene menos fuerza que el agua fecunda del perdón. «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rm 5,20).
5. Por este camino la teología del pecado original y toda la visión bíblica del hombre pecador son evocadas indirectamente con palabras que permiten vislumbrar al mismo tiempo la luz de la gracia y de la salvación.
Como tendremos ocasión de descubrir más adelante, al volver sobre este salmo y sobre los versículos sucesivos, la confesión de la culpa y la conciencia de la propia miseria no desembocan en el terror o en la pesadilla del juicio, sino en la esperanza de la purificación, de la liberación y de la nueva creación.
En efecto, Dios nos salva «no por obras de justicia que hubiésemos hecho nosotros, sino según su misericordia, por medio del baño de regeneración y de renovación del Espíritu Santo, que derramó sobre nosotros con largueza por medio de Jesucristo nuestro Salvador» (Tt 3,5-6).
[Audiencia general del Miércoles 8 de mayo de 2002]
¡Misericordia, Dios mío!
1. Todas las semanas, la liturgia de las Laudes nos propone nuevamente el salmo 50, el célebre Miserere. Ya lo hemos meditado otras veces en algunas de sus partes. También ahora consideraremos en especial una sección de esta grandiosa imploración de perdón: los versículos 12-16.
Es significativo, ante todo, notar que, en el original hebreo, resuena tres veces la palabra «espíritu», invocado de Dios como don y acogido por la criatura arrepentida de su pecado: «Renuévame por dentro con espíritu firme; (...) no me quites tu santo espíritu; (...) afiánzame con espíritu generoso» (vv. 12. 13. 14). En cierto sentido, utilizando un término litúrgico, podríamos hablar de una «epíclesis», es decir, una triple invocación del Espíritu que, como en la creación aleteaba por encima de las aguas (cf. Gn 1,2), ahora penetra en el alma del fiel infundiendo una nueva vida y elevándolo del reino del pecado al cielo de la gracia.
2. Los Padres de la Iglesia ven en el «espíritu» invocado por el salmista la presencia eficaz del Espíritu Santo. Así, san Ambrosio está convencido de que se trata del único Espíritu Santo «que ardió con fervor en los profetas, fue insuflado (por Cristo) a los Apóstoles, y se unió al Padre y al Hijo en el sacramento del bautismo» (El Espíritu Santo I, 4, 55: SAEMO 16, p. 95). Esa misma convicción manifiestan otros Padres, como Dídimo el Ciego de Alejandría de Egipto y Basilio de Cesarea en sus respectivos tratados sobre el Espíritu Santo (Dídimo el Ciego, Lo Spirito Santo, Roma 1990, p. 59; Basilio de Cesarea, Lo Spirito Santo, IX, 22, Roma 1993, p. 117 s).
También san Ambrosio, observando que el salmista habla de la alegría que invade su alma una vez recibido el Espíritu generoso y potente de Dios, comenta: «La alegría y el gozo son frutos del Espíritu y nosotros nos fundamos sobre todo en el Espíritu Soberano. Por eso, los que son renovados con el Espíritu Soberano no están sujetos a la esclavitud, no son esclavos del pecado, no son indecisos, no vagan de un lado a otro, no titubean en sus opciones, sino que, cimentados sobre roca, están firmes y no vacilan» (Apología del profeta David a Teodosio Augusto, 15, 72: SAEMO 5, p. 129).
3. Con esta triple mención del «espíritu», el salmo 50, después de describir en los versículos anteriores la prisión oscura de la culpa, se abre a la región luminosa de la gracia. Es un gran cambio, comparable a una nueva creación: del mismo modo que en los orígenes Dios insufló su espíritu en la materia y dio origen a la persona humana (cf. Gn 2,7), así ahora el mismo Espíritu divino crea de nuevo (cf. Sal 50,12), renueva, transfigura y transforma al pecador arrepentido, lo vuelve a abrazar (cf. v. 13) y lo hace partícipe de la alegría de la salvación (cf. v. 14). El hombre, animado por el Espíritu divino, se encamina ya por la senda de la justicia y del amor, como reza otro salmo: «Enséñame a cumplir tu voluntad, ya que tú eres mi Dios. Tu espíritu, que es bueno, me guíe por tierra llana» (Sal 142,10).
4. Después de experimentar este nuevo nacimiento interior, el orante se transforma en testigo; promete a Dios «enseñar a los malvados los caminos» del bien (cf. Sal 50,15), de forma que, como el hijo pródigo, puedan regresar a la casa del Padre. Del mismo modo, san Agustín, tras recorrer las sendas tenebrosas del pecado, había sentido la necesidad de atestiguar en sus Confesiones la libertad y la alegría de la salvación.
Los que han experimentado el amor misericordioso de Dios se convierten en sus testigos ardientes, sobre todo con respecto a quienes aún se hallan atrapados en las redes del pecado. Pensamos en la figura de san Pablo, que, deslumbrado por Cristo en el camino de Damasco, se transforma en un misionero incansable de la gracia divina.
5. Por última vez, el orante mira hacia su pasado oscuro y clama a Dios: «¡Líbrame de la sangre, oh Dios, Dios, Salvador mío!» (v. 16). La «sangre», a la que alude, se interpreta de diversas formas en la Escritura. La alusión, puesta en boca del rey David, hace referencia al asesinato de Urías, el marido de Betsabé, la mujer que había sido objeto de la pasión del soberano. En sentido más general, la invocación indica el deseo de purificación del mal, de la violencia, del odio, siempre presentes en el corazón humano con fuerza tenebrosa y maléfica. Pero ahora los labios del fiel, purificados del pecado, cantan al Señor.
Y el pasaje del salmo 50 que hemos comentado hoy concluye precisamente con el compromiso de proclamar la «justicia» de Dios. El término «justicia» aquí, como a menudo en el lenguaje bíblico, no designa propiamente la acción punitiva de Dios con respecto al mal; más bien, indica la rehabilitación del pecador, porque Dios manifiesta su justicia haciendo justos a los pecadores (cf. Rm 3,26). Dios no se complace en la muerte del malvado, sino en que se convierta de su conducta y viva (cf. Ez 18,23).
[Audiencia general del Miércoles 4 de diciembre de 2002]
El final del salmo 50
1. Esta es la cuarta vez que, durante nuestras reflexiones sobre la Liturgia de Laudes, escuchamos la proclamación del salmo 50, el célebre Miserere, pues se propone todos los viernes, para que se convierta en un oasis de meditación, donde se pueda descubrir el mal que anida en la conciencia e implorar del Señor la purificación y el perdón. En efecto, como confiesa el salmista en otra súplica, «ningún hombre vivo es inocente frente a ti» (Sal 142,2). En el libro de Job se lee: «¿Cómo un hombre será justo ante Dios?, ¿cómo será puro el nacido de mujer? Si ni la luna misma tiene brillo, ni las estrellas son puras a sus ojos, ¡cuánto menos un hombre, esa gusanera, un hijo de hombre, ese gusano!» (Jb 25,4-6).
Frases fuertes y dramáticas, que quieren mostrar con toda su seriedad y gravedad el límite y la fragilidad de la criatura humana, su capacidad perversa de sembrar mal y violencia, impureza y mentira. Sin embargo, el mensaje de esperanza del Miserere, que el Salterio pone en labios de David, pecador convertido, es éste: Dios puede «borrar, lavar y limpiar» la culpa confesada con corazón contrito (cf. Sal 50,2-3). Dice el Señor por boca de Isaías: «Aunque fueren vuestros pecados como la grana, como la nieve blanquearán. Y aunque fueren rojos como la púrpura, como la lana quedarán» (Is 1,18).
