miércoles, noviembre 10, 2010

Ante la tormenta

Empezó a lloviznar y al momento los relámpagos

iluminaban la ciudad entera, haciendo parecer

que amanecía. Más tarde los truenos empezaron 

a oírse lejanos y finalmente la ciudad entera,

en un ruido estrepitoso, pareciendo que la centella

que zigzagueaba caería sobre nosotros.

 

¡Qué espectáculo tan bello!  ¡Qué impotencia

más absoluta se siente cuando se contempla

la naturaleza!  Amaneció con un sol radiante

y el cielo era tan azul que parecía que la tormenta

hubiera lavado cuidadosamente el firmamento;

era un día tranquilo, luminoso.

 

Esa hermosa mañana todos comentaban:

"Hace mucho que no veía rezar a tanta gente

como anoche.  Era algo impresionante

ver cómo oraban todas las personas".

¡Qué triste que necesitemos siempre

en la vida de tormentas para hablarle al Padre!

 

Yo creo que también las tormentas del alma

nos deben hacer elevar el alma a Dios. 

¡Cuántas veces somos víctimas de depresiones

emocionales porque no le damos a nuestra

alma el alimento de la oración! 

¡Qué tremendas tormentas se desatan en el alma!

 

Esas son peores que las que vivimos en fenómenos

atmosféricos.  Dentro de nosotros mismos tenemos

las tormentas de odio, envidias, celos, son las centellas

que destruyen la alegría de vivir. La tormenta de esa noche

me llevó a profunda meditación y me motivó a decir:

 

"Señor, que no necesite mi existencia tormentas

para amarte, que no necesite centellas

que me atemoricen para recurrir a Ti. 

Que no sean necesarias las tinieblas

para buscar temblorosa tu amorosa mano". 

"Que sienta que únicamente junto a Ti puedo

encontrar paz, alegría, entusiasmo...

Y que cuando me sacudan el alma las tormentas

interiores, me refugie en la paz de tu Amor".

 

Seguidor del Catesismo de la Iglesia

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