Cuando lo finito decide lo infinito
"No se engañen: de Dios nadie se burla.
Lo que el hombre siembre, eso cosechará" (Gál 6,7).
El infinito no se improvisa.
La eternidad no se decide en el último suspiro, se siembra cada día. Y, sin embargo, vivimos como si lo finito fuera un territorio sin consecuencias, como si nuestras decisiones cotidianas no tuvieran peso eterno. Pero la Escritura es clara: cada elección es una semilla, y toda semilla lleva en sí un fruto.
¿Quién nos convenció de que lo pequeño no cuenta, cuando Jesús afirmó que "el que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho" (Lc 16,10)?
¿En qué momento aceptamos la tibieza como forma de vida, si el Señor advierte: "por no ser ni frío ni caliente, estoy para vomitarte de mi boca" (Ap 3,16)?
No es el pecado escandaloso el que vacía primero el alma, sino la costumbre de relativizar, de aplazar la conversión, de domesticar la conciencia. Así se endurece el corazón, paso a paso, decisión tras decisión, hasta cumplir lo que dice el profeta: "Tienen oídos y no oyen, tienen ojos y no ven" (cf. Ez 12,2).
Dios no espera solo al final del camino. Sale al encuentro hoy, en cada cruce de decisiones. "Mira que estoy a la puerta y llamo" (Ap 3,20). Llama cuando decides perdonar o guardar rencor, cuando eliges la verdad o la apariencia, cuando prefieres la comodidad antes que la fidelidad. Ahí, en lo finito, se va configurando un corazón capaz de Dios… o incapaz de Él.
No hay decisiones neutras.
"No pueden servir a dos señores" (Mt 6,24).
Cada elección orienta la vida. Cada renuncia al bien estrecha el horizonte. Cada acto de amor lo ensancha. El cielo comienza cuando el amor se vuelve criterio; la pérdida comienza cuando el yo se convierte en absoluto.
Y la pregunta que brota no es teórica, es profética y personal:
¿Qué estamos formando con nuestras decisiones diarias?
¿Estamos educando el deseo para lo eterno o entrenándolo para lo inmediato?
Porque "donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón" (Mt 6,21).
No nos confundamos: Dios no castiga arbitrariamente. Dios respeta.
Respeta tanto nuestra libertad que permite que habitemos para siempre aquello que hemos elegido amar. "Hoy pongo delante de ti la vida y la muerte… elige la vida" (Dt 30,19). Esa elección no se hace una vez; se renueva cada día.
Lo finito no es un simple tránsito: es el campo de batalla del alma, el altar donde se ofrece la vida.
Y lo infinito no es una amenaza futura: es la revelación final de lo que hemos querido ser.
Hoy se decide la dirección.
Hoy se forja el destino.
"Ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación" (2 Co 6,2).
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