2. Esta vez reflexionaremos brevemente en el final del salmo 50, un final lleno de esperanza, porque el orante es consciente de que ha sido perdonado por Dios (cf. vv. 17-21). Sus labios ya están a punto de proclamar al mundo la alabanza del Señor, atestiguando de este modo la alegría que experimenta el alma purificada del mal y, por eso, liberada del remordimiento (cf. v. 17).
El orante testimonia de modo claro otra convicción, remitiéndose a la enseñanza constante de los profetas (cf. Is 1,10-17; Am 5,21-25; Os 6,6): el sacrificio más agradable que sube al Señor como perfume y suave fragancia (cf. Gn 8,21) no es el holocausto de novillos y corderos, sino, más bien, el «corazón quebrantado y humillado» (Sal 50,19).
La Imitación de Cristo, libro tan apreciado por la tradición espiritual cristiana, repite la misma afirmación del salmista: «La humilde contrición de los pecados es para ti el sacrificio agradable, un perfume mucho más suave que el humo del incienso... Allí se purifica y se lava toda iniquidad» (III, 52, 4).
3. El salmo concluye de modo inesperado con una perspectiva completamente diversa, que parece incluso contradictoria (cf. vv. 20-21). De la última súplica de un pecador, se pasa a una oración por la reconstrucción de toda la ciudad de Jerusalén, lo cual nos hace remontarnos de la época de David a la de la destrucción de la ciudad, varios siglos después. Por otra parte, tras expresar en el versículo 18 que a Dios no le complacen las inmolaciones de animales, el salmo anuncia en el versículo 21 que el Señor aceptará esas inmolaciones.
Es evidente que este pasaje final es una añadidura posterior, hecha en el tiempo del exilio, que, de alguna manera, quiere corregir o al menos completar la perspectiva del salmo davídico. Y lo hace en dos puntos: por una parte, no se quería que todo el salmo se limitara a una oración individual; era necesario pensar también en la triste situación de toda la ciudad. Por otra, se quería matizar el valor del rechazo divino de los sacrificios rituales; ese rechazo no podía ser ni completo ni definitivo, porque se trataba de un culto prescrito por Dios mismo en la Torah. Quien completó el salmo tuvo una intuición acertada: comprendió la necesidad en que se encuentran los pecadores, la necesidad de una mediación sacrificial. Los pecadores no pueden purificarse por sí mismos; no bastan los buenos sentimientos. Hace falta una mediación externa eficaz. El Nuevo Testamento revelará el sentido pleno de esa intuición, mostrando que, con la ofrenda de su vida, Cristo llevó a cabo una mediación sacrificial perfecta.
4. En sus Homilías sobre Ezequiel, san Gregorio Magno captó muy bien la diferencia de perspectiva que existe entre los versículos 19 y 21 del Miserere. Propone una interpretación que también nosotros podemos aceptar, concluyendo así nuestra reflexión. San Gregorio aplica el versículo 19, que habla de espíritu contrito, a la existencia terrena de la Iglesia, y el versículo 21, que habla de holocausto, a la Iglesia en el cielo.
He aquí las palabras de ese gran Pontífice: «La santa Iglesia tiene dos vidas: una que vive en el tiempo y la otra que recibe en la eternidad; una en la que sufre en la tierra y la otra que recibe como recompensa en el cielo; una con la que hace méritos y la otra en la que ya goza de los méritos obtenidos. Y en ambas vidas ofrece el sacrificio: aquí, el sacrificio de la compunción, y en el cielo, el sacrificio de la alabanza. Del primer sacrificio se dice: "Mi sacrificio es un espíritu quebrantado" (Sal 50,19); del segundo está escrito: "Entonces aceptarás los sacrificios rituales, ofrendas y holocaustos" (Sal 50,21). (...) En ambos se ofrece carne, porque aquí la oblación de la carne es la mortificación del cuerpo, mientras que en el cielo la oblación de la carne es la gloria de la resurrección en la alabanza a Dios. En el cielo se ofrecerá la carne como en holocausto, cuando, transformada en la incorruptibilidad eterna, ya no habrá ningún conflicto y nada mortal, porque perdurará íntegra, encendida de amor a él, en la alabanza sin fin» (Omelie su Ezechiele 2, Roma 1993, p. 271).
[Audiencia general del Miércoles 30 de julio de 2003]
MONICIÓN SÁLMICA
El salmo 50, con el que cada viernes empezamos la oración de la mañana, es, para la Iglesia, el salmo penitencial por excelencia. Este salmo fue redactado por Israel en tiempos del exilio o inmediatamente después del retorno de Babilonia, cuando el pueblo, que tenía muy vivo el sentimiento de que su propia culpabilidad fue la causa de los sufrimientos del destierro, quiere asumir, para expiarlas, todas las infidelidades de su propia historia, desde el pecado de David con Betsabé hasta aquellas otras culpas que originaron el destierro y la destrucción de la ciudad santa: Señor, líbrame de la sangre (la que derramó David a causa de sus malos deseos); Señor, reconstruye las murallas de Jerusalén (destruidas a causa de las infidelidades de los reyes de Judá y de su pueblo).
Podemos rezar hoy el salmo 50 como lo rezó su autor, es decir, asumiendo, como Iglesia, los pecados de la comunidad cristiana de todos los tiempos e incluso los de la humanidad entera. Recordemos que somos en el mundo el cuerpo de Cristo y que también el Señor quiso hacerse él mismo pecado, para destruir en su cuerpo el pecado del hombre. En comunión con la iglesia pecadora y con toda la humanidad, imploremos, en este viernes de la muerte del Señor, el perdón de nuestros propios pecados y asumamos en nuestra oración, como lo hizo el Señor en su pasión, los pecados de todo el mundo, suplicando el perdón de Dios.
Oración I: Por tu inmensa compasión, borra, Señor, nuestras culpas y limpia nuestros pecados; que tu inmensa misericordia nos levante, pues nuestro pecado nos aplasta; no desprecies, Señor, nuestro corazón quebrantado y humillado, haz más bien brillar sobre nosotros el poder de tu Trinidad: que nos levante Dios Padre, que nos renueve Dios Hijo, que nos guarde Dios Espíritu Santo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Oración II: Señor, Dios de bondad y de gracia, que, para perdonar el pecado del hombre, quisiste que tu Hijo, que no conocía el pecado, se hiciera él mismo pecado por nosotros, mira con amor nuestro corazón quebrantado y humillado y, por la penitencia de tu Iglesia, concede al mundo entero la alegría de tu salvación. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
[Pedro Farnés]
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NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL SALMO
Este salmo de penitencia continúa el precedente, que trataba de una discusión judicial entre Dios y el pueblo en la que Dios no actuaba como juez sino como parte frente al pueblo, y adquiere todo su valor como segunda parte de un acto religioso. Cuando Dios mismo acusa y nos pone delante los pecados, el hombre sólo puede reconocerse culpable; pero puede apelar a la «misericordia» de Dios. De este modo se consuma la «justicia», la «salvación» que se iba preparando en el salmo anterior.
