El lugar al que menos vas cuando más lo necesitas
Con el paso del tiempo, muchos hemos terminado tratando la misa como un simple "cumplir". No siempre por indiferencia, sino por una suma silenciosa de factores que van erosionando la vida espiritual: la rutina que apaga el asombro, el activismo que ocupa el lugar del encuentro, el secularismo que nos acostumbra a vivir como si Dios no fuera urgente, la prisa constante que roba el silencio interior y, muchas veces, una pobre formación eucarística que no nos permite comprender la grandeza de lo que celebramos. Así, casi sin darnos cuenta, la Eucaristía deja de ser encuentro vivo y se convierte en costumbre; una costumbre que no despierta, sino que anestesia el corazón y debilita la relación real con Dios.
«Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí» (Mc 7,6).
«No apaguen el Espíritu» (1 Tes 5,19).
Y entonces aparece la pregunta que no se puede seguir evitando:
¿realmente Jesucristo es nuestro Dios?
«¿Quién dicen ustedes que soy yo?» (Mt 16,15).
«No todo el que me diga: "Señor, Señor", entrará en el Reino de los cielos» (Mt 7,21).
Porque si lo es, ¿por qué lo dejamos para cuando sobra tiempo? ¿Por qué el culto más grande y verdadero que podemos ofrecerle —la Eucaristía— queda relegado a cuando estamos menos cansados, cuando el día fue liviano, cuando todo parece estar en orden?
«Busquen primero el Reino de Dios y su justicia» (Mt 6,33).
«Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón» (Mt 6,21).
A veces nos conformamos con una fe de calendario. Creemos que con ir a misa en Navidad o en Semana Santa ya hemos cumplido, como si esas fechas nos eximieran del resto del año, como si el amor de Dios pudiera vivirse a ratos. Pero cuando el corazón deja espacios sin la presencia de Dios, esos espacios no quedan vacíos: se llenan. Se llenan de distracciones, de tentaciones, de autosuficiencia, de cansancio espiritual y, poco a poco, de una fe debilitada. La fe no se sostiene con eventos aislados ni con gestos ocasionales; se sostiene con un encuentro real, frecuente y constante, porque donde Cristo no ocupa el centro, algo más termina ocupando su lugar.
«Cuando el espíritu impuro sale del hombre… vuelve y trae consigo otros siete peores» (Mt 12,43-45).
«Permanezcan en mí, como yo en ustedes» (Jn 15,4).
La misa dominical no es una sugerencia ni una tradición social: es el corazón de la vida cristiana. No por imposición, sino porque ahí Cristo se entrega de verdad. Y cuando existe la posibilidad de participar con mayor frecuencia, no se trata de "hacer más", sino de dejarse sostener más.
«Hagan esto en memoria mía» (Lc 22,19).
«No dejemos de congregarnos, como algunos tienen por costumbre» (Heb 10,25).
Precisamente cuando todo se nos viene encima es cuando debemos sacar fuerzas para ir al altar. Cuando la vida aprieta, cuando los problemas se amontonan, cuando la cruz pesa y el corazón está cansado o herido, no es tiempo de huir, es tiempo de presentarse ante Él. Porque no vamos a la Eucaristía cuando estamos fuertes, sino cuando ya no podemos más; y es ahí, en esa pobreza real, donde la gracia encuentra espacio para actuar y sostenernos.
«Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré» (Mt 11,28).
«Mi gracia te basta, porque mi poder se manifiesta en la debilidad» (2 Cor 12,9).
Los santos lo comprendieron con claridad: en la misa el corazón se ensancha y las bendiciones comienzan a fluir. No porque todo se vuelva fácil o agradable, sino porque ahí Dios actúa, ordena, sana y fortalece desde dentro.
San Juan Pablo II: «La Iglesia vive de la Eucaristía».
San Pío de Pietrelcina: «Es más fácil que el mundo sobreviva sin el sol que sin la Santa Misa».
No vamos a la Eucaristía porque "se sienta bonito". Vamos porque el amor de Dios se hace presente, real y activo. Porque Cristo se nos entrega como alimento. Porque ahí encontramos una paz que no nace de la ausencia de problemas, sino de la certeza de no estar solos.
«Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida» (Jn 6,55).
«La paz les dejo, mi paz les doy» (Jn 14,27).
Y para vivir plenamente este encuentro, es necesario ir en gracia. No como un requisito frío, sino como una necesidad profunda del alma. La confesión no es un trámite ni una carga: es el lugar donde somos redimidos de nuestras culpas, levantados en nuestra fragilidad y reconciliados con Dios. Sin ese perdón, el corazón se va cerrando; con él, vuelve a respirar.
«A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20,23).
«Levántate, tus pecados te quedan perdonados» (Mc 2,5).
La misa no nos exime, nos compromete. No nos anestesia, nos despierta. No nos deja iguales, nos transforma. Y cuando uno vuelve al altar con un corazón sincero, incluso sin fuerzas, incluso cargado, la vida comienza a cambiar, porque Dios siempre cumple su parte cuando nosotros damos el paso.
«No se conformen a este mundo, transfórmense» (Rom 12,2).
«El que está en Cristo es una nueva creación» (2 Cor 5,17).
Por eso, vuelve a la misa. No como un hábito social ni como un gesto ocasional, sino como una decisión de fe. No solo cuando "toca", no solo en fechas señaladas, no solo cuando todo está en calma. Vuelve cuando el día pesa, cuando la cruz aprieta, cuando ya no puedes más.
«Hoy, si escuchan su voz, no endurezcan el corazón» (Sal 95,7-8).
Porque lejos del altar el corazón se enfría, la fe se debilita y el alma queda expuesta. Pero cerca de la Eucaristía, Cristo vuelve a ocupar el centro, la gracia sostiene y la vida, aunque siga siendo exigente, recobra sentido, fuerza y dirección.
«Sin mí no pueden hacer nada» (Jn 15,5).
«Yo estaré con ustedes todos los días» (Mt 28,20).
No es la misa la que necesita de ti.
Eres tú quien necesita del altar.
«Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68).
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