V. 3: Comienza el salmo con la apelación a la misericordia, que incluye la confesión formal del pecado; este verso es síntesis o germen del resto.
VV. 4-5: Comienza la primera parte, en el reino del pecado, sin mencionar a Dios. Repite siete veces la raíz «pecado» y siete veces diversas palabras sinónimas.
V. 6: El pecado es acto personal contra Dios, no mera violencia de un orden abstracto. En la sentencia de este careo, uno resultará «el inocente», o «tendrá razón», y otro resultará el culpable; cuando yo me reconozco «el culpable», estoy confesando que Dios es «el inocente» o el justo; yo estoy ante Dios sin justicia mía.
V. 7: La experiencia del pecado presente me hace descubrir en profundidad la condición humana pecadora: desde el principio de mi vida entro en el régimen de este poder.
VV. 8-9: Este acto de reconocimiento, de sinceridad, es un don de Dios (8) que prepara para la purificación (9).
VV. 10-11: La primera parte apunta ya el tema del gozo, en una petición esperanzada.
V. 12: Comienza la segunda parte, en el reino de la gracia; vuelve a sonar el nombre de Dios al principio. La purificación es una nueva creación por dentro.
VV. 12-14: En esta nueva creación Dios derrama un triple espíritu que ordena nuestro ser: espíritu firme, santo, generoso. Este espíritu trae la salvación y con ella la alegría.
V. 15: Una de las consecuencias de la reconciliación es este afán comunicativo o expansivo; el hombre reconciliado quiere convertir a otros y enseñarles el camino de vuelta a Dios.
V. 16: El castigo de la sangre puede ser la muerte, comprendida como «pena capital» del pecado, según la tradición de Gn 2; pudiera ser alusión a un delito que merece pena de muerte.
V. 17: Después de la liberación, el hombre responde con himnos y acción de gracias.
V. 18: Como decía el salmo precedente, el sacrificio sin la conversión interno no sirve.
V. 19: Este verso repite palabras clave del salmo y recapitula su contenido.
VV. 20-21: Parecen una adición, en tiempo del destierro, deseando la vida entera del culto, una vez que el pueblo esté ya purificado.
Para la reflexión del orante cristiano.- El hombre, ante Dios, tiene que reconocer su propia «injusticia» e invocar la misericordia; entonces Dios le da su propia justicia, lo «justi-fica», lo hace justo, que es lo mismo que salvarlo. Éste es el gran juicio de Dios, juicio que comienza acusando, obligando al hombre a una especie de muerte o sacrificio espiritual, para salvarlo desde esa profundidad. En el gran Juicio de Cristo, Dios quiere que su Hijo se haga solidario del hombre, hasta la última consecuencia del pecado, que es la muerte. Pero el Padre salva a su Hijo, demostrando la «justicia» de Jesucristo y convirtiéndolo en nuestra justicia. Este juicio de Cristo, que es muerte y resurrección, se repite en el juicio de la penitencia cristiana.-- [L. Alonso Schökel]
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MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL SALMO
Introducción general
El salmo 50 quizá sea la oración de un hijo natural, adulterino, o fruto de los matrimonios mixtos denunciados por Esdras y Nehemías. Quien aquí ora no puede pertenecer a la «asamblea de Israel» en la que desearía entrar por encima de todo. Aunque tenga siempre presente su pecado (su manchada procedencia, que hoy podríamos denominar «complejo»), posee la íntima confianza de que Dios puede crear en él algo nuevo. Si esta procedencia del salmo es posible, no es menos cierto que la tradición eclesial ha hecho de él un salmo eminentemente penitencial. Cuantos sentimos el peso del pecado podemos rezar el «miserere», porque los sentimientos del pecador arrepentido y la correlativa acción de Dios adquieren en este salmo un lenguaje universal.
Dado el carácter intimista del salmo, en la celebración comunitaria podría rezarse con pausa por distintas personas, teniendo en cuenta las etapas sucesivas del mismo: Recurso a la misericordia de Dios: «Misericordia... limpia mi pecado» (vv. 2-4). Reconocimiento y confesión del pecado: «Pues yo reconozco... me inculcas sabiduría» (vv. 5-8). Petición para ser purificado: «Rocíame con el hisopo... borra en mí toda culpa» (vv. 9-11). Petición para obtener un espíritu nuevo: «Oh Dios... con espíritu generoso» (vv. 12-14). Promesas y reflexiones sobre el verdadero sacrificio: «Enseñaré a los malvados... Tú no lo desprecias» (vv. 15-19). Intercesión en favor de Sión: «Señor, por tu bondad... se inmolarán novillos» (vv. 20-21).
«La entrañable misericordia de nuestro Dios»
El Dios que preside este salmo, a quien se dirige el orante, no está impasible en su aislado cielo. Se conmueven sus «entrañas», sede de su inmensa compasión, porque el Dios de Israel es «clemente y gracioso». Hasta tal límite ha llegado su misericordia entrañable, que por ella nos visitó «el Sol que nace de lo alto» (Lc 1,78). Jesús es una nueva Luz que ha iluminado con nuevos destellos la hondura de la compasión divina: no sólo fue capaz de sentir el movimiento visceral de la misericordia, sino que enaltecido al rango de «Señor», se compadece de cuantos son tentados. Acerquémonos a este trono de gracia para que encontremos misericordia y seamos socorridos en el tiempo oportuno.
El abismo del pecado
El salmo describe el reino del pecado sin mencionar ni una vez a Dios (vv. 4-5). El pecado es una marcha aberrante fuera de la ruta, una contorsión de la voluntad divina, una erradicación del suelo nutricio que es Dios. Una vez descrito el pecado, aparece en seguida el polo divino: «Contra ti, contra ti sólo pequé» (v. 6). Al levantarse contra Dios, el hombre ha pretendido ponerse en el puesto divino. ¡Una vida condenada al fracaso! ¿Quién pondrá un freno a la estrepitosa caída del hombre? «¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!» En efecto, el Hijo, tomando una carne de pecado, vivió como un hombre cualquiera, pero sin que el pecado tuviera nada que ver con él. Por eso, «en orden al pecado, Dios condenó al pecado de la carne» (Rm 8,3). ¡Sus heridas nos han curado! Podemos enderezar nuestro camino y afincarnos en una ubérrima tierra de crecimiento: la obediencia a Dios. Nuestra meta es tomar parte en la herencia de los santos. Mientras llegamos al final de la carrera, saquemos la cabeza por encima de las aguas negras del pecado.
«Los purificaré de toda culpa»
Si los sustantivos que describen el pecado son abundantes, no lo son menos los verbos que en imperativo piden la acción de Dios: «borra mi culpa», «lava mi delito», «limpia mi pecado». Sólo Dios puede realizar eficazmente estas acciones. Así como ni el etíope muda la color, ni el leopardo las manchas de la piel, los avezados a hacer el mal tampoco pueden hacer el bien (Jr 13,23). Pero Dios cura, salva y hace volver. Dios ha intervenido ya cuando borró en la cruz el escrito de nuestra acusación. Ahora sí, podemos blanquearnos en la sangre del Cordero, aunque nuestros pecados sean rojos como el bermellón. Así nos preparamos para las bodas definitivas de la Iglesia santa, sin mancha ni arruga.
«Os infundiré mi espíritu y viviréis»
Si el orante, como suponemos, es «pecador» desde antes de su nacimiento (v. 7), se impone una actuación profunda de Dios, una acción creadora: «Crea en mí un corazón puro, rocíame por dentro con espíritu firme» (v. 12): un espíritu santo que introduzca al orante en la santidad de Dios (en su templo); un espíritu magnánimo por encima de la estrechez humana (v. 14). Es el mismo espíritu prometido por Jeremías y Ezequiel, y relacionado con la nueva alianza. Cuando Dios firmó esta alianza con el hombre, en virtud de la sangre de Cristo, el Espíritu de Vida fue infundido en la nueva creación (Jn 19,39). La actividad del Espíritu ha inoculado ansias nuevas en todo lo creado, y nosotros mismos «gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo» (Rm 8,23). ¡Dios puede hacer de nosotros algo inmensamente maravilloso e inefable!
Cantaré eternamente las misericordias del Señor
El Dios santo hace brillar su santidad sobre el hombre. ¿Quién no se estremecerá, si somos pecado? La presencia de Dios, en efecto, hace pasar al hombre de la muerte a la vida. Es una auténtica acción judicial de la que el hombre sale «justi-ficado», salvado. Para ello, el juicio de Dios hizo a Cristo solidario de los hombres hasta las últimas consecuencias: él fue «maldito de Dios» por haber perecido colgado del madero (Ga 3,13) para que nosotros viviéramos para la justicia. Cristo es nuestra justicia. Su proceso de muerte se repite en la penitencia cristiana, en la que morimos al pecado y vivimos para Dios. ¿Cómo no cantar eternamente las misericordias del Señor que nos hace pasar de la muerte a la vida? Con esta actitud rezamos el «Miserere».
«He aquí que vengo a hacer tu voluntad»
El orante no ha sido admitido en la asamblea litúrgica de Israel. Por el profetismo sabe que Dios prefiere la obediencia a los holocaustos. El sacrificio del salmista será un corazón quebrantado y humillado (v. 19). Es la norma que repite el Nuevo Testamento: Quien «haga la voluntad de mi Padre celestial» entrará en el Reino de los cielos. Así es como se comportó Jesús, fiel a la voluntad de Padre, aunque le costara la vida. «En virtud de esta voluntad y merced a la oblación del cuerpo de Cristo somos santificados» (Hb 10,10). Pleguémonos a la voluntad de Dios, tal como rezamos en el Padrenuestro.
Ningún resentimiento
¡He aquí a un sincero y marginado yahwista! Ha comprendido que su Dios es más amplio que el estrecho espíritu de su pueblo. En consecuencia, el orante se abre hacia todos los pueblos: «Enseñaré a los malvados tus caminos» (v. 15), y en su oración se acuerda del pueblo que no le daba cabida: «Por tu bondad, Señor, favorece a Sión... » (v. 20). Los sacrificios recobran su sentido porque en ellos se puede vaciar la integridad del hombre. Afirmada la absoluta y definitiva validez del sacrificio de Cristo, también el sacrificio cristiano está centrado. ¿No hemos de abrir ahora nuestro espíritu y confesar que «todos los que son movidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios»? (Rm 8,14). Pidamos una profunda renovación para la Iglesia, y un espíritu amplio, generoso.
Resonancias en la vida religiosa
¡Cómplices en la muerte de Jesús!: El viernes recordamos el atentado más grave de nuestra historia contra el Reino de Dios: la muerte de Jesús en cruz. Este recuerdo imborrable en la mente de la Iglesia determina el carácter penitencial de este día.
El salmo 50, recitado en esta clave, adquiere una gravedad inaudita: es la expresión del reconocimiento humilde de nuestra complicidad en la muerte de Jesús. «Mi culpa, mi delito, mi pecado, la maldad» son el repudio por parte de nosotros los nombres de la presencia de Dios en Cristo y de Cristo en la comunidad eclesial y en cada hombre, especialmente en los pobres. El pecado es nuestro ateísmo teórico y práctico, nuestro egoísmo deicida.
Somos raza de pecadores: «En pecado nacimos» (v. 7). Nuestra humillante condición provoca continuas expresiones de pecado, interiores y exteriores, individuales y comunitarias, personales y estructurales. Estamos manchados y manchamos. ¿Quién nos librará de este cuerpo de pecado?
Invocamos la infinita misericordia de Dios; por ella Dios nos lavará y purificará. Nuestra vida es, gracias a su inagotable condescendencia, historia de salvación, de purificación. Nuestra existencia culminará en la justificación y purificación total; entonces llegará a su plenitud la nueva creación; hará desbordar la alegría e instaurará el nuevo culto en el que nuestro espíritu y corazón serán el holocausto agradable.
La comunidad religiosa, por su cercanía a la luz de Dios, tiene la posibilidad de reconocer la mancha de su pecado y también cuenta con la fuerza divina para borrarlo y destruirlo. Si se deja penetrar por el poder de Dios, sacramentalizará en la Iglesia el pequeño grupo de creyentes que el Viernes Santo estaba junto a la cruz de Jesús.
Oraciones sálmicas
Oración I: Dios Padre santo, que nos has mostrado tu inmensa compasión en tu Hijo bien amado, atráenos hacia el trono de tu gracia para que gocemos de tu entrañable misericordia. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Oración II: Contra ti, sólo contra ti, Padre bueno, hemos pecado; ya no somos dignos de llamarnos hijos tuyos; pero, puesto que por las heridas de tu Hijo hemos sido curados, admítenos nuevamente en tu casa, y así tendremos parte en la herencia de tus santos. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Oración III: Nosotros, pobres pecadores, ponemos nuestra confianza en ti, Padre santo. Haznos volver y nosotros retornaremos, lávanos y quedaremos limpios como lana. Purifica a tu Iglesia con la sangre del Cordero para que pueda presentarse sin mancha ni arruga a las bodas del Dios-con-nosotros, tu Hijo amado, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.
Oración IV: Señor, Tú sondeas los riñones y el corazón; sabes que somos barro; envíanos, por medio de Jesucristo, tu Espíritu Santo, que nos afiance firmemente en ti, dilate nuestro espíritu para que, junto con toda la creación ya rescatada, lleguemos a la plenitud de nuestra filiación, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Oración V: Te proclamamos, Señor, el único santo en la asamblea de los pecadores; Tú quisiste que tu Hijo se solidarizase con los hombres hasta las últimas consecuencias, y resucitándole de entre los muertos lo hiciste nuestra justicia; justifícanos en tu Hijo amado: nuestra lengua cantará tu justicia y proclamaremos eternamente tu misericordia. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Oración VI: Oh Dios, que nos has santificado merced a la oblación del cuerpo de Cristo; concede a cuantos siguen a tu Hijo sabiduría y fuerza para cumplir tu voluntad; asociados de este modo al sacrificio de nuestro Señor, nos otorgarás la alegría de la salvación en tu Reino eterno. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Oración VII: Tú nos rescataste, Dios nuestro, mediante la sangre preciosa de tu Hijo, el Cordero sin mancha ni mancilla; vivifica a tu Iglesia mediante una purificación continua, para que, reconstruida por tu bondad, anuncie a los malvados tus caminos y los pecadores vuelvan a ti. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.
[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]
 

viernes, mayo 14, 2010

La Virgen María en los Documentos del Magisterio

Recopilación: Fabiela Meneghini ( Argentina) Concilio de Éfeso 431 Condenación de la doctrina de Nestorio y formulación del Dogma de la Maternidad Divina. Concilio de Calcedonia 451 En su profesión de fe afirma que Cristo fue engendrado de María Virgen, Madre de Dios, en cuanto a la humanidad. II Concilio de Constantinopla 553 Afirma la virginidad perpetua de María. Concilio de Letrán 649 Afirma que María permaneció Virgen. III Concilio de Constantinopla 681 Afirma la virginidad perpetua de María Madre de Dios. IV Concilio de Letrán 1215 Afirma la virginidad perpetua de María. II Concilio de Lyon 1274 Afirma la virginidad perpetua de María Juan XXII 1317 Bula Sabatina Establece las condiciones para beneficiarse con la promesa de la liberación del purgatorio a quienes lleven el escapulario del Carmen. Bonifacio IX 9-11-1390 Bula Superni Benignitas en la que establece la fiesta de la Visitación. Sixto IV 1483 Extendió la fiesta de la Concepción Inmaculada de María a toda la Iglesia de Occidente. V Concilio de Letrán 1512 En la sesión 11ª establece que corresponde al Papa decidir si una aparición de la Virgen es o no verdadera y autorizar su culto. Clemente VII 12-8-1530 Bula Ex Clementis haciendo precisiones acerca de la Bula Sabatina de Juan XXII Concilio de Trento 17-6-1546 En el Decreto sobre el pecado Original declara que éste no comprende a la Bienaventurada Virgen María Madre de Dios. Paulo IV 1555 Constitución Cum quorundam afirmando la Virginidad de María antes, durante y después del parto. Gregorio XIII 5-12-1584 Bula Omnipotentes Dei sobre la erección e institución de congregaciones marianas. Sixto V 1-9-1585 Bula Intemeratæ Matris Restauración de la Fiesta de la Presentación de María. 1587 Aprobación de las letanías lauretanas. 5-1-1587 Bula Suprema Dispositione sobre las congregaciones marianas Clemente VIII 30-8-1602 Breve Cum sit Nobis sobre las congregaciones marianas. 27-10-1615 Bula Inmensæ Bonitatis sobre la virginidad perpetua de María y la erección de una capilla en Santa María la Mayor en honor de la Realeza de María. Gregorio XV 15-4-1621 Bula Alias pro parte sobre las congregaciones marianas. 4 -11-1622 Breve en el que comenta su prohibición de enseñar sentencia contraria a la Inmaculada Concepción. Urbano VIII 12 -2-1623 Bula Imperescrutabilis acerca de la erección de la Milicia Cristiana de la Concepción de Santa María Virgen Inmaculada. Alejandro VII 8-12-1661 Breve Sollicitudo Omnium Ecclesiarum a favor de la opinión que afirma que la Virgen María fue preservada del pecado original. Benedicto XIII 26-9-1724 Breve Essendo Commesso en el que concede indulgencia al rezo del Ángelus. Benedicto XIV 24-4-1748 Breve Præclaris Romanorum Pontificum sobre las congregaciones marianas. 27-9-1748 Bula Aurea Gloriosæ Dominæ confirmando nuevos favores a las congregaciones marianas y determinando que en el tiempo de Pascua se rece el Regina Coeli en vez del Ángelus. 15-7-1749 Breve Quemadmodum presbyteri sobre las congregaciones marianas. 8-9-1751 Breve Quo Tibi sobre las congregaciones marianas. 15-2-1758 Breve Laudabile Romanorum sobre las congregaciones marianas. Clemente XIII 7-1-1765 Bula apostolicam sobre las congregaciones marianas. Pío VI 2-5-1775, 9-12-1775 y 20-3-1776 Decretos sobre las congregaciones marianas. León XII 17-5-1824 Breve Cum multa sobre las congregaciones marianas. Pío IX 8-7-1848 Decreto sobre las congregaciones marianas. 2-2-1849 Enc. Ubi primum con motivo de la preparación del estudio sobre la Inmaculada Concepción. 8-12-1854 Bula Ineffabilis Deus formulando el Dogma de la Inmaculada Concepción. 10-2-1863 Breve Exponendum sobre las congregaciones marianas. León XIII 27-5-1884 Breve Frugiferas sobre las congregaciones marianas. 8-1-1886 Breve Nihil adeo sobre las congregaciones marianas. Pío X 2-2-04 Enc. Ad Diem Illud Lætissimum sobre la devoción a la Ssma. Virgen en ocasión del 50 Aniversario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción. 10-5-10 y 21-7-10 Decretos sobre las congregaciones marianas. 16-12-10 Decreto Cum Sacra sustituyendo el escapulario de tela por una medalla. Pío XI 25-12-31 Enc. Lux Veritatis instituyendo la fiesta de María Madre de Dios en ocasión del XV Centenario del Concilio de Éfeso. Benedicto XV 19-12-15 Alocución sobre las congregaciones marianas. Pío XII 4-3-42 Radiomensaje al I Congreso Mariano de África del Sur. 31-10-42 Consagración del mundo al Corazón Inmaculado de María en el XXV Aniversario de la Aparición de Fátima. 29 -6-43 Enc. Mystici Corporis Chirsti precisando el lugar de la Virgen en el Cuerpo místico de Cristo, presentándola como “alma socia Christi”, es decir, Madre asociada al Hijo en toda la obra redentora. 4-3-44 Establecimiento de la Fiesta del Corazón Inmaculado de María en la Iglesia universal. 1-5-46 Enc. Deiparæ Virginis Mariæ consultando a los obispos sobre la oportunidad de proclamar el dogma de la Asunción. 1-5-48 Enc. Auspicia Quædam invitando a los niños y sus padres a rezar el mes de María por la paz en Palestina. 27-9-48 Enc. Bis Sæculari sobre las congregaciones marianas, a propósito del bicentenario de la Bula Aurea. 11-2-50 Carta Neminem profecto en ocasión del VII Centenario del escapulario del Carmen 1-11-50 Constitución Munificentissimus Deus declarando el dogma de la Asunción de la Virgen en cuerpo y alma al cielo. 7-7-52 Carta Apostólica Sacro Vergente Anno Consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María. 8-9-53 Enc. Fulgens Corona en el Centenario de la definición del Dogma de la Inmaculada Concepción. 8-12-53 Convocatoria al primer año mariano de la historia con motivo del centenario de la definición del dogma de la Inmaculada Concepción 13-8-54 Carta a Mons. José Clemente Maurer, arzobispo de Sucre, en ocasión del II Congreso Mariano Nacional de Bolivia. 11-10-54 Enc. Ad Cæli Reginam sobre la realeza de María. 12-10-54 Radiomensaje al Congreso Mariano de Zaragoza sobre la consagración de España al Inmaculado Corazón de María. 1-11-54 Alocución Testimonianze di ommaggio Resumen de las principales ideas que movieron al pontífice a instituir la Fiesta de María Reina. 14-7-58 Carta Encíclica Meminisse iuvat Plegarias y novena en la fiesta de la Asunción por la paz del mundo y la libertad de la Iglesia. Vaticano II 21-11-64 Constitución Lumen Gentium Capítulo VIII: La Bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en el Misterio de Cristo y de la Iglesia. Paulo VI 1964 Discurso de clausura de la 3ª sesión del Concilio: María Madre de la Iglesia. 29-4-65 Enc. Mense maio invitando a rezar a la Virgen durante el mes de mayo. 15-9-66 Enc. Christi Matri ordenando súplicas en el mes de octubre. 13-5-67 Exhort. Ap. Signum Magnun sobre el culto que ha de tributarse a la Virgen María, en ocasión del 50 Aniversario de las apariciones de Fátima. 2-2-74 Enc. Marialis Cultus sobre la recta ordenación y desarrollo del culto a la Ssma. Virgen. Juan Pablo I 24-9-178 Mensaje a los obispos y fieles del Ecuador en ocasión del III Congreso Mariano Nacional: La Virgen, Estrella de la evangelización en América Latina. Juan Pablo II 25-3-81 Carta Apapostólica Al Concilio Constantinopolitano I en ocasión del 1600 Aniversario del Concilio de Constantinopla y del 1550 Aniversario del Concilio de Éfeso. 25-3-87 Enc. Redemptoris Mater sobre la Bienaventurada Virgen María en la vida de la Iglesia peregrina. 22-5-88 Carta Apostólica a las personas consagradas en ocasión del año mariano. 15-8-88 Carta Ap. Mulieris dignitatem sobre la dignidad y vocación de la mujer en ocasión del año mariano. 10-4 al 4-12-96 13 Catequesis sobre la Virgen María Publicado por F. Meneghini

jueves, mayo 13, 2010

Por qué rezar el Ave María?


Carta del Cardenal Norberto Rivera. Autor: Carta del Cardenal Norberto Rivera | Fuente: Catholic.net



El Avemaría es seguramente una de las primeras oraciones que aprendimos cuando éramos niños. Es una oración sencilla, un diálogo muy sincero nacido del corazón, un saludo cariñoso a nuestra Madre del Cielo.

Recoge las mismas palabras del saludo del ángel en la Anunciación (Lucas 1, 28) y
del saludo de Isabel (Lucas 1, 42), y después añade nuestra petición de intercesión confiada a su corazón amantísimo. En el sigo XVI se añadió la frase final: "ahora y en la hora de nuestra muerte". Todo ello forma una riquísima oración llena de significado.

El Avemaría es una oración vocal, es decir, que se hace repitiendo palabras, recitando fórmulas, pero no por esto es menos intensa, menos personal.

Podemos decir que el Avemaría y el Rosario son las dos grandes expresiones de la devoción cristiana a la Santísima Virgen. Pero la devoción no se queda sólo ahí.

En el Avemaría, descubrimos dos actitudes de la oración de la Iglesia centradas en la persona de Cristo y apoyadas en la singular cooperación de María a la acción del Espíritu Santo (Cf Catecismo de la Iglesia Católica 2675).

La primera actitud es la de unirse al agradecimiento de la Santísima Virgen por los beneficios recibidos de Dios ("llena eres de gracia", "el Señor es contigo", "bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús") y la segunda es el confiar a María Santísima nuestra oración uniéndola a la suya ("ruega por nosotros, pecadores").

Para explicar esta oración es muy útil seguir los números 2676 y 2677 del Catecismo de la Iglesia Católica.

1. En la primera parte de la oración se recoge el saludo del ángel, del enviado del Señor. Es una alabanza en la que usamos las mismas palabras del embajador de Dios. Es Dios mismo quien, por mediación de su ángel, saluda a María. Nuestra oración se atreve a recoger el saludo a María con la mirada que Dios ha puesto sobre su humilde esclava y a alegrarnos con el gozo que Dios encuentra en ella.

"Llena eres de gracia, el Señor es contigo":

Las dos palabras del saludo del ángel se aclaran mutuamente. María es la llena de gracia porque el Señor está con ella. La gracia de la que está colmada es la presencia de Aquél que es la fuente de toda gracia.

María, en quien va a habitar el Señor, es en persona la hija de Sión, el Arca de la Alianza, el lugar donde reside la Gloria del Señor: ella es "la morada de Dios entre los hombres" (Apocalipsis 21, 3). "Llena de gracia", se ha dado toda al que viene a habitar en ella y al que ella entregará al mundo.

2. A continuación, en el Avemaría se añade el saludo de Santa Isabel: "Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús". Isabel dice estas palabras llena del Espíritu Santo (Cf Lucas 1, 41), y así se convierte en la primera persona dentro de la larga serie de las generaciones que llaman y llamarán bienaventurada a María (Cf Lucas 1, 48): "Bienaventurada la que ha creído..." (Lucas 1, 45); María es "bendita entre todas las mujeres" porque ha creído en el cumplimiento de la palabra del Señor.

Abraham, por su fe, se convirtió en bendición para todas las "naciones de la tierra" (Génesis 12, 3). Por su fe, María vino a ser la madre de los creyentes, gracias a la cual todas las naciones de la tierra reciben a Aquél que es la bendición misma de Dios: "Jesús el fruto bendito de tu vientre".

El Papa Juan Pablo II nos explica muy bien el contenido de este saludo de Isabel a su prima en el número 12 de la Carta Encíclica Redemptoris Mater:

3. Después, el Avemaría continúa con nuestra petición: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros..." Con Isabel, nos maravillamos y decimos: "¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?" (Lucas 1 ,43).

María nos entrega a Jesús, su Hijo, que muere por nosotros y por nuestra salvación en la cruz y, desde esa misma cruz, Jesucristo nos da a María como Madre nuestra (Cf Juan 19, 26-28); María es madre de Dios y madre nuestra, y por eso podemos confiarle todos nuestros cuidados y nuestras peticiones, porque sabemos que Dios no le va a negar nada (Cf Juan 2, 3-5) y al mismo tiempo confiamos en que tampoco nos lo va a negar a nosotros si es para nuestro bien.

María Santísima reza por nosotros como ella oró por sí misma: "Hágase en mí según tu palabra" (Lucas 1,38). Confiándonos a su oración, nos abandonamos con ella en la voluntad de Dios: "Haced lo que Él os diga" (Cf Juan 2, 5).

"Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte". Pidiendo a María que ruegue por nosotros, nos reconocemos pecadores y nos dirigimos a la "Madre de la Misericordia", a la Toda Santa.

Nos ponemos en sus manos "ahora", en el hoy de nuestras vidas. Y nuestra confianza se ensancha para entregarle desde ahora, "la hora de nuestra muerte". Que esté presente en esa hora, como estuvo en la muerte de su Hijo al pie de la cruz y que en la hora de nuestro tránsito nos acoja como madre nuestra para conducirnos a su Hijo Jesús, al Paraíso, a nuestra felicidad eterna en el pleno y eterno amor de Dio


martes, mayo 11, 2010

El Purgatorio, ¿Invento de la Iglesia Católica?

Por Ing. José Miguel Arráiz.
Introducción
Recientemente en uno de los foros en que suelo participar un hermano evangélico me hizo el siguiente interrogante:
Daniel Bores : …yo creo que el purgatorio no aparece ni explicita ni implícitamente en la Biblia, y es un invento de la iglesia católica para meter miedo a la gente, o para lo que sea.... Jesús mismo le dijo al ladrón que estaba crucificado a su lado: esta misma tarde estarás conmigo en el cielo..."
Para analizar este cuestionamiento he querido escribir estas pequeñas líneas:
¿Por qué los hermanos evangélicos se les dificulta aceptar la doctrina del purgatorio?

El problema de fondo que dificulta a los hermanos evangélicos a entender el purgatorio es que su sistema teológico está construido en una doctrina errónea: "La Sola Fide", por lo cual me daré un pequeño rodeo para luego entrar a fondo en el tema.

Bajo esta doctrina la salvación es única y exclusivamente producto de la fe, las obras aquí se convierten en simplemente un producto de esta fe (una consecuencia) pero no son un requisito para salvarse.

Los católicos creemos que por la fe somos justificados por pura gracia de Dios:

"Habiendo, pues, recibido de la fe nuestra justificación, estamos en paz con Dios, por nuestro Señor Jesucristo," Romanos 5,1
        
Pero luego de este punto las obras colaboran con la fe para llevarla a su perfección:

"¿Ves cómo la fe cooperaba con sus obras y, por las obras, la fe alcanzó su perfección?" Santiago 2,22

"¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: «Tengo fe», si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe?" Santiago 2,14

"¿Quieres saber tú, insensato, que la fe sin obras es estéril? " Santiago 2,26
        
Por eso la obediencia no es solo producto de la fe sino también requisito para salvarse:

"y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen," Hebreos 5,9
        
Y por eso dice la Escritura que se salvará quien persevere hasta el fin:

"Pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará." Mateo 24,13

        
Una vez teniendo claro esto podemos entender que la etapa de Santificación producto de la justificación por la fe no puede ser excluida en el proceso de salvación, sino que es también indispensable pero a manera del traje del hombre nuevo en las bodas del hijo del Rey (Mateo 22) que si no se lleva puesto no se entra al banquete, teniendo claro  por su puesto que el traje no compra en ninguna manera la entrada, que ha sido gratuita (gracia) ganada por los méritos de Cristo en la cruz. (Las obras no son moneda de pago por la salvación que es gracia, sino una colaboración del libre albedrío con la gracia que también es gracia, porque los méritos nuestros son dones de Dios)

Esta santificación que no es la justicia que se "imputa" como producto de la justificación por la fe, sino la que se "procura" producto de la colaboración del libre albedrío y la gracia santificante, es indispensable para salvarse ya que sin ella NADIE verá al Señor.

"Procurad la paz  con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor." Hebreos 12,14
        
Pablo aquí hablaba a creyentes, los cuales ya habían aceptado a Cristo como Señor y habían sido justificados por la fe, y  por eso la santidad que se habla aquí es la santidad que se "procura" que viene producto de caminar por la puerta estrecha (Lucas 13,24), y exige también estar "en paz con todos".

Para el cristiano evangélico hay aquí una contradicción en su sistema teológico, ya que piensa que  alguien que es justificado por la fe (acepta a Cristo como Señor) y le es imputada la justicia de Cristo (Romanos 4,11) si llega a morir sin alcanzar "la santidad y paz con todos"  inmediatamente va al cielo (a pesar de lo que dice Hebreos 12,14). Esto es como decir que en el cielo habrán ciegos, ya que es la única manera de que sin santidad se llegue allá (sin ver al Señor).

Por eso Pablo nos habla de que estas personas que aunque en el juicio de Cristo se salven justificadas por la fe, más no hayan alcanzado la santidad sufrirán una etapa de purificación previa antes de entrar al cielo.

"Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo. Y si uno construye sobre este cimiento con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja, la obra de cada cual quedará al descubierto; la manifestará el Día, que ha de revelarse por el fuego. Y la calidad  de la obra de cada cual, la probará el fuego. Aquél, cuya obra, construida sobre el cimiento, resista, recibirá la recompensa. Mas aquél, cuya obra quede abrasada, sufrirá el daño. El, no obstante, quedará a salvo, pero como quien pasa a través del fuego." 1 Corintios 3,11-15
Analicemos en detalle el pasaje anterior:

"…la obra de cada cual quedará al descubierto; la manifestará el Día, que ha de revelarse por el fuego. Y la calidad  de la obra de cada cual, la probará el fuego…"

Aquí se habla del juicio de Cristo que nos juzgará conforme hicimos en nuestra vida mortal, el bien o el mal (2 Corintios 5,10)  y donde cada obra será probada.

"…Aquél, cuya obra, construida sobre el cimiento, resista, recibirá la recompensa…"

Si esta obra está edificada sobre el cimiento: Jesucristo (Es una buena obra) recibirá la recompensa que Cristo tiene reservada para quienes le han sido fieles.

"…Mas aquél, cuya obra quede abrasada, sufrirá el daño…"

Aquí se habla de otro tipo de creyente cuya obra no fue buena sino que fue abrazada, a este se dice:

 "El, no obstante, quedará a salvo, pero como quien pasa a través del fuego."

Más nótese que este tipo de creyente no fue condenado, porque dice: "El, no obstante, quedará a salvo", pero para él salvarse será "más así como por fuego" (Literalmente según el texto griego).

A esta etapa de purificación "como por fuego" que sufrirán aquellos que murieron en gracia de Dios más no alcanzaron la santidad le llamamos "purgatorio", y aquí es donde falla la argumentación de nuestro hermano Daniel Bores que afirma que el purgatorio no aparece ni explícitamente ni implícitamente, ya que implícitamente SI aparece, al igual que otras doctrinas que los cristianos evangélicos si consideran como verdaderas a pesar de que no están explícitas, como la Trinidad o el pecado original.

¿Pero hay otros pasajes bíblicos que hablen implícitamente del purgatorio?

La verdad que 1 Corintios 3,11-15 no es ni mucho menos la única cita que habla de forma implícita del purgatorio, hay muchas otras, las cuales mostraremos a continuación:

"Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; el que no la conoce y hace cosas dignas de azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más." Lucas 12,47-48
Aquí vemos como un siervo que aunque hizo cosas dignas de azotes (pecados veniales)  recibirán menos azotes que aquel que conocía la voluntad del Señor e hizo cosas menos malas. Nótese que se habla de un castigo que no es infinito ni indefinido (que sería el infierno) sino de un castigo limitado: "pocos azotes" o "muchos azotes" el cual también es una referencia implícita de la purificación del purgatorio.
"Y al que diga una palabra contra el Hijo del hombre, se le perdonará; pero al que la diga contra el Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro." Mateo 12,32
Aquí Cristo habla de un pecado que no será perdonado ni en esta vida ni en la siguiente, dejando implícito que hay pecados que si serán perdonados (tanto en esta vida como en la siguiente). De lo contrario hubiera dicho simplemente "El pecado contra el espíritu Santo no será perdonado" o "no será perdonado en esta vida".

Algo que sabemos es que en el cielo será imposible pecar, y de que no podremos entrar en el cielo con pecado (Apocalipsis 21,27). ¿Cómo Jesús entonces habla de pecados que serán perdonados en la vida venidera? ¿Y aclara que el pecado contra el Espíritu no? Porque Jesús deja implícito que hay pecados que serán perdonados en esa etapa de purificación en donde el hombre, una vez salvo, se prepara para la comunión eterna con Dios.

Y aquí ocurre otra dificultad en los cristianos evangélicos para aceptar esto, ya que en su sistema teológico no hay grados de pecados, para ellos todos los pecados tienen la misma gravedad y son de condenación, ocasionado por la interpretación literal de pasajes como Romanos 6,23, más Cristo implícitamente mostró que para diferentes grados de pecados hay diferentes sanciones:

"Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano "imbécil", será reo ante el Sanedrín; y el que le llame "renegado", será reo de la gehenna de fuego." Mateo 5,22

Notemos que ante la primera falta "encolerizarse con el hermano" Cristo dice: "será reo ante el tribunal", a la segunda falta "llamarle imbécil" Cristo dice: "será reo ante el Sanedrín", y por último "y el que le llame renegado" la sanción más alta (La gehenna o condenación eterna). Vemos aquí a Cristo utilizando ejemplos de su tiempo para enseñar de forma sencilla que hay pecados más graves que otros, unos que son dignos de la Gehenna y otros que no.
"Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo."  Mateo 5,25-26

"Cuando vayas con tu adversario al magistrado, procura en el camino arreglarte con él, no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al alguacil y el alguacil te meta en la cárcel. Te digo que no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo." Lucas 12,58-59

Los pecados tienen una doble dimensión, contra el hombre y contra Dios (Por eso hebreos 12,14 habla de que para ver al Señor hay que "Alcanzar la paz con todos" y aparte "la santidad"). Y en los pasajes anteriores Cristo manda a ponernos de buenas nuestros hermanos mientras vamos de camino porque de lo contrario sufriremos un castigo del que no saldremos hasta que no hayamos pagado el último centavo, cosa que denota un castigo no infinito sino finito.

¿Pero, por qué tenemos que pagar por el pecado si Cristo ya pagó?
Aquí estriba otra gran dificultad para los hermanos evangélicos entender la doctrina del purgatorio, ya que piensan que como Cristo ha pagado por nuestras culpas, decir que hay una etapa de purificación adicional es desestimar los méritos de Cristo en la Cruz.
Una cosa es el perdón del pecado y otra su consecuencia temporal que permanece y que nos puede afectar en esta vida (y en la otra en Mateo 12,32). Ejemplo de esto por ejemplo lo vemos cuando el rey David pecó cometiendo adulterio con Betsabé (esposa Urías el  hitita). Aquí Dios perdona a David y le dice:
".» David dijo a Natán: «He pecado contra Yahveh.» Respondió Natán a David: «También Yahveh perdona tu pecado; no morirás." 2 Samuel 12,13
Más luego agrega:
"Pero por haber ultrajado a Yahveh con ese hecho, el hijo que te ha nacido morirá sin remedio.»" 2 Samuel 12,14
Alguien podría preguntarse ¿Pero no perdonó Dios a David?, la respuesta es: Si le perdonó pero la consecuencia de su pecado permaneció, que fue la muerte de su hijo, sin contar otras consecuencias adicionales:
"Pues bien, nunca se apartará la espada de tu casa, ya que me has despreciado y has tomado la mujer de Urías el  hitita para mujer tuya. Así habla Yahveh: Haré que de tu propia casa se alce el mal contra ti. Tomaré tus mujeres ante tus ojos y se las  daré a otro que se acostará con tus mujeres a la luz de este sol." 2 Samuel 12,10-11
Otro ejemplo lo vivimos en carne propia en el caso del pecado original, ya que aunque Cristo nos ha redimido y ha pagado plenamente la paga del pecado con su muerte en la cruz, aún así nosotros sufrimos las consecuencias de dicho pecado ya que todavía tendremos que volver al polvo, tendremos que ganar el pan con el sudor de nuestra frente, y las mujeres siguen dando a luz con dolores de parto.
El purgatorio es simplemente la etapa final de la santificación. La santificación en esta vida involucra el dolor, "porque el Señor corrige al que ama y castiga a todo aquel que recibe por hijo" y "toda corrección, en el momento de recibirla, es motivo de tristeza y no de alegría" (Hebreos 12, 6.11), sin embargo nadie dice que ese sufrimiento contradiga los sufrimientos de Cristo. De la misma manera, el sufrimiento durante la santificación final de ninguna manera contradice los sufrimientos de Cristo ni implica que sean insuficientes.
Muy por el contrario, el hecho es que el sufrimiento que experimentamos en la santificación en esta vida, es algo que recibimos a causa del sacrificio de Cristo por nosotros. Sus sufrimientos pagaron el precio para que nosotros fuéramos santificados, y pagaron el precio para toda nuestra santificación tanto la parte inicial como la final. Por eso, en primer lugar, es a causa del sacrificio de Cristo que recibamos la santificación final. Si él no hubiera sufrido, no se nos daría la santificación final (ni la glorificación a la que lleva), sino que iríamos directamente al infierno. Por lo tanto, el purgatorio no implica que los sufrimientos de Cristo fueron insuficientes; ¡más bien el hecho de que se nos dé la santificación final del purgatorio es a causa de los sufrimientos de Cristo!
¿Y es que te vas a hacer de la vista gorda con el caso del ladrón en la cruz?
Me imaginé que para este punto, si mi hermano Daniel ha llegado hasta aquí estaría pensando precisamente esto. La verdad no he olvidado el argumento inicial "el ladrón en la cruz".
La verdad es que este cuestionamiento solo prueba que la persona que lo hace no conoce la doctrina del purgatorio. Esta no enseña que todas las personas tengan que pasar por el purgatorio, sino solo las que no han muerto en completa santidad y no han sido completamente purificadas. Y ¿Qué mejor purificación que morir en la cruz? ¿Qué mejor garantía que la promesa de Cristo? Recordemos que él siguió padeciendo hasta el final la consecuencia de sus delitos y murió en la cruz.
Para terminar les quiero compartir un debate que mantuvo mi amigo Luis Fernando Perez, (quien fue cristiano evangélico) y quien ahora convertido al catolicismo ha tenido ocasión de defender la doctrina del purgatorio.